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Viaje al corazón amapolero mexicano

Un escolta armado durante una reunión de amapoleros en la Sierra Madre
Un escolta armado durante una reunión de amapoleros en la Sierra Madre
Campo de amapolas fumigado por helicópteros del ejército mexicano
Campo de amapolas fumigado por helicópteros del ejército mexicano
Un escolta armado delante del charco de sangre de un chivo que sirvió de comida
Un escolta armado delante del charco de sangre de un chivo que sirvió de comida
Papaver somniferum.
Papaver somniferum
Un cultivador de amapola se encapucha para ofrecer una entrevista en vídeo.
Un cultivador de amapola se encapucha para ofrecer una entrevista en vídeo.
Un campesino muestra los bulbos fumigados por el ejército mexicano.
Un campesino muestra los bulbos fumigados por el ejército mexicano.
La mota que florece en la Sierra Madre
La mota que florece en la Sierra Madre
Amapolas maduras listas para el rayado.
Amapolas maduras listas para el rayado
Un escolta armado durante una reunión de amapoleros en la Sierra Madre
Campo de amapolas fumigado por helicópteros del ejército mexicano
Un escolta armado delante del charco de sangre de un chivo que sirvió de comida
Papaver somniferum.
Un cultivador de amapola se encapucha para ofrecer una entrevista en vídeo.
Un campesino muestra los bulbos fumigados por el ejército mexicano.
La mota que florece en la Sierra Madre
Amapolas maduras listas para el rayado.

Una visita a la Sierra Madre del Sur, en el estado de Guerrero, el centro neurálgico del cultivo de Papaver somniferum en México, el tercer país productor de goma de opio del mundo. Una guerra entre bandas y ejército se libra por el control del preciado cultivo en el escenario olvidado de estas montañas.

Son las 4.30 de la mañana en una gasolinera de la localidad mexicana de Técpan de Galeana. Un grupo de unos ocho periodistas internacionales y locales aguarda sobre las bañeras de unas pick-ups. Aún con legañas en los ojos esperan la llegada del personaje que los conducirá a una de las zonas más inaccesibles de la Sierra Madre del Sur, hábitat del jaguar, de emboscadas letales y de la Papaver somniferum, la hermosa amapola por la cual se mata y se siembra por estos lares del estado de Guerrero. Los reporteros han oído que en el Filo Mayor, el punto más alto de la montaña, pueden haber campos de entre tres y cinco hectáreas. Mientras aún se preguntan a dónde van a ir, la figura de un hombre bajito con un inmenso sombrero tradicional aparece de la nada rodeado de una escolta fuertemente armada. Es Leopoldo “Polo” Soberanís, el alcalde de Técpan y quien ha financiado la visita de los corresponsales para que cubran su encuentro con un grupo de cultivadores de amapola. Cincuentón, pulcro, educado y con un ligero deje gangoso, Soberanís saluda uno por uno a los invitados que le van a acompañar al punto neurálgico de la siembra de opio en México, donde más de mil comunidades y cincuenta mil personas viven prácticamente de ello.

Hablar de Guerrero es hacerlo sobre la desaparición de los cuarentaitrés estudiantes de Ayotzinapa a manos de la policía; sobre Acapulco, el Benidorm mexicano, que se ha convertido en la cuarta ciudad más peligrosa del mundo; sobre los grupos de autodefensas surgidos contra el narco y que campan enfrentados por la entidad; sobre los sicarios y sus decapitados, pero, sobre todo, es hablar de la pobreza que acecha a más del sesenta por ciento de la población en uno de los estados más desolados y olvidados de México. Con este telón de fondo, más azuzado incluso, vive el campesinado de la amapola en la Sierra, quienes son el primer eslabón de la cadena de producción de los cárteles de la droga mexicanos que proveen el cincuenta por ciento del jaco que se consume en Estados Unidos. México es el tercer productor de goma de opio del mundo, solo superado por Birmania y Afganistán.

Los reporteros llevan unas seis horas de travesía por caminos de terracería para llegar al Filo Mayor, a unos tres mil doscientos metros sobre el nivel del mar. Soberanís va liderando la caravana y se encarga de presentarse ante un retén de hombres armados que dan el alto. Los amapoleros cargan un walkie-talkie y una nueve milímetros enfajada en el cinto. Controlan las treintaisiete rutas de acceso a la Sierra para “dar las aguas” cuando hay un vehículo sospechoso. Los levantones (‘secuestros’) y extorsiones de los grupos del crimen organizado contra los cultivadores están a la orden del día. Don Polo baja del auto, habla con los sujetos y da las indicaciones para que el convoy continúe. Son sobrados los ojos serranos, que tras los pinos y encinas que se alzan entre la vegetación frondosa, observan y vigilan el séquito que se adentra a través de la niebla, impaciente por contemplar los plantíos prohibidos.

La guerra por el opio deja para los narcotraficantes mexicanos un beneficio de trece billones de dólares al año y unas pérdidas de miles de vidas humanas que a nadie le importa contabilizar

Por estos mismos caminos de la Sierra, donde un hospital o una comisaría está a horas en coche, el guerrillero más importante de la segunda mitad del siglo xx en México, Lucio Cabañas, buscó cobijo y base en sus ataques contra los terratenientes y los guachos (‘militares’). Era marxista-leninista, combatiente y maestro egresado de la escuela normalista Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa. “Aquí no es como en Colombia. Primero estaban los amapoleros y después los guerrilleros, convivían y protegían a Cabañas, pero no por ideología sino porque era un ser humano”, comenta Rigoberto Acosta, profesor, exsecretario de Desarrollo Rural en Guerrero y buen conocedor de estas tierras. Acosta explica que fueron los pujantes narcotraficantes sinaloenses a mediados de los años sesenta quienes introdujeron las semillas de adormidera a los jornaleros de la Sierra. “Ante la necesidad, muchos se lanzaron a cultivarla y la gente perdió la vergüenza porque no hay otra alternativa”, explica uno de los acompañantes de Acosta, quien va en uno de los coches y explica que mientras mantenemos la plática estamos pasando por decenas de plantíos escondidos en veredas.

El alcalde Leopoldo Soberanís rodeado de cultivadores de amapola en el Filo Mayor (12-06-2016).
El alcalde Leopoldo Soberanís rodeado de cultivadores de amapola en el Filo Mayor (12-06-2016).

Entre la delincuencia y el glifosato

Una comitiva de rancheros da la bienvenida a los periodistas en el Filo Mayor. Van desde los veinte hasta los cuarenta años. Con gorra y bigote rasurado, muchos comparten una mirada cansada y de hastío. Están entre la espada de la delincuencia organizada, que los desplaza para controlar sus cultivos, y la pared del ejército mexicano, que fumiga con glifosato, herbicida de la multinacional Monsanto, los campos de opio para que el bulbo se contamine y no pueda dar la valiosa salvia. Con esta práctica, como hicieron en Colombia con los plantíos de coca y que se abandonó en el 2015, cuando el Ministerio de Sanidad alertó sobre sus peligros cancerígenos, se llevan por delante la fauna y vegetación local, así como los recursos acuíferos y la salud de sus habitantes. Los campesinos, a pesar de que Soberanís venga con su escolta armada y sea del Partido Revolucionario Institucional (PRI), lo reciben porque es de los pocos que atiende a sus demandas. Y más, cuando el gobernador del estado, Héctor Astudillo, del mismo partido que don Polo, propuso en marzo ante el Senado de la República la legalización de los cultivos para fines medicinales. Propuesta que desechó en declaraciones uno de los relatores de Naciones Unidas, alegando que las amapolas legales que existen dan abasto a la demanda global.

Gilberto, amapolero de mejillas rosadas, ve con buenos ojos la propuesta del alcalde de reactivar la economía de la Sierra con proyectos de pastoreo, cultivos alternativos o hasta la injerencia de la minería. Cree que una inversión en la zona ayudaría a muchos a dejar este peligroso negocio. Decir que en la Sierra de Guerrero se violan los derechos humanos es quedarse corto y superficial. Tan solo en enero de este año, ciento ochenta familias fueron desplazadas de una comunidad, al intentar crear una policía comunitaria que hiciera frente a los abusos de narcos y policías corruptos. Guerreros Unidos, Los Rojos, Caballeros Templarios, Familia Michoacana o Los Zetas son los nombres de las terribles bandas de sicarios y narcotraficantes que intentan adueñarse y tener control absoluto de los plantíos que se multiplican cada año en la montaña. Ellos, los campesinos, saben esos nombres pero no los pronuncian. Omertá a la guerrerense.

Sierra Madre del Sur, Guerrero
Sierra Madre del Sur, Guerrero

¿A cuánto el kilo de opio?

Es difícil disuadir a los amapoleros que abandonen su actividad, pues son pingües los beneficios que obtienen. Gilberto explica que por cada hectárea que siembra puede llegar a sacar veinte kilos de goma, a unos quinientos euros de beneficio neto por kilo. Con cinco quilos de opio, obtiene el suficiente para sintetizar uno de heroína, que al por mayor en Estados Unidos se vende a setenta mil euros. Ya el caballo cortado y adulterado con otras sustancias, esos mil gramos se multiplican por cuatro o cinco, dando un valor de unos trescientos mil euros. Ante la oscilación de precios, algunos amapoleros se han autogestionado con la creación de una organización comunal para negociar colectivamente los precios del kilo de opio con los grupos delincuenciales de turno. Es habitual que un narco llegué con un campesino y le imponga el precio de compra, a pesar de que haya habido más trabajo o pérdidas en la producción. Si no claudican, los desplazan o asesinan. En su mayoría, estos campesinos de enervantes invierten sus ganancias para sacar a sus familiares de las comunidades y que puedan trabajar en la ciudad o realizan una caja de resistencia para construir proyectos comunitarios, como una escuelita para los niños en la serranía.

Los pequeños son quienes más trabajan con el opio, debido a su estatura y a sus pequeñas manos, que no dañan ni estropean el bulbo

Llega el momento esperado por la caravana de periodistas: visitar un plantío. Nomás la Toyota 4x4 llega a un pequeño paraje donde cientos de adormideras se descubren, los reporteros bajan apresurados para fotografiarlas. Pasan de largo del señor, que con sus dos hijos menores de diez años se encuentran sentados en un tronco talado. Los pequeños son quienes más trabajan con el opio, debido a su estatura, ideal para la altura de la planta, y sus manos de niño, que no dañan ni estropean el bulbo cuando hay que realizar el corte para que la savia se funda con el oxígeno durante veinticuatro horas y se convierta en pasta, en goma de opio. Ellos, atónitos del circo improvisado, observan cómo los fotógrafos capturan instantáneas de mariquitas posadas sobre amapolas grisáceas que han sido fumigadas por los militares. Las copas de los pinos de alrededor están teñidas de un naranja que parece que haya abrasado las hojas, producto del glifosato, que no discrimina cuando arrasa colinas y montes.

De vuelta a la camioneta, un corrido guerrerense empieza a sonar en el estéreo del coche: “Sabes que planto maíz y de lo otro”, se oye en un verso. Como cortesía, un chaval que carga una Beretta y una estampita de Jesús Malverde en su cuello, santo en Sinaloa de narcos y buscavidas, invita a los asistentes a un canuto de pura hierba rojiza de la Sierra. “Para que se alivianen”, y le faltó decir: “Y se acuerden de nosotros”. Los amapoleros se despiden extendiendo una invitación para visitarlos antes de la época de lluvias, que dura tres meses y los deja completamente incomunicados por los nefastos caminos. “Si los aguacates se estropean por estas carreteras, no imagine un fracturado”, comenta el profesor Acosta. Atrás quedan los ojos de los “halcones” que confirman nuestra salida y los encinos talados para dar paso a más plantíos.

Una de las teorías sobre la desaparición de los cuarentaitrés estudiantes de Ayotzinapa es que uno de los autobuses que expropiaron esa noche infame del 26 de septiembre de 2014 tenía, sin ellos saberlo, compartimentos secretos donde se escondían fardos de heroína preparados para viajar a Estados Unidos. La población de Iguala, lugar de los hechos y a pocos kilómetros de la Sierra, está considerada el mayor centro de empaquetado de goma de opio del país.

La preciada y maldita Papaver somniferum ha sido la causante en Guerrero de la supervivencia para muchas familias, pero también la pesadilla para tantas otras, con muertos, refugiados y desaparecidos. Una guerra por el opio que ha dejado para los narcotraficantes mexicanos un beneficio de trece billones de dólares al año, según la DEA, y unas pérdidas de miles de vidas humanas que a nadie le ha importado contabilizar.

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