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Desplazamientos - Cárcel

Hablemos ahora –¡qué demonios!– de lo que ocurre cuando pasas un buen rato fabricando humo y los párpados se te llenan de tierra y has convertido un material de primera en un puñado de ideas fijas y una de esas ideas consiste precisamente en atravesar el círculo de humo y fuego que tienes delante de las narices y de pronto, ¡ajá!, resulta que ya estás del otro lado y dices:

–Ya estoy del otro lado, ¿y ahora qué?

Ahora nada, es decir, ahora todo depende ti y del lugar elegido, por ejemplo, la feria. La feria, con sus cochecitos y sus salchipapas, con sus feriantes y sus algodones de azúcar, es un lugar propicio –la gran fiesta de los estímulos artificiales– para atravesar el círculo de fuego y humo azul y descubrir que al otro lado también estás tú, lo cual no quiere decir que tú no seas tú sino todo lo contrario, porque tú eres ahora otro contigo mismo y de pronto tienes la idea fija de atravesar los barrotes de LA CÁRCEL.

La cárcel es la única atracción de la feria que tiene sentido una vez has atravesado el círculo de humo y fuego y has abierto las puertas de la percepción sensorial pero también emotiva. La cárcel es una plataforma con cuatro celdas y capacidad para tres o cuatro personas cada una y, cuando el feriante da la orden, una grúa tan alta como cinco pisos eleva la plataforma y la gente –tú también eres gente ahora– empieza a subir y bajar y a precipitarse en el vacío. Ahora eres inmortal, ingrávido e inconsútil. Ahora eres todo uno y también eres una máquina de fabricar carcajadas por efecto del miedo-no-miedo. El miedo-no-miedo es un proceso neuronal que inhibe el músculo de la no-risa. Si no fuera por ese músculo, los humanos estaríamos todo el tiempo riéndonos como criaturitas. Algunos expertos se refieren a ese músculo como el esfínter de la risa. El miedo-no-miedo es el miedo que tienes cuando tienes miedo pero en el fondo sabes que A TI no te va a pasar nada. También se conoce como Miedo-Freddy-Krueger o semimiedo.

–¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaah!

Cuando atraviesas el círculo de humo y fuego y te metes en una de las cuatro celdas de la cárcel de la feria de los cochecitos estás dentro y estás fuera, y el barrio –el pueblo, el pequeño valle encantado– se convierte en un felpudo y juegas a desdoblarte –yo estoy aquí y mi cuerpo está allí–, pero la grúa va tan deprisa que no te da tiempo a separarte de ti mismo, y esto te parece divertido. Ah, cuando todo se acaba y vuelves al suelo, el feriante abre tu celda y tú te abismas en los surcos de su frente arrugada. La frente de este feriante es un pequeño mar con olas de carne, pero a los feriantes no les gusta que los miren demasiado y, de hecho, ya has mirado demasiado y es el momento de quitarte de en medio. Pegas un salto, ¡alehop!, y atraviesas el círculo de humo y fuego y ya estás de nuevo en tu rica y aburrida vida interior.

La cárcel

Nº 238 ya en los quioscos

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