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Cine para bajar la temperatura

Viven

Arrecia el verano y sus calores, así que con la playlist de películas que mensualmente servimos en Cáñamo también querríamos contribuir a refrescar el ambiente. Y, de paso, alimentamos la sana costumbre de llevar la contraria. Ahí va una selección de propuestas que, en las antípodas de los rigores estivales, con un poco de suerte puede que hasta provoquen algún escalofrío en el espinazo.

‘¡Viven!’: el infierno de la supervivencia

El 13 de octubre de 1972, un avión uruguayo con cuarenta y cinco personas a bordo, la mayoría integrantes de un equipo de rugby, se estrelló en Los Andes. Una docena falleció en el accidente, y otros cinco habían muerto al día siguiente. La búsqueda se interrumpió el octavo día, pero hubo dieciséis supervivientes, que resistieron como pudieron, y eso incluyó alimentarse con carne de sus compañeros fallecidos. Fueron setenta y dos días con temperaturas de entre treinta y cinco y cuarenta y dos grados bajo cero. La escalofriante peripecia la convertiría Piers Paul Read en un best seller que Frank Marshall llevaría al cine veinte años después. El documental Náufragos: vengo de un avión que cayó en las montañas, de Gonzalo Arijón, cuenta la misma historia con testimonios de los supervivientes, pero sin la desarmante recreación, detallista hasta el paroxismo, del salvaje siniestro del avión, que perdió las alas y la parte de atrás en vuelo y acabó convertido en un proyectil antes de incrustarse en la montaña. Puesto en pantalla, el principio de la pesadilla ya deja sin aliento.

‘La cosa’: un clima monstruoso

En el espacio nadie puede oír tus gritos, rezaba la publicidad de Alien, el octavo pasajero. Tres años después, John Carpenter añadiría que en la Antártida, tampoco. Claro que lo que olía a exploit de la obra maestra de Ridley Scott acabaría siendo un clásico imperecedero del fantástico, superior incluso al original que versionaba, El enigma de otro mundo, un pequeño diamante de la sci-fi cincuentera producido –y dicen las malas lenguas que también dirigido– por Howard Hawks. Claro que a la fórmula perfecta de Alien, además del paisaje inabarcable de las eternas nieves antárticas, Carpenter le añadía algún que otro ingrediente para reforzar el sabor. Como un toque de whudonit a la manera de las historias tipo Diez negritos, justificado porque aquí el extraterrestre es un mutante que puede clonar lo que sea y a quien sea, lo que hace emerger a un segundo monstruo: la paranoia. O como el fatalismo que marca un final inolvidable. Porque se puede derrotar al invasor alienígena, pero el tercer monstruo del film, el frío, es como el dinosaurio de Monterroso: cuando te despiertes de la pesadilla, seguirá ahí.

Un plan sencillo

‘Un plan sencillo’: buenas personas

Los norteamericanísimos hermanos Coen acababan de parir el que sigue siendo el mejor thriller nórdico, se pongan como se pongan los suecos, y su amigo Sam Raimi decidió que no iba a ser menos y se marcó su propio Fargo con esta joyita endiablada donde Billy Bob Thornton es un retrasado mental más listo que el hambre y Bridget Fonda una lady Macbeth embarazada de gesto angelical y corazón helado. Arranca con el hallazgo de un avión estrellado sin equipo de rugby ni cadáveres devorados, pero sí con una maleta dentro llena de dinero que los protagonistas, pueblerinos sencillos y de buen corazón, se supone deciden esconder. La idea es no decir nada y quedarse la pasta solo si al cabo de un tiempo nadie la reclama. Por supuesto, esa es la idea inicial, y por supuesto, está condenada al fracaso, que ya se sabe que una cosa es llevarse bien y, otra, conocerse los unos a los otros, logro mayúsculo solo posible cuando por medio hay algo que ganar, o algo que perder.

‘Fuerza mayor’: conócete a ti mismo

Lo de que conocer no solo al prójimo, sino incluso a uno mismo –conocerlo realmente, a fondo–, solo se consigue cuando van mal dadas queda la mar de clarito en esta glacial sátira conyugal de Ruben Östlund que parece obra de un Bergman o un Haneke que se hubieran puesto en plan coñón. Un matrimonio joven y en apariencia modélico pasa unos días con sus hijos esquiando en Los Alpes, pero un día, en la terraza del hotelazo de lujo en que se alojan, la familia asiste en directo a una avalancha que, por unos instantes, parece que los va a sepultar a todos. La madre corre a proteger a sus hijos; el padre huye despavorido, desentendiéndose de todo y de todos. El alud no tiene consecuencias. O no las tiene en apariencia, porque lo que viene después es pura devastación, con sonrisas de esas que se hielan de por medio, para más inri. El resto de las vacaciones en la nieve consistirá en un concienzudo, hiriente desmantelamiento de las apariencias y la naturaleza de los roles en los que se sustenta la institución familiar, hasta dejarla bajo cero.

Stalingrado

‘Stalingrado’: guerra fría

Si se tratara de recomendar una película sobre el frente ruso, ninguna como La cruz de hierro, el visceral alegato antibélico donde buenos y malos eran soldados nazis, y con el que Sam Peckinpah hacía un primer gran esfuerzo por meterse en la piel del enemigo, treinta años antes de las Cartas desde Iwo Jima, de Clint Eastwood. Pero si de lo que se trata es de sentir el frío en los huesos casi como si uno fuera uno de esos desventurados soldados enviados a morir desventrados o congelados a aquella picadora de carne que fue la guerra entre alemanes y soviéticos, este epic de Joseph Vilsmaier no tiene rival. Nunca en pantalla se había visto con tanta crudeza la carnicería que fue la batalla de Stalingrado, contada aquí, de nuevo, desde el punto de vista de los alemanes, que, como la Armada Invencible, no habían sido enviados para luchar contra los elementos, así que pasaron de asediar la ciudad a ser ellos los asediados, y acabaron encajando la primera gran derrota de la segunda guerra mundial en una fosa común donde la nieve cubrió más de millón y medio de cadáveres.

Los vividores

‘Los vividores’: el oeste congelado

Snow western es la denominación que escogió Quentin Tarantino para Los odiosos ocho –que, en un lugar destacado de sus influencias, sitúa ni más ni menos que a La cosa–. El de Tarantino, y también El renacido, de Iñárritu, son los más recientes, pero buenos westerns nevados hay un buen puñado, quizá ninguno tan peculiar como el único que parió Robert Altman. Crepuscular y cínico, desclasado como su director y desolado como la banda sonora de Leonard Cohen, en este antiwestern al que tanto debe Deadwood, lo más parecido que se puede encontrar a un héroe, Warren Beatty, es un jugador con pocos escrúpulos que decide hacer negocio en un pequeño asentamiento minero montando un prostíbulo, y lo más parecido a la heroína, Julie Christie, una prostituta con visión de negocio que se convertirá en su socia. El enfrentamiento final con la nieve hasta la cintura es de una tristeza que cala los huesos.

Dejame entrar

‘Déjame entrar’: la eternidad helada

Fría como la muerte, a la carne de vampiro le sientan bien las bajas temperaturas, como acredita esta cumbre sueca del subgénero de los no muertos, y del fantástico en general, donde la chupasangres es una niña que ayudará con sus poco usuales talentos a un vecinito que le cae en gracia, carne de bullying. Incluso los americanos entendieron que no se le podía extirpar el aire glacial a este cuento solo en apariencia infantil, tan delicado como perverso, sin desnaturalizarlo, así que mantuvieron el clima intempestivo y el viento helado en el remake de turno, que, como el original, permite, más que intuir, casi palpar lo larga y gélida que puede llegar a hacerse la vida eterna. Y si ni por esas se le pasa a uno el calor, la película reserva un bañito final en la piscina de los que no se olvidan ni a humo de BHO.

Happy people’: cotidianidad extrema

La cotidianeidad, los quehaceres de los hombres que viven en condiciones extremas han interesado a los documentalistas desde Flaherty, el primero de ellos, y desde su fundacional Nanook el esquimal. Adscribiéndose a esa tradición, el cineasta de lo extremo por antonomasia, Werner Herzog, se pasó un año filmando la vida de un pueblecito incrustado en la Taiga, en el corazón de Siberia, solo accesible en helicóptero, o en barco los seis meses al año en que el agua no es una roca. Herzog y su codirector, Dmitry Vasyukov, se pasan un año hablando con sus gentes y recogiendo su trabajo: les vemos preparar con sus manos y herramientas tradicionales sus trampas de caza, sus cabañas, sus esquíes, sus canoas. Pero para Herzog, cineasta también siempre en busca de imágenes nuevas, insólitas, ni siquiera el rutilante espectáculo de la destreza de estos hombres que viven en otro siglo y en otro mundo es suficiente, así que de paso captura estampas de belleza magnética, como la del deshielo del río, un paisaje entero a la fuga.

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