La investigación analizó los restos de dos cazadores-recolectores preagrícolas hallados en la isla de Sulawesi. Ambos presentaban unos surcos profundos y redondeados en los dientes, un patrón de desgaste que el equipo atribuye a la costumbre de mantener durante largos periodos nueces enteras de areca dentro de la boca. El individuo más antiguo fue datado entre 25.000 y 16.000 años antes del presente; el segundo vivió varios milenios después.
La evidencia no se limita a las marcas dentales. Los análisis biomoleculares detectaron señales compatibles con arecolina, el principal alcaloide neuroactivo de la nuez de areca. Además, los investigadores realizaron experimentos con ejemplares actuales y comprobaron que mantener la nuez intacta en contacto prolongado con saliva permite liberar este compuesto, incluso sin la cal apagada que suele emplearse en preparaciones contemporáneas.
El trabajo propone así una práctica anterior al actual mascado de betel y sitúa el uso habitual de una planta psicoactiva entre poblaciones cazadoras-recolectoras, mucho antes de la expansión de la agricultura. La interpretación, sin embargo, requiere precisión: el estudio no demuestra cuál era la intención de quienes consumían la planta. Sus efectos estimulantes pueden haber sido relevantes, pero los autores también contemplan posibles usos analgésicos o digestivos.
Ese límite importa porque categorías actuales como «droga», «medicina» o «uso recreativo» no necesariamente describen cómo las sociedades prehistóricas entendían estas plantas. Otros hallazgos arqueológicos, como el ritual psicodélico documentado hace 2.500 años en los Andes, muestran que las sustancias psicoactivas han tenido funciones sociales y culturales muy diversas a lo largo del tiempo.
La antigüedad de la práctica tampoco elimina sus riesgos. La Agencia Internacional para la Investigación sobre el Cáncer clasifica la nuez de areca como carcinógena para los seres humanos, mientras que la arecolina está considerada posiblemente carcinógena. La continuidad de su uso hasta el presente convive, por tanto, con efectos sanitarios bien documentados.
Más que identificar «la primera droga» de la humanidad, el hallazgo amplía el registro de una relación mucho más antigua entre nuestra especie y las plantas capaces de modificar física y mentalmente y que la evidencia de Sulawesi sugiere que esa exploración ya formaba parte de la vida de algunas comunidades humanas miles de años antes de las ciudades y los cultivos.
Desgaste dental relacionado con el consumo de drogas en los primeros cazadores-recolectores de Sulawesi.
Distribución histórica de la masticación de betel y elementos de la nuez de betel.