Iván Chocron, facilitador de medicina vegetal, sostiene que la marihuana absorbe la “fuerza vital” de quien la consume y puede interferir con el trabajo de la ayahuasca. La afirmación pertenece al terreno de la creencia espiritual ya que no existe evidencia que permita atribuir al cannabis efectos sobre el aura, las energías o entidades sobrenaturales.
Una postura diferente plantea Hamilton Souther, maestro y facilitador formado con especialistas amazónicos en ayahuasca. Souther defiende un consumo ceremonial, ocasional y seguido de un periodo de integración. Su argumento no demuestra beneficios terapéuticos, pero introduce una distinción relevante entre una práctica ritualizada y el uso habitual destinado a amortiguar el malestar cotidiano.
El promotor psicodélico Marc Erickson asegura haber encontrado un fuerte rechazo al cannabis dentro de ciertos círculos de ayahuasca de California. Según su testimonio, algunos participantes creen que la planta “nubla la percepción” o debilita el trabajo espiritual. En el extremo contrario, Darrien Divine, fundadora de Marijuana Meditations, organiza en Los Ángeles sesiones de meditación y bienestar que incorporan marihuana.
Estos testimonios, recopilados en un artículo de High Times, no representan una posición compartida por los pueblos indígenas ni una división global entre “chamanes”. Proceden principalmente de la escena espiritual y comercial del sur de California, con referencias puntuales a ceremonias en Brasil, Costa Rica y la Amazonía. Esta discusión aparece mientras distintos grupos buscan reconocimiento jurídico para el uso espiritual de la ayahuasca.
La evidencia sobre la combinación de cannabis y ayahuasca sigue siendo limitada y una revisión sistemática publicada en 2020 encontró principalmente reportes de casos y señaló posibles episodios de ansiedad, pánico, psicosis y problemas cardiacos. Por su diseño, esos informes no permiten determinar la frecuencia de estas reacciones ni establecer una relación causal firme.
Una encuesta internacional publicada en 2025 observó, además, que el consumo combinado era menos frecuente con ayahuasca que con otros psicodélicos. Sus autores plantearon la necesidad de desarrollar mensajes específicos de reducción de riesgos, en lugar de asumir que un contexto ritual vuelve predecibles los efectos de la mezcla.
El debate deja al descubierto un elemento contradictorio en lso discurso de quienes reclaman respeto para unas sustancias pueden reproducir sobre otras las mismas clasificaciones morales que alimentan el prohibicionismo. Tratar al cannabis con seriedad no exige presentarlo como una planta milagrosa ni condenarlo mediante argumentos sobrenaturales. Exige contexto, responsabilidad y una separación clara entre testimonios, creencias y evidencia.