En el centro del proceso está el CBGA, un precursor que la planta “deriva” hacia distintos destinos. Según qué enzima actúe, se forman ácidos cannabinoides que luego, por calor o tiempo, se transforman en THC, CBD o CBC. Ese paso define en gran parte el quimiotipo de una variedad y también marca qué cannabinoides quedan como minoritarios.
Para mirar hacia atrás en la evolución, el equipo usó reconstrucción de secuencias ancestrales: a partir de genes actuales, infieren cómo pudieron ser las proteínas de antepasados lejanos. Con esos modelos sintetizaron los genes, produjeron las enzimas y midieron su actividad en condiciones controladas, en lugar de quedarse solo con comparaciones genéticas. Así pudieron comparar, dentro de una misma prueba, qué tan selectivas eran y qué productos secundarios generaban al final.
Los ensayos sugieren un camino desde enzimas más generales, capaces de dar más de un producto, hacia enzimas más “especialistas”. Duplicaciones y cambios posteriores habrían ido afinando la preferencia por una ruta dominante, lo que ayuda a entender por qué algunas líneas se orientan al THC o al CBD mientras otras conservan vías menos frecuentes.
La investigación arrojó que varias enzimas antiguas resultaron más estables y funcionaron bien en el laboratorio. Esa estabilidad importa si se quiere producir cannabinoides con biotecnología, por ejemplo en levaduras por fermentación, porque facilita escalar y reducir costos. El estudio destaca una versión con fuerte sesgo hacia CBC, un cannabinoide que suele aparecer en niveles bajos frente a THC y CBD.
La “arqueología” molecular del cannabis reabre la discusión sobre propiedad y acceso. Si la biotecnología logra producir cannabinoides raros con más eficiencia, el desafío será evitar que ese conocimiento se convierta en un cuello de botella corporativo definiendo quién se beneficia de lo que la ciencia encuentra.