La revisión sistemática y metaanálisis fue liderada por investigadores de la Universidad de Sydney y analizó 54 ensayos clínicos aleatorizados publicados entre 1980 y mayo de 2025, con 2.477 participantes. El artículo aparece en un contexto de crecimiento de las prescripciones de cannabis medicinal para ansiedad, depresión, insomnio, trastorno de estrés postraumático y otros malestares de salud mental. Esa expansión se debe en gran medida porque muchas personas reportan un alivio, pero los ensayos clínicos controlados todavía no ofrecen una base sólida para convertir esos usos en indicaciones rutinarias.
Según la revisión, los cannabinoides no mostraron beneficios significativos para ansiedad, trastorno de estrés postraumático, anorexia nerviosa, trastornos psicóticos ni trastorno por uso de opioides. En depresión, los autores no encontraron ensayos clínicos aleatorizados que permitieran evaluar la eficacia, por lo que no corresponde afirmar que “no funciona”, sino que falta evidencia de calidad para sostener su uso clínico.
El metaanálisis sí identificó señales preliminares en algunos cuadros específicos, como trastorno por uso de cannabis, insomnio, tics o síndrome de Tourette y síntomas asociados al espectro autista. Pero los propios autores advierten que la calidad de esa evidencia es baja. Es decir que existen hipótesis que merecen más investigación, pero no significa una autorización general para prescribir sin evaluación clínica, acompañamiento terapéutico ni seguimiento.
Nada de lo anterior niega que existan usos médicos de cannabinoides con evidencia en otros campos, como algunas epilepsias, la espasticidad asociada a esclerosis múltiple o ciertos tipos de dolor. Lo que la revisión pone en cuestión es que la velocidad con que el mercado, la demanda social y algunas prácticas de prescripción han llevado el cannabis medicinal al terreno de la salud mental sin que la evidencia avance al mismo ritmo.
El desafío es hablar del cannabis medicinal, pero sin prometer más de lo que la ciencia permite. Regular la marihuana también implica exigir investigación independiente, información honesta y acceso clínico responsable. Defender a los usuarios supone reconocer tanto los posibles beneficios como los límites reales del conocimiento disponible.