Hola. A mí me encanta el éxtasis. Lo confieso, sí, pero no teman, no, que no les voy a dar la tabarra con mis batallitas puesto de 3,4-metilendioximetanfetamina. Vale. Estaba pensando, más concretamente, en la gran variedad de efectos secundarios, deseados y no tanto, que aparecen cuando te pasas. Cuando te pasas de M, o de equis... Antes se decía mucho ir de equis, pero ya no. Seguro que se ha quedado viejuno. Cuando te pasas de equis ves por el rabillo del ojo la realidad dividiéndose en cuadraditos. Tiki tiki tiki tiki. Y mola. A veces, las personas dejan una estela de fotogramas, frame a frame, que es infinita e instantánea, como si dijéramos, las personas también se pixelan o se fractalizan. Pum pum pum pum. Mola a ratos. Las movidas que pasan con el pelo, en el pelo o por el pelo. Hay gente con pelazo a la que se le pone el cabello fosco y raro; otros, de pronto, se ven más peludos. Esto no mola. Poing poing poing poing. Cuando te pasas, pasa de todo: aparecen sombreros que antes no estaban y el mobiliario y la disposición de los sitios cambia inopinadamente. Fiuuu Fiuuuu Fiuuuuuu Fiuuuuuuuuu. ¿Trismo? ¿Bruxismo? ¿Nistagmo? No molan nada. La gente se ríe, la gente fuma en pipa y, sobre todo, la gente lleva gafas.
Sí, gafas. Gafas de ver, preferentemente, aunque también de sol, pero mucho menos. Es bastante común, cuando vas ciego de más, ver a toda la peña con gafas. A mí me ha pasado y a usted, no disimule, probablemente también. Discotecones enteros llenos de gafotas, descampaos de rave con muchedumbres de miopes e hipermétropes bailando desaforadamente, festivales que parecen anuncios de Ulloa Ópticos. Todos con gafas. Molando mucho.
Debe ser, lógicamente, una alucinación, una visión compartida, un estrambótico fallo del sistema o un no sé qué producto de la droga. El éxtasis es una droga con sus rarezas y sus cosicas. Por eso ha habido –y hay– bastantes discrepancias a la hora de clasificarla. De familia le viene al M ser anfetamina, aunque sea una anfetamina sustituida, y, de casta, feniletilamina. Ojo al dato. La notable especificidad de sus efectos en lo social, no digamos ya en lo emocional, ha dado para filigranas lingüísticas como denominarla empatógeno, contactógeno, incluso entactógeno, que es un palabro con inciertas reminiscencias de exploración rectal que me desagrada. Desde el respeto, prefiero equis, aunque eso ya solo lo digamos los tarras, que es como se llamaba antes a los viejunos. Lo bueno del equis es que mola siempre: de chaval, de tarra y, espero, de provecto anciano. Volviendo por donde veníamos: el centro del debate sobre la catalogación del éxtasis siempre ha estado en su inclusión o no en el universo psiquedélico. A la MDMA se la ha mirado mucho como a un visionario “blando”, tal vez por su condición única de tener mucho más activo el isómero contrario a todos los demás visionarios. Y eso no mola. Aunque nadie me lo haya preguntado, les diré que yo me alineo con la otra corriente: el equis tiene mucho de psiquedélico. Un psiquedélico con gafas.
No se rían ustedes tanto que esto no me lo he inventado yo. Se trata de un efecto real de la MDMA, y no tan anecdótico como suponen. Hay miles de testimonios de ello en los principales foros drogófilos de los cinco continentes. En la mítica lista de correo de EnergyControl, hace veinticinco años ya se hablaba de ello, y el maestro José Carlos Bouso nos regaló una hipótesis farmacodinámica que explicaría esta singularidad que nos hace ver, algunas madrugadas, a pelotones de gente con gafas que jamás han ido al oculista. En todo caso, este comentario de Miguel M., usuario del concurrido foro de CannabisCafe, en enero del 2010, pese a su ortografía delirante, sintetiza mucho mejor que toda mi charleta el meollo del asunto: “Lo de ver a la jente con gafas es de to la vida cuando te jamabas muchas pirulas”.
En fin, ahora que ya lo saben, les dejo con la máxima de un entrañable amigo mío, gafotas, por supuesto: “No seas melón, hay que intentar ponerse en las gafas del otro, para entender su punto de vista y para caer en la cuenta de que una determinada óptica condiciona totalmente nuestra visión de la realidad”. Se lo digo con las gafas puestas, que, por desgracia, mi presbicia no tiene nada de alucinación. ¡Ay! Adiós.