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Apestados, gigantes y molinos

Un menú cinematográfico para el 2018

Fotograma de Zama, película de Lucrecia Martel
Zama, película de Lucrecia Martel

La tormenta del brexit sacude a una Europa en crisis, y el cine británico protesta reivindicando la importancia de la construcción europea recordando el momento en que se pusieron sus cimientos. Si el año pasado el recordatorio corrió a cargo del Dunkerque de Christopher Nolan, el 2018 cinematográfico arranca con La hora más oscura, el film de Joe Wright sobre los primeros meses como primer ministro de Winston Churchill, enfrentado a decisiones capitales frente al desafío nazi y aquí encarnado por un Gary Oldman que dicen que va embalado hacia el óscar. Con el estreno previsto para el 12 de enero, será el primero de los biopics que desfilarán por las pantallas este año.

Después llegarán Bohemian Rhapsody, de Bryan Singer, de la que ya circulan impactantes imágenes de Rami Malek caracterizado como Freddie Mercury, y, sobre todo, Loro, el esperado retrato que Paolo Sorrentino le está haciendo a Silvio Berlusconi con la colaboración de su innegociable Toni Servillo, que ya fue Giulio Andreotti en Il divo, aquella otra joya del director de La gran belleza. Está por ver qué pasará con Gore, de Michael Hoffman, en la que el ahora apestado Kevin Spacey encarna al escritor Gore Vidal. De momento, Spacey, que acumula ahora acusaciones de acoso sexual, ha sido borrado de Todo el dinero del mundo, de Ridley Scott, sobre el secuestro del nieto del multimillonario Jean Paul Getty, y que, en aras de no descolgarse de la carrera de los Óscar por la polémica, ha vuelto a rodar las escenas en que el protagonista de House of cards encarnaba a Getty, ahora con Christopher Plummer.

En la misma línea de revisar grandes episodios y personajes del siglo xx se moverán las nuevas propuestas de Scorsese y Spielberg. El neoyorquino volverá una vez más al proceloso terreno de la mafia con The Irishman, relato sobre la relación entre el líder sindical Jimmy Hoffa y su amigo y asesino confeso, el gánster Frank Sheeran, encarnados respectivamente por Al Pacino y Robert de Niro, al frente de un reparto que, por si alguien aún no saliva, también incluye a Joe Pesci, Harvey Keitel y Bobby Cannavale. Spielberg, por su parte, se suma a la tendencia de dramatizar grandes episodios de la historia del periodismo con Los archivos del Pentágono, con Tom Hanks y Meryl Streep como los míticos Ben Bradlee y Katharine Graham, director y propietaria, respectivamente, del Washington Post, sobre la batalla legal desencadenada entre el Post y el New York Times por un lado y el Gobierno americano por otro cuando los diarios publican los documentos del título, filtrados por Daniel Ellsberg y que revelaban las mentiras que el Gobierno había difundido sobre la guerra de Vietnam.

Un tercer miembro de la generación del Nuevo Hollywood de los setenta estrena film también este 2018. Se trata de Brian De Palma, que, seis años después de la formidable Passion, vuelve de nuevo al thriller con Domino. Está por ver si habrá suerte y, a diferencia de su anterior película, esta sí llegará a las salas españolas.

En la era del reciclaje

Si resulta meritorio que De Palma, Scorsese y Spielberg sean los directores de algunos de los estrenos más esperados del año siendo septuagenarios, aún lo es más que, en el caso del estajanovista Spielberg, lo sea por partida doble. Si su primera apuesta se centra en el conflicto entre la nación y las libertades individuales, eje sobre el que gira la parte más políticamente comprometida de su cinematografía, la segunda, Ready Player One, es un nuevo juguete fantástico, adaptación de una novela concebida como un homenaje a los videojuegos y también al cine ochentero moldeado por el propio rey Midas de Hollywood.

Que Ready Player One incluya referencias a muchos de los iconos fílmicos de la cultura pop de los últimos treinta años, de Regreso al futuro o Pesadilla en Elm Street a El Señor de los Anillos, no hace más que epitomizar la tendencia al reciclaje en la que se asfixia Hollywood, que una temporada más atiborrará las pantallas de secuelas, remakes, spin offs, reboots y todo tipo de variaciones sobre temas y personajes más que trillados, vicio que afecta muy singularmente al cine fantástico. Ahí están, para acreditarlo, Solo, de Ron Howard, explicando aventuras de juventud del cuñado de Luke Skywalker, por primera vez con un rostro que no será el de Harrison Ford, sino el de Alden Ehrenreich, o la cascada de películas de superhéroes que se nos viene encima, sean las del Universo Marvel (Black Panther, de Ryan Coogler; Ant-Man and The Wasp, de Peyton Reed, o la primera parte de Vengadores: la guerra del infinito, de los hermanos Russo), las del mucho más atrabiliario Universo DC (Aquaman, de James Wan), las de los mutantes de la Fox (Los nuevos mutantes, de Josh Boone; Deadpool 2, de David Leitch, o X-Men: Fénix Oscura, de Simon Kinberg) o el nuevo Hellboy de Neil Marshall.

Claro que si hay que apostar a priori por una película de tipos y tipas en mallas y con poderes, uno lo hace por Los increíbles 2, de nuevo, como en la primera e irresistible entrega, a cargo de Brad Bird, que vuelve así a la animación y a una Pixar tocada por la revelación de que su alma mater, John Lasseter, era, como Spacey, uno más en la lista de acosadores de Hollywood, que no para de crecer desde que se destapó el caso Weinstein. La animación stop-motion también viene fuerte: se estrena el último film de los creadores de Wallace y Gromit y la oveja Shaun, la fantasía con cavernícolas Early Man, de Nick Park. Y también Isle of dogs, nuevo asalto a la animación de Wes Anderson tras aquella joya que fue Fantástico Sr. Fox. El que se estrena también con lo que antes llamábamos dibujos animados es el coreano Joon Ho Bong. Shimajiro and the Rainbow Oasis se titula la película, que el director de Crónica de un asesino en serie, The host y Rompenieves dirige a cuatro manos con el animador Isamu Hirabayashi.

Grandes nombres

Otro Anderson tan o más imprescindible que Wes, Paul Thomas, estrena El hijo del fantasma, en la que enfoca el mundo de la moda en el Londres de los años cincuenta y en la que vuelve a trabajar con Daniel-Day Lewis, diez años después de Pozos de ambición. Hay otros nombres capitales del cine americano en el menú anual. A la cabeza, Terrence Malick, que con los años acelera su producción y ahora se pasa al cine alemán con Radegund, en la que cuenta la historia de un objetor de conciencia en la Alemania nazi. Lo que está por ver es si llega a los cines españoles. Las dos anteriores películas de Malick aún no lo han hecho. Richard Linklater estrena una nueva comedia generacional, Where’d you go, Bernadette, esta vez basada en la novela de igual título de Maria Semple, y con Kristen Wiig y Cate Blanchett, y puede que con esta haya más suerte. Y también dependemos de los caprichos de la distribución, cada vez más caprichosa, para ver en salas The Florida Project, alabadísima mirada a la infancia de Sean Baker con un Willem Dafoe que reverdece laureles, y Good time, el thriller nocturno con el que los hermanos Safdie sacudieron Cannes y que dicen que supone el salto definitivo de Robert Pattinson de su anterior estadio de ídolo adolescente al de actor con hechuras de grande.

El actor antes conocido como el vampiro que hacía morritos en Crepúsculo también encabeza el reparto de High Life, primera incursión en la ciencia ficción de la francesa Claire Denis. Hay más grandes del cine europeo con estrenos pendientes. Como Lars Von Trier, que ultima The house that Jack built, en la que sigue los pasos de un asesino en serie, o Roman Polanski, que en D’après une historie vraie vuelve al terreno del thriller psicológico y explora los límites entre realidad y ficción de la mano de la adaptación que de la novela de Delphine de Vigan ha escrito Olivier Assayas. También estrena Jean-Luc Godard, se supone, aunque con él nada se sabe nunca con certeza. De momento, lo que ha trascendido es el título de su nuevo film: Le livre d’image.

Sí se sabe mucho, incluso la fecha de estreno, el 26 de enero, de Zama, adaptación de la novela de Antonio Di Benedetto que supone el regreso al largometraje de ficción, nueve años después de La mujer rubia, de la argentina Lucrecia Martel, y que de momento arrasa en los certámenes por los que pasa. También triunfadora en los festivales –ganó el León de Oro en el de Venecia– es La forma del agua, una fiesta de homenaje al cine fantástico que también se estrena en enero y que constituye el mejor trabajo de Guillermo del Toro.

Fotograma de D'après une histoire vraie
Fotograma de D'après une histoire vraie
Fotograma de The Florida Project
Fotograma de The Florida Project
Fotograma de El hilo fantasma
Fotograma de El hilo fantasma
Fotograma Isle of dogs
Fotograma Isle of dogs

Dos films malditos

Otro maestro del fantástico, Terry Gilliam, estrenará finalmente su película más anhelada, y más difícil. Tres décadas lleva trabajando el ex-Monty Phyton en The man who killed Don Quixote, jalonadas por una sucesión de desastres que se llevaron por delante el primer intento de rodaje del film, allá por el año 2000. Finalmente, Gilliam pudo filmarla la primavera pasada con rodaje y financiación españoles, y Jonathan Pryce y Adam Driver como sus muy particulares Quijote y Sancho.

El que ahora nace es también el año previsto para estrenar finalmente otro film legendario por maldito. Se trata de The other side of the wind, la inconclusa sátira con la que Orson Welles pasaba cuentas con el Hollywood que lo había arrinconado. Lo hacía con la complicidad de sus amigos John Huston –que encarnaba al protagonista, un cineasta en horas bajas– y Peter Bogdanovich, y con varios directores encarnándose a sí mismos, entre los cuales, Claude Chabrol o Paul Mazursky. Pero la película, como tantas de Welles, quedó en un cajón. Desde el 2014 se habla de se recuperación, pero fue hace unos meses cuando Netflix, que la había adquirido, anunció que la acabaría y la estrenaría. Puede ser el acontecimiento del año u otro desnortado ejercicio necrófilo como aquel Quijote wellesiano al que Jesús Franco intentó dar vida con más voluntad que acierto. Con suerte, en unos meses lo sabremos.

Ocho imprescindibles del año que acaba

‘Silencio’

Fotograma de "Silencio", película de Martin Scorsese

Martin Scorsese cambia de tercio y se (nos) sumerge en la devastadora peripecia de unos jesuitas en el Japón del periodo Edo. El director de Taxi Driver, siempre tan sensible a las cuestiones del espíritu, abraza abiertamente y sin los disimulos habituales el cine religioso como lo que en verdad es siempre: una cuestión de fe, sí, pero también puro y duro cine político.

‘La La Land’

Será todo lo mainstream que se quiera, pero, en una época en que el cine musical se ha convertido en sinónimo de morosas e hipertrofiadas adaptaciones de éxitos de Broadway, este retorno al liviano sense of wonder de la era clásica que toma de referentes a Donen o Demy resulta irresistible. Más aún si atendemos al genuino brillo de su pareja protagonista, a la subterránea mala leche que le imprime a su discurso Damien Chazelle y a ese óscar que le duró unos segundos y la convirtió en leyenda.

‘Z, la ciudad perdida’

Fotograma de "Z, la ciudad perdida"

Hasta ahora, la afinidad de James Gray con los postulados del nuevo Hollywood le había encajado mucho mejor con el policiaco (La otra cara del crimen, La noche es nuestra) que con el cine de época (El sueño de Ellis). Pero esta elegía sobre un mundo que desaparece y en la que la exploración de lo desconocido es sobre todo autodescubrimiento, cine de aventuras clásico en las antípodas de lo que hoy se entiende como tal y que el cineasta afronta manejando texturas y tonos que remiten a La puerta del cielo, es tal vez su mayor logro.

‘El otro lado de la esperanza’

Abonado una vez más al inimitable humor helado que tiene como marca de agua, Aki Kaurismäki propone una fábula sobre las dos (o más) caras de esa Europa desgastada a la que llegan y en la que intentan quedarse los refugiados. Hilarante y descorazonadora, a menudo casi a la vez, su final es de los que se queda incrustado para siempre en la memoria.

‘Déjame salir’

Fotograma de "Déjame salir"

¿Una película de terror que consigue ser cine político de primer orden sin por ello renunciar a la diversión más desprejuiciada y que todo funcione sin apenas un chirrido? El humorista Jordan Peele ha conseguido en su debut tras la cámara algo así como la cuadratura del círculo. Aún más meritorio cuando el objetivo de sus andanadas no es esa América de Trump tan parodiable y a la que el papel de villano le encaja como un guante, sino la ilustrada progresía orgullosa de votar a Obama y sus dobleces.

‘A ghost story’

El amor, las expectativas, los sueños más o menos cumplidos, esos momentos en los que somos felices y nos creemos inmortales. Y, después, la muerte y el paso del tiempo arrasando con todo ello. Tristísima, desoladora y cósmica, esta fantasía minimalista con la que David Lowery luce gesto malickiano, y en la que el espectador es el fantasma, es un canto a todas esas cosas que hacen que nuestra insignificante vida valga la pena.

Fotograma de la película "Madre"

‘¡Madre!’

Que Darren Aronofsky es un cineasta de excesos es sabido. Y que la línea que separa la genialidad del ridículo puede ser imperceptible, también. En ¡Madre!, juega con las convenciones de la home invasion para acabar sirviendo una descomunal metáfora bíblica desconcertante, eficaz, polisémica y divertidísima cuando se pone definitivamente bizarra. Como buena experiencia extrema, no admite medias tintas: o sales echando pestes o te rindes a su apuesta loquísima, como le pasó a un servidor. Lo que, por el mismo precio, garantiza discusiones que ni el proceso independentista.


‘Selfie’

La de este año ha sido una buena cosecha para el cine español. La evocadora (y conmovedora) Estiu 1993, la sorprendente Colossal, la escalofriante Verónica, el honestísimo exorcismo familiar en forma de documental que es Converso, la animadísima Tadeo Jones 2, la atrevida Pieles o el inclasificable artefacto metacinematográfico (y metahumorístico) Algo muy gordo, dan buena cuenta de la riqueza de la oferta. Pero, puestos a escoger, servidor se queda con este mockumentary que reparte a dos manos a esa España de caspa, gomina, corrupción y pelotazo, pero también a la adánica nueva izquierda. Porque –como felizmente también hace Borja Cobeaga en la igualmente jugosa Fe de etarras–, Víctor García León apuesta (y a fondo) por la sátira, esa modulación tan valiosa y comprometida de la comedia, y tan poco frecuentada por nuestro cine.

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