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El hombre que se fumó el mundo

Howard Marks, el emperador del cannabis conocido como Mr. Nice, fallece víctima del cáncer

Mr Nice
Ilustración: Cristóbal Fortúnez

“Nunca fui un camello. Un camello compra más droga de la que toma para venderla. Yo intentaba fumármela toda”. Lo dijo el mismo hombre que llegó a ser considerado el principal importador de cannabis en Estados Unidos en los ochenta por las agencias antidroga, al que atribuyeron el 10% del tráfico mundial de hachís entre 1970 y 1987, y que siempre fue un cachondo. Dennis Howard Marks, el traficante también conocido como Mr. Nice que durante dos décadas movió montañas de hachís y marihuana sin perder su fama de simpático y que desde su salida de la cárcel, en 1995, se convirtió en uno de los mayores adalides mundiales de la legalización de las drogas blandas, falleció el 10 de abril, víctima de un cáncer de colon diagnosticado hace año y medio.

Marks nació en 1945 en Kenfig Hill, un pequeño pueblo minero del sur de Gales. Estudiante brillante, no conoció las drogas hasta su entrada en Oxford, donde se convirtió en un porrero irredimible. Tras graduarse, a principios de los setenta, comenzó a traficar siguiendo los pasos de un amigo. Su negocio no dejó de crecer durante años; años en los que afirmaba no haber dejado de fumar ni un solo día. De la afición a la hierba pasó a la adicción al riesgo que comportaba un comercio necesariamente ilegal y para el que parecía haber nacido. Marks no solo era un tipo inteligente con una visión de negocio puramente panorámica, sino que poseía el don de gentes del mejor relaciones públicas y sabía sacarle partido a su encanto personal. Un día que necesitaba un pasaporte, se lo compró por mil libras a un asesino que no lo necesitaba, un tal Donald Nice. El apellido se pronunciaba niis, como Niza en inglés, pero Marks decidió que él diría nais, que es como se pronuncia simpático. Mr. Nice fue el más famoso de los apodos que utilizó, y su favorito.

La multinacional de Narco Polo

Su emporio floreció primero en Gran Bretaña y se expandió por Europa, donde tuvo entre sus principales colaboradores a un antiguo miembro del IRA. Después, daría el salto a América. En connivencia con la Hermandad del Amor Eterno –la organización que, nacida como una comuna hippie en California, acabó dedicada al tráfico de LSD y cannabis en cantidades industriales–, introdujo en Estados Unidos toneladas de hash en bafles supuestamente destinados a conciertos de grupos de rock inexistentes. Aseguraba haber llegado a transportar en una sola operación 30 toneladas de droga de Tailandia a Canadá. Marks compraba en Afganistán, Líbano, Marruecos o Colombia, y vendía a ambos lados del Atlántico. Pero también movió hierba de Estados Unidos a Gran Bretaña en colaboración con Santo Trafficante, el jefe de la mafia en Florida. Para blanquear el dinero, este emperador del cannabis montó veinticinco sociedades mercantiles por todo el mundo, que incluían desde tiendas de ropa hasta un banco. Para la agencia americana contra la droga, la DEA, era el Marco Polo de la droga. O Narco Polo, para abreviar.

Lo pillaron por primera vez en 1973, en Holanda. Meses antes, un antiguo compañero de universidad, miembro del servicio secreto británico, el MI6, había intentado aprovechar sus contactos en los bajos fondos, de manera que Marks alegó ser un agente reclutado para infiltrarse en el IRA. Le extraditaron a Gran Bretaña, salió en libertad bajo fianza y desapareció. La prensa publicó todo tipo de fantasías sobre su huida, alimentadas por él mismo. Desde que había sido secuestrado por la mafia hasta que el MI6 le había dado una nueva identidad. Marks se las proporcionaba solo. Encadenó cuarenta y tres identidades falsas. La más popular, la de Donald Nice.

Trucos de tribunales

Marks vivió –y siguió traficando– de incógnito casi siete años. Los agentes de aduanas lo cogieron en 1980 y, como defensa, relató una delirante sucesión de patrañas que incluían una doble vida como espía del MI6 infiltrado en el IRA primero y después reclutado por el servicio secreto mexicano en la lucha contra la Liga del 23 de Septiembre, otro grupo terrorista. Ejercer de traficante había sido su tapadera para infiltrarse en la cúpula de los cárteles colombianos. Eso explicaba que su cuñado administrara el dinero de los mismos. Un extraño testigo, supuesto alto cargo del gobierno mexicano, sirvió para apuntalar la rocambolesca historia. El jurado lo absolvió y solo pagó por un cargo anterior, del que se inculpó y por el que recibió una sentencia en gran parte ya cumplida en prisión provisional.

La siguiente ocasión no tendría tanta suerte. La DEA lo puso en su punto de mira y acabó deteniéndolo en 1988 en Palma de Mallorca, donde residía, en colaboración con la policía española. Dos años necesitó la agencia antidroga para capturarlo desde la puesta en marcha de la llamada “Operación Lince”. Marks inició un pulso legal para evitar la extradición a Estados Unidos, pero lo perdió, y esta vez, acorralado y delatado por algunos de sus socios, se declaró culpable. En 1990, un juez de West Palm Beach lo condenó a veinticinco años de cárcel. Cumpliría siete, los dos que ya llevaba encerrado y cinco más.

Mr Nice huyendo

Escritor, ‘showman’, activista

De joven, a Marks le afectó mucho la muerte de su amigo Joshua MacMillan, víctima de la heroína, y jamás traficó con drogas duras. Siempre se jactó, además, de no haber usado nunca la violencia, y ningún indicio permite desacreditarle. Se limitó a montar un negocio multinacional comerciando con un producto que siempre defendió que debería ser legal. Eso sí, admitía que si se dedicó al tráfico a gran escala fue por dinero. “No podría fingir que fue por ninguna otra razón”. Pero pese a los beneficios que sacó del comercio ilegal, siempre abogó por la despenalización del cannabis. “Cualquier daño que tenga el uso de la marihuana será siempre menor si se legaliza. Si fuera legal, la gente no iría a la cárcel por vender y fumar; los jóvenes no fumarían mierda, ya que habría un control de calidad, y los chavales no se verían obligados a mentir a sus padres. Todo es mejor que dejar el mercado en manos de delincuentes como yo”, argumentaba hace quince años en una entrevista a Interviú.

En la prisión de máxima seguridad de Terre Haute (Indiana), Marks dio clases de gramática y filosofía a los presos, y también les hizo de abogado. Salió la primavera de 1995, el mismo día que Mike Tyson. “Yo me había pasado seis años y medio en la cárcel por transportar hierbas benéficas de un sitio a otro, y a él le habían caído tres años por violación”, dice en Mr. Nice, su trepidante autobiografía. Publicada un año después de su excarcelación, fue un best seller y le convirtió en una figura a caballo entre la estrella del rock y el héroe antisistema. Como escritor y después también como monologuista, seguiría aprovechando su sentido del humor y sus dotes como narrador para difundir su visión del mundo y su vida de película. Que, claro, llegaría al cine. En el 2010, Rhys Ifans, nacido como él en Kenfig Hill, le interpretó en Mr. Nice, de Bernard Rose.

Tras su liberación, Marks volvió a Palma y luego se estableció en Ibiza. Se presentó –sin éxito– a las elecciones al Parlamento británico con un solo punto en su programa: la despenalización del cannabis, y desde entonces no dejó de militar por la causa, y tampoco por la de los derechos de los presos. Entrevistado por Cáñamo durante la promoción del film, Marks todavía confiaba en “vivir lo suficiente” para ver la legalización de la marihuana. No pudo ser. Le diagnosticaron el cáncer el otoño de 2014 y ya era incurable. Una de sus últimas iniciativas fue montar la fundación Mr. Nice (www.themrnicefoundation.com), una organización sin ánimo de lucro para seguir promoviendo sus luchas.

Falleció en Leeds, Reino Unido, el día en que se cumplían veintiún años de su salida de Terre Haute. Lo hizo rodeado de sus cuatro hijos: Myfanwy, Amber, Francesca y Patrick, los tres últimos fruto de su matrimonio con Judy Lane, con la que estuvo casado de 1980 al 2005. “Era estupendo como padre y era mi mejor amigo”, lo definió Amber a Cáñamo tres días después del fallecimiento, aunque Marks se reprochaba no haber sido un buen padre, porque la vida que llevó le impidió a menudo atender a su familia. Pero el que fue el delincuente más buscado de Gran Bretaña nunca se arrepintió de nada. “Soy un mentiroso consumado –dejó dicho–, pero un hombre de palabra”.

 

Los libros del rey del cannabis

Autobiografia

Mr. Nice

Al salir de la cárcel, a Marks le ofrecieron 100.000 libras de adelanto por escribir su autobiografía. Dice que no contrató a un negro porque se habría llevado mucha pasta. Suerte que no lo hizo. Se reveló un narrador vívido, proteico y de éxito: la torrencial Mr. Nice (editada en España por Cáñamo Ediciones) vendió más de un millón de copias.

 

Book of dope

The Howard Marks book of dope stories

Tras el éxito de Mr. Nice, Marks elaboró esta recopilación de sus lecturas favoritas sobre drogas, entre las cuales, piezas de Baudelaire, Alejandro Dumas, Aleister Crowley, William Burroughs y Hunter S. Thompson, veteadas con textos de su propia cosecha.

 

Sr Nice

Sr. Nice

Especie de continuación de su autobiografía, menos centrada en las drogas que en otros aspectos de su vida tras su salida de prisión, incluidos un viaje por Sudamérica y una investigación sobre sus antepasados y el pirata Henry Morgan, del que Marks se empeñó ser descendiente, pese a no hallar ninguna evidencia de ello.

 

Sympathy

Sympathy for the Devil

El debut de Marks en la ficción fue esta novela negra en la que una detective vuelve a su Cardiff natal para investigar la desaparición de un cantante, un episodio inspirado en el caso de Richey J. Edwards, guitarrista y letrista de Manic Street Preachers, desaparecido sin dejar rastro en 1995.

 

The Score

The Score

Secuela directa e inmediata de Sympathy for the Devil, constituye la segunda entrega de las aventuras de la sargento Catrin Price. De nuevo hay una desaparición, esta vez de una joven cantante, oscuros secretos y, por supuesto, bandas de traficantes de droga.

 

Mr Smiley

Mr Smiley: My Last Pill and Testament

Publicada el año pasado, cuando ya había sido diagnosticado su cáncer terminal, esta tercera entrega autobiográfica da cuenta de los flirteos de Marks con el éxtasis, sobre todo en la noche ibicenca de los noventa, un mundo en el que trató a algunos de los mayores traficantes de pastillas de la época.

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