La mescalina lleva milenios presente en prácticas ceremoniales, pero su actividad cerebral sigue mucho menos estudiada que la de otros psicodélicos, incluso cuando ha crecido el interés por su posible relación con la neuroplasticidad y la psiquiatría de precisión. Este primer mapa no resuelve esa brecha, pero muestra cuánto se pierde cuando sustancias distintas quedan agrupadas bajo una misma etiqueta farmacológica.
El estudio, publicado en Neuroscience Bulletin, utilizó 24 ratas adultas (12 machos y 12 hembras) divididas entre un grupo que recibió mescalina y otro de control. Los animales fueron previamente habituados al sistema de sujeción para realizar las resonancias sin anestesia, ya que esta puede alterar la actividad cerebral que se pretende observar. La investigación empleó una única dosis de 50 miligramos por kilo.
Las imágenes mostraron una disminución selectiva de la señal BOLD en el cerebelo, indicador indirecto de cambios en la actividad cerebral. Sin embargo, el análisis en reposo reveló una aparente paradoja: mientras su actividad local descendía, el cerebelo aumentaba su conectividad con el hipocampo, el tálamo, la corteza somatosensorial y el mesencéfalo. Los autores interpretan este patrón como una posible pérdida de la separación habitual entre redes cerebrales.
El equipo también estudió cómo la mescalina modificaba el procesamiento sensorial. Bajo sus efectos desapareció la respuesta cerebral habitual ante un olor asociado con recompensa. En otra prueba, destinada a medir cómo el sistema nervioso filtra sonidos antes de un sobresalto, la sustancia produjo resultados diferentes según la frecuencia: mejoró el filtrado ante tonos de 4 y 20 kilohercios, pero lo redujo ante uno de 12 kilohercios.
Estos resultados llevaron a los investigadores a proponer que el cerebelo podría funcionar bajo la mescalina como un filtro sensorial desregulado, permitiendo que información insuficientemente procesada alcance otros circuitos. Es una hipótesis sobre el mecanismo que podría contribuir a las alteraciones perceptivas, no una demostración de que el cerebelo produzca por sí solo la experiencia psicodélica.
La comparación con LSD y psilocibina también debe considerarse provisional. Los autores contrastaron sus resultados con estudios anteriores, pero no administraron las tres sustancias bajo idénticas condiciones experimentales. Además, el modelo animal no permite conocer la experiencia subjetiva y las diferencias entre el cerebro de las ratas y el humano limitan cualquier extrapolación clínica.
La mescalina ha estado presente en prácticas ceremoniales ancestrales, pero su actividad cerebral sigue mucho menos estudiada que la de otros psicodélicos. Este primer mapa no resuelve esa brecha, pero muestra cuánto se pierde cuando sustancias distintas quedan agrupadas bajo una misma etiqueta farmacológica.