Sattar, antiguo secretario general de la All Pakistan Textile Mills Association, planteó esta estrategia en Business Recorder. Su argumento parte de la idea de que Pakistán cuenta con una potente industria algodonera, experiencia exportadora en prendas y capacidad industrial instalada. Incorporar cáñamo a esa estructura permitiría, según su propuesta, vender productos de mayor valor en lugar de competir únicamente como proveedor de materia prima.
El cáñamo podría entrar inicialmente en mezclas con algodón destinadas a denim y otras prendas, una opción que permitiría adaptar procesos industriales ya conocidos. Pero el elemento central de la propuesta no es una composición concreta de fibras, sino la construcción de una cadena integrada.
La diferencia es sustancias ya que cuando un país exporta una materia prima sin transformarla, buena parte del margen se genera en las etapas posteriores. Diseño, fabricación, acabado, marca y distribución pueden valer mucho más que la fibra original. Para Sattar, Pakistán corre el riesgo de repetir ese esquema si desarrolla cultivos de cáñamo sin acompañarlos de capacidad industrial para transformarlo.
El debate aparece en un momento en que el país ya dispone de una base legal para avanzar. La Cannabis Control and Regulatory Authority contempla licencias específicas para cultivo y procesamiento de cáñamo industrial. En Cáñamo hemos seguido la evolución de este marco, que durante sus primeras etapas estuvo marcado por retrasos y falta de implementación efectiva.
Si bien las licencias y las propuestas sectoriales abren una posibilidad, no prueban por sí mismas que haya producción suficiente, plantas especializadas o cadenas comerciales consolidadas. La cuestión que plantea ahora el sector es si Pakistán exportará la fibra o intentará quedarse también con el valor generado al convertirla en ropa y para una economía con una larga tradición textil, esa elección puede ser tan importante como decidir cuánto cáñamo cultivar.