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El redescubrimiento científico del éxtasis

Investigación actual con MDMA

MDMA

Si uno pudiera viajar en el tiempo, no mucho, solo quince años a lo sumo, y les contara a los investigadores que trabajaban en aquel entonces con MDMA, y escribiera en un medio de comunicación de entonces las investigaciones que se están realizando en el presente, y les llevara algunos de los titulares periodísticos que muestran el abordaje mediático de la MDMA en el 2016, créanme, nadie le creería.

Si ustedes no se acuerdan o desconocen cómo era la situación científica, mediática y social en torno a la MDMA a principios de siglo, no se preocupen, yo se lo cuento. Y luego les contaré cómo es ahora.

A principios del presente siglo la Ruta del Bakalao ya era cosa del siglo pasado. La MDMA no era ya una droga exclusiva de bakalaeros en ruta por el Levante español. Las rutas del éxtasis, favorecidas por la facilidad con la que los medios de comunicación transmutan una realidad alarmante en una experiencia deseable, pasaban ya casi por cada discoteca de la Península. El éxtasis ya formaba parte del menú psicotrópico habitual de cualquier fiesta de España y, con el tiempo, esa presencia no ha hecho otra cosa que consolidarse. 

Los científicos estaban muy preocupados por los eventuales efectos neurotóxicos de la sustancia. Y los medios de comunicación repetían lo que los señores de bata blanca descubrían sin saber en realidad de lo que hablaban. El éxtasis llevaba ya quince años circulando por Europa y ahora era cuando se era consciente de la magnitud del fenómeno. El 2003 es el año de mayor consumo de MDMA en la historia de España. Por ejemplo, el diario El País, solo en el año 2000, le dedicó al éxtasis al menos treintaiséis noticias, mientras que en el 2015 apenas fueron cinco, en las que además no se hablaba directamente de la MDMA sino de otras sustancias, entre las cuales también se mencionaba aquélla. Lo habitual hace quince años era encontrarse con titulares del tipo: “El éxtasis causa daños a largo plazo en la memoria, según un estudio”. Y especialmente virulento resultó ser el año 2002, debido a la muerte de dos jóvenes en Málaga en una macrofiesta. Casi cada día en cada cadena de televisión y en cada medio de comunicación, durante buena parte de ese año, se hablaba de las miserias físicas y morales a las que el éxtasis estaba arrastrando a la juventud. Y los señores de blanco desempeñaban un papel clave en todo ello. De hecho, para terminar de generar un clima de auténtico pavor fue clave una investigación realizada con primates no humanos que demostraba que el equivalente a 2-3 comprimidos callejeros de MDMA podía dar lugar a problemas neurológicos que derivarían en enfermedades graves como el párkinson, debido a que el éxtasis, a dosis recreativas, destruye las neuronas dopaminérgicas. Era solo una cuestión de tiempo que la epidemia de párkinson hiciera su aparición, y lo peor de todo es que se carecía de dispositivos apropiados para tratar a una generación entera que quedaría demenciada de por vida desde muy joven. De hecho, las televisiones españolas ya mostraron el primer caso de párkinson producido por MDMA, tratado en el Hospital de Sant Pau de Barcelona. El investigador principal de aquel famoso estudio, el Dr. George Ricaurte, fue invitado en septiembre del 2002 por la Delegación para el Plan Nacional sobre Drogas para que viniera a España a ofrecer una serie de conferencias y de ruedas de prensa alertando de lo peligroso que resultaba siquiera tener un uso experimental con la sustancia. Debido a ese clima de preocupación, incluso de franco miedo, por los efectos de una sustancia a la que cualquier joven de cualquier lugar de España podría tener acceso, se cerró el único estudio científico que investigaba las posibles aplicaciones médicas de la sustancia: un estudio financiado por MAPS y aprobado por el Ministerio de Sanidad, que estábamos desarrollando con mujeres que sufrían de estrés postraumático a consecuencia de haber sufrido una agresión sexual.

MDICAMENTS

Auge y caída del Dr. George Ricaurte

Antes de su visita a España, Ricaurte ya había conseguido que en 1986 la MDMA fuera incluida en la Lista I de sustancias controladas de la DEA, y con ello, la prohibición se extendió al resto del planeta. La única razón que la DEA tenía para prohibir la sustancia es que empezaba a hacerse relativamente popular entre la gente bailonga en los clubes de algunas ciudades norteamericanas. Pero no se había producido ninguna muerte y los episodios de emergencias aún no pasaban de lo anecdótico. Pero Ricaurte publicó en 1985 los resultados de un estudio hecho con ratas en el que dosis altísimas de MDA (una sustancia de la familia del éxtasis) habían mostrado inducir signos de neurotoxicidad. Este estudio recibió una notable atención mediática en pleno proceso de prohibición de la MDMA. Entonces ya se sabía que la MDA es una sustancia más tóxica que su pariente por los estudios que se habían realizado en animales durante el programa MK-ULTRA, donde se asesinó a un conocido tenista profesional al administrarle una sobredosis de MDA. Y, en cualquier caso, este estudio nada decía acerca del conocimiento sobre la posible toxicidad de la MDMA. Incluso el juez que instruyó el procedimiento de fiscalización, resolvió que se incluyera en la Lista III, que reconoce el uso médico. Pero los jueces administrativos de la DEA solo tienen capacidad de recomendar, no de decidir (imaginen lo democrático de un sistema en el que los jueces no deciden, solo recomiendan, así funciona la DEA; por cierto, este mismo juez también hace años recomendó, en un procedimiento judicial administrativo, mover el cannabis de la Lista I, recomendación que tampoco fue seguida por los funcionarios de la DEA). Una vez prohibida la sustancia, Ricarte fue el principal paladín científico dispuesto a demostrar los terribles efectos de la droga. Como si de una profecía autocumplida se tratase, dos años después de haberse prohibido la sustancia ya se registraron ocho muertes, y las urgencias hospitalarias ya dejaron de ser anecdóticas. Y, obviamente, tras una campaña publicitaria de un año en los medios de comunicación norteamericanos, mientras se celebraba el proceso administrativo que prohibió definitivamente la sustancia en 1986, la MDMA pasó de ser una droga de consumo en círculos muy reducidos a ser una sustancia de consumo masivo. 

Ricaurte inició también estudios en humanos, y los resultados del primer estudio con neuroimagen sirvieron para protagonizar la mayor campaña antiéxtasis de la historia, y se fraguó una carrera científica de honorabilidad por alertar al mundo de los males de consumir éxtasis. En este clima de terror, cualquier investigación que se planteara tratando de encontrarle algún tipo de beneficio al éxtasis estaba condenada a nunca ser financiada. Ningún comité de ética permitiría a ningún científico exponer a las personas a los daños que Ricaurte y demás compinches predicaban.

Y entonces en el 2003 se produjo la sorpresa. Se descubrió que en el estudio publicado en el 2002 en la prestigiosa revista Sciencie, ese donde tras una sola dosis de éxtasis administrada a monos y equivalente a 2-3 veces la dosis para humanos, producía párkinson; realmente lo que se había utilizado no era MDMA, sino dosis exageradamente altas de metanfetamina, aparentemente por un error en el etiquetado. Y entonces el edificio construido laboriosamente por Ricaurte se desplomó y con él su credibilidad. Otros científicos habían pedido dinero para seguir investigando los efectos dopaminérgicos de la MDMA, dinero que se perdió por conducir a muchos por pistas falsas. 

Como está ocurriendo con otros psiquedélicos, la MDMA está perdiendo progresivamente su estigma social, y la comunidad científica desde hace años ya se ha dado cuenta del interesante potencial que tiene

Así fue como las agencias gubernamentales empezaron a escuchar a los disidentes, que cuestionaban las metodologías utilizadas por Ricaurte. Desde entonces las cosas han ido cambiando mucho, y el panorama que tenemos hoy en la investigación con MDMA ha dado un giro radical: hemos pasado de un escenario donde sus efectos anuncian muerte, enfermedad mental y degeneración neuronal temprana, a otro en el que se investigan las aplicaciones que puede tener el éxtasis en medicina, así como los procesos psicológicos y sus correlatos bioquímicos que hacen de la MDMA una sustancia de efectos peculiares y únicos. Y los titulares de prensa ya no hablan de los daños que produce el éxtasis, sino de sus beneficios. 

Y es que la MDMA se ha convertido además en una sustancia clave para entender que, si a mucha gente le gusta tomar drogas, no es para estar recluidos en sus casas como si fueran ratas de laboratorio a merced de la sustancia de turno que le dé por administrar al investigador. Las drogas le gustan a mucha gente porque tienen efectos prosociales, hacen que las personas se encuentren a gusto interaccionando. Este fenómeno, junto, como ya se ha dicho, con la investigación terapéutica, son los dos más investigados hoy en día. Siguen existiendo estudios sobre la posible neurotoxicidad y posibles problemas psiquiátricos asociados con su uso, pero ya no ocupan las portadas de los periódicos ni dirigen las agendas políticas. 

Estos efectos prosociales de la MDMA se encuentran incluso en estudios con animales. Las ratas son mamíferos con una estructura social muy bien definida, y cuando a una rata se la separa del grupo para meterla en una jaula muestra signos evidentes de ansiedad. Y cuando se introducen congéneres extraños en jaulas ocupadas por otros animales manifiestan reacciones de precaución, defensa e intimidación. Pero, bajo los efectos de la MDMA, las ratas pasan menos tiempo explorando a la rata intrusa, aumentan las conductas de interacción, pasan más tiempo tumbadas juntas (un marcador de aceptación social), disminuyen las conductas agresivas y aumentan las que indican confort social. 

 

Estudios científicos sobre los efectos de la MDMA 

Los primeros estudios en laboratorio en humanos sobre los efectos de la MDMA datan de finales de los años noventa del siglo pasado. Desde entonces, se han publicado ya más de ochenta artículos científicos donde se han estudiado los efectos de la MDMA. Los resultados son consistentes con relación a que, bajo los efectos de la sustancia, las personas puntúan más alto con relación al placebo en “sentimientos amorosos”, “locuacidad”, “extroversión” “sociabilidad”, “autoconfianza”, “amistosidad”, “me gusta jugar”, “apertura”, “confiado”, “cercano a la gente” e “interés por las emociones”. Se ha visto además que estos efectos son más marcados si la persona está en el laboratorio con otra persona que también está bajo los efectos de la MDMA, más que si solamente está acompañado de un investigador que no ha tomado éxtasis.

En los estudios científicos, los sujetos tienen que resolver pruebas de “rendimiento social” que consisten en, por ejemplo, decodificar expresiones emocionales mostradas en la pantalla de un ordenador, o interpretar los estados emocionales y/o las intenciones de personajes y escenas en las que se muestran personas interaccionado. Uno de los efectos que más consistentemente se ha encontrado es que, bajo los efectos de la MDMA, los sujetos tienen dificultades para interpretar emociones de cariz negativo, como son las expresiones de tristeza, enfado o miedo. Es decir, hay un sesgo hacia el buenrollismo. 

Aunque a la MDMA se la denomina un “empatógeno”, por su efecto específico sobre las emociones humanas, en los estudios de laboratorio lo que se ha encontrado es que la MDMA solo tiene efecto sobre algunas características de la conducta empática: aumenta las sensaciones de emociones positivas con relación al otro, pero no necesariamente aumenta la comprensión acerca de sus posibles estados mentales internos. También se dice que la MDMA vuelve a la gente más “sensual”, no “sexual”. Esto se ha demostrado en un estudio en el que se ha visto que la MDMA no modifica las puntuaciones subjetivas de activación sexual ante la presentación de imágenes de contenido erótico implícito (gente en actitud sugestivamente erótica) ni explícito (pornografía), aunque ante imágenes de contenido implícito mantienen más tiempo el tiempo de visionado.

Otros estudios han mostrado cómo la MDMA disminuye los sentimientos de rechazo social cuando en un juego de laboratorio a los sujetos se les induce la sensación de que están jugando, en un ordenador, con personas que les marginan en el juego. También, en juegos de cooperación, aumenta la generosidad económica pero solamente hacia personas conocidas, no ante desconocidos. Hay estudios en los que incluso se ha investigado la capacidad de la MDMA para aumentar los sentimientos de autocompasión. 

En definitiva, hay toda una línea de investigación, en la que grupos de todo el mundo están implicados en conocer experimentalmente cuáles son los efectos prosociales de la MDMA, así como entender los procesos psicobiológicos que los sustentan. En este sentido, la MDMA es un liberador de oxitocina, una hormona llamada por algunos la “hormona de la filiación”, y hay numerosos grupos investigando qué papel desempeña la liberación de oxitocina en los efectos de la MDMA. 

Por último, la investigación terapéutica con MDMA también se reinició en el 2003, y desde entonces ya se han completado los estudios de fase 2 necesarios para iniciar estudios de fase 3 de cara a conseguir que en el futuro la MDMA sea un fármaco de prescripción médica para el tratamiento del trastorno de estrés postraumático. También se está realizando un estudio con enfermos terminales, para tratar su ansiedad y su depresión derivadas del diagnóstico de padecer una enfermedad terminal. También, debido a los efectos prosociales de la MDMA, se está realizando un estudio con personas con síndrome de Asperger (un tipo especial de autismo) para ver si la terapia con MDMA puede mejorar sus conductas de socialización. Como está ocurriendo con otros psiquedélicos, la MDMA está perdiendo progresivamente su estigma social, y la comunidad científica desde hace años ya se ha dado cuenta del interesante potencial que tiene, tanto en investigación básica (de laboratorio) como aplicada (en clínica). 

 

 

Referencias

Fotos de Alberto Flores

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