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Las virtudes terapéuticas del vicio

Felicidad a la hora del cigarro

Al viejo y venerable tabaco le llueven palos por todas partes. Y el fumador es hoy, prácticamente, un apestado al borde del linchamiento social. Quizá sea hora de pasar a la ofensiva, tirando de los libros de historia para levantar un poco la moral al colectivo, porque pocas son las sustancias descubiertas que aplacan el ansia –de estimulación o de calma momentáneas– con tanta eficacia como esta solanácea, de hojas generosas como abanicos.

Pero no siempre tuvo tan mala prensa, desde luego. El primer contacto europeo con él llegó tras hollar la tierra del Nuevo Mundo, cuando sus moradores se lo ofrecieron a Colón en señal de pacífica hospitalidad. No en vano, los pueblos indígenas de toda América entendían el uso del tabaco como parte fundamental en sus celebraciones rituales dada su naturaleza sagrada, que lo situaba en la cima del chamanismo y en el centro de la medicina autóctona como “carne de dioses”, según el calificativo maya.

Quienes hayan probado la ayahuasca sabrán que dentro de la tradición amazónica el tabaco se utiliza en forma líquida como poderoso emético que –al provocar el vómito– depura y fortalece el cuerpo antes del viaje introspectivo, y raro será a quien su chamán de turno no le haya soplado humo en el cogote con ánimo de proteger su espíritu antes de experimentar los efectos. Dejando a un lado su uso sacro y ceremonial, los primeros occidentales que tuvieron la idea de dar unos calos a unos rudimentarios cilindros de tabaco fueron los exploradores Rodrigo de Jerez y Luis de la Torre. Embriagados por el potente efecto de la planta fumada –que no bebida ni comida ni aplicada como pasta, como era también costumbre al otro lado del charco– continuaron haciéndolo al desembarcar en Sevilla, y la popularidad del hallazgo rápidamente provocó que las primeras semillas se diseminasen por España y Portugal a mediados del siglo XVI. Eso sí, con la oposición de una Inquisición impenitente que veía algo satánico en la coreografía de inhalar humo por la boca y expelerlo por la fosas nasales.

El Sr. Nicot –a quien Linneo homenajea introduciendo su nombre en la clasificación botánica– entra en escena después de que la planta se hubiese ganado un hueco en algunos palacios y otras instancias de postín –incluido el Vaticano– por su elevado valor ornamental, con hojas carnosas que llegan a los setenta centímetros de largo por veinte de ancho y un tallo central que alcanza los dos metros de longitud con un ramillete central de flores rosáceas delicadamente acampanadas.

Hombre aspirando nicotina
Aspirando nicotina en la Spannabis de este año.

 

De la maceta a la botica

De entre todos los tesoros que iban importándose de las Indias el tabaco cautivó singularmente la curiosidad de galenos hipocráticos que vieron en él cualidades farmacológicas de sobrado interés. Su descripción como “simple” y de cualidad “seca” y “caliente” le valieron un prestigio que habría sido bien distinto si quienes lo ensalzaban no hubiesen pertenecido al parnaso de las autoridades palatinas de la época. Antes de que el embajador Nicot curase sus jaquecas a Catalina de Médici –reina de Francia– con un derivado de la planta, su consumo fue reivindicado por médicos, botánicos y boticarios que le atribuían cualidades que habían oído o aprendido directa o indirectamente de prácticas amerindias ancestrales.

Hasta 1571 la información proveniente de los cronistas señalaba el empleo de tabaco como algo denigrante además de adictivo, pero ese año el médico hispalense Nicolás Monardes publica la segunda parte de su Historia de las cosas que se traen de Nueva España, donde afirma que –más allá de su exuberante valor floral– un estudio posterior de las propiedades de la planta obligaba a que se comenzase a usar como medicamento, pues sus virtudes eran tales que causaban una sincera “admiración”. En concreto describía los efectos benéficos de renovación y limpieza que su consumo inducía en el cerebro humano, además de ser efectivo en el tratamiento de problemas de pecho, mal aliento, lombrices, piedras en el riñón, dolor de muelas y mordeduras de insectos; sin olvidar su capacidad para actuar como cicatrizante y analgésico en cualquier tipo de herida.

La literatura laudatoria sobre la panacea americana alcanza su cenit en el año 1620, cuando el farmacéutico Juan de Castro concluye en Córdoba su Historia de las virtudes y propiedades del tabaco, y de los modos de tomarle para las partes intrínsecas y de aplicarle a las extrínsecas. Una constante del libro es presentar al tabaco ya como fármaco, alegando que como tal no deber ser usado por divertimento. De hecho, en sus páginas se le llega a calificar como “el más grandioso medicamento que se puede imaginar”. Entre sus argumentos para una justificación medicinal de su uso mediante combustión está la capacidad de las volutas de humo para alcanzar zonas remotas del organismo, lo que permite un radio de acción inusualmente amplio (ver cuadro adjunto). Este autor determina a su vez que se debe administrar por la mañana antes de desayunar o por las noches tras hacer la digestión, ya que “debe tener su tiempo señalado para hacer su obra”. Eso sí, Castro es contundente a la hora de advertir que, en caso de ser consumido por placer y no de acuerdo a criterios médicos, el uso irrestricto del tabaco se convierte en “el peor de los vicios”.

Con el paso de los años el humo de esta planta –cuyo poder insecticida protege de ser mordida más de una vez por cualquier animal invertebrado– continuó siendo ampliamente utilizado por profesionales occidentales como remedio para combatir diversas enfermedades, incluyendo dolores de cabeza, insuficiencia respiratoria, desajustes estomacales, resfriados y somnolencia. Pero, en paralelo a sus aplicaciones terapéuticas, la dimensión hedonista fue ganando terreno, al comienzo expresada en el pintoresco rapé esnifado por la alta sociedad y más adelante en los cigarrillos que hoy consumen a diario 960 millones de personas de manera regular sin distinción estamental. No parece baladí recordar ahora que intentando reprimir el uso lúdico se consumaron truculentas torturas y asesinatos horribles, como sucedió durante las campañas de antifumitismo desatadas por Jacobo I de Inglaterra, el zar Miguel Fedorovitch en Rusia o el sultán otomano Murad IV.

Hombre buscando fuego para calmar la ansiedad
Buscando fuego para calmar la ansiedad.

 

Reivindicado también por la ciencia moderna

En el año 1828 la nicotina logró ser aislada en el laboratorio por los químicos alemanes Posselt y Reimann. El hecho impulsó nuevos estudios que demostraron la utilidad del principio activo de la planta para tratar desarreglos del sistema nervioso central, hemorroides –mediante enemas de humo aplicados con un pequeño fuelle–, malaria y tétanos. También se convirtió en antídoto contra la estricnina y otros venenos.

Respecto a la salud de los sanos, las ventajas terapéuticas reconocidas en el consumo de tabaco residen hoy en la existencia de algunas evidencias científicas –demostradas, entre otros, por el doctor británico James LeFanu, cuyas investigaciones fueron publicadas por The Times– de que los fumadores tienen una tasa inferior a la hora de padecer Parkinson –hasta un 50% menor– y Alzheimer –hasta un 70% menor–, cáncer intestinal, neuralgias del trigémino, tumores del sistema nervioso central, reúma articular y diabetes. Las sesgadas estadísticas nos dicen que el 90% de los tumores pulmonares son padecidos por fumadores, pero lo cierto –y no lo negará ni siquiera el gremio de alarmistas– es que solo 1 de cada 10 tabacófilos padece dicha patología, y parte de ellos a una edad superior a la esperanza media de vida.

El doctor danés Tage Voss, en su libro Fumar y sentido común, incluye entre los beneficios del consumo de nicotina las reducidas posibilidades de que las fumadoras padezcan fibrosis de matriz y cáncer de útero, o colitis ulcerosas en el caso de ambos sexos. Otra evidencia probada es su función como estimulante ganglionar del sistema simpático y parasimpático. Produce efectos estimulantes, seguidos de estado de depresión, actuando primero como estimulador ganglionar y después como sedante gangliopléjico. A toda esta lista habría que añadir algo que todos sabemos de sobra, y es que en muchos casos fumar es provechoso a la hora de controlar la gula del paladar. Por último, no deja de ser curioso que la nicotina estimule la producción natural de epinefrina o adrenalina, relajantes musculares que alivian los síntomas del asma.

En las campañas antitabaco raramente algún estudio logra establecer una relación causal entre el consumo y el desarrollo de una patología concreta, y la realidad es que se antoja impreciso asignar un único factor de riesgo como causa del desarrollo de la mayoría de enfermedades graves. “Fumar” no figura como causa de muerte en el certificado de defunción, por lo que resulta complicado barruntar cómo se elaboran las estimaciones de mortandad que se achacan al tabaquismo. Casos como el de Japón o Grecia, donde sus ciudadanos gozan de una longevidad superior a la media, contrasta con que sean también países donde el hábito de fumar está más arraigado.

A pesar de la mala reputación de la que goza en nuestros días la Nicotiana tabacum, un centenar de países productores siguen dirigiéndose por la senda de cultivo abierta en Perú y Ecuador hace por lo menos tres mil años. Quien haya visto la Real Fábrica de Tabacos de Sevilla puede intuir la colosal trascendencia que esta desde el siglo XVII en adelante ha tenido esta especie botánica única, no solo para el desarrollo científico sino económico, siendo después del de aduanas, el impuesto más antiguo del sistema tributario español. En el siglo XXI en España los fumadores son gravados fiscalmente con impuestos que superan el 70% del precio de una cajetilla, lo que supone 9.137 millones de euros, como los recaudados en 2015.

Tranquilos, fumadores, además de ciertas virtudes terapéuticas asociadas al vicio, podéis sentiros orgullosos de ser unos contribuyentes ejemplares cada vez que aspiráis una bocanada. ¡Buenos humos!

ALGUNAS UTILIDADES QUE SE CONSIGUEN CON EL HUMO DEL TABACO

– Juan de Castro, 1620 –

  • Se consume toda humedad superflua contenida en el estómago
  • Arranca las flemas que están pegadas en las paredes del sistema digestivo
  • Expele los excrementos de todo el cuerpo abriendo los poros de la piel
  • Consume toda ventosidad en cualquier parte del cuerpo
  • Expurga las flemas de la cabeza al subir el humo
  • Arroja las flemas del pecho por la cercanía de las vías por donde pasa
  • Ayuda a la digestión del estómago
  • Sana las encías y corrige el mal olor de boca
  • Elimina las jaquecas y aguza el ingenio
  • Mejora la vida de los asmáticos

ALGUNAS VIRTUDES DEL TABACO PARA LAS PARTES EXTRÍNSECAS

  • Suelda y conglutina las heridas frescas
  • Limpia las llagas sucias consumiendo su humedad
  • Cura los sabañones de manos y pies poniendo encima hojas majadas
  • Alivia el dolor de muelas al poner una pelotilla hecha de hojas en la boca
  • Remedio inigualable para cura de venenos y heridas venenosas
  • Reduce cualquier tipo de hinchazón colocando hojas majadas sobre ella
  • Sana los dolores de cabeza colocando hojas sobre la frente
  • Expulsa las flemas y putrefacciones del pecho a través de un jarabe
  • Quita el dolor de estómago al aplicarse hojas calientes sobre el abdomen
  • Elimina los dolores de costillas y cadera
  • Mata a toda clase de lombrices al ingerirse jarabe y de piojos al aplicarse en zumo

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