El cine, en la dimensión desconocida

El cine, en la dimensión desconocida

Este artículo se publicó originalmente en el número 259 de la revista Cáñamo España

De Steven Spielberg a Stephen King, de Narciso Ibáñez Serrador a M. Night Shyamalan, el clásico de Serling lleva seis décadas inspirando a novelistas, guionistas y cineastas, y dejando su huella también en docenas de films que pueden verse como variaciones en gran formato de episodios de la serie, cuya huella en ellas es perfectamente rastreable. Aquí repasamos apenas unos cuantos que sirven para pulsar la magnitud de su legado. 

“Existe una quinta dimensión más allá de lo que el hombre conoce. Es una dimensión tan vasta como el espacio y tan intemporal como el infinito. Es el punto medio entre la luz y la sombra, en la ciencia y la superstición, y se encuentra entre el pozo de los temores del hombre y la cima de su conocimiento”. Con esa introducción pronunciada por su alma mater y guionista principal, Rod Serling, arrancaba The twilight zone (1959-64), que en España se conoció como La dimensión desconocida, que revolucionó la ficción televisa y que acaba de conocer una nueva encarnación en forma de remake impulsado por Jordan Peele.

La serie de Serling adaptó en su momento el formato de Alfred Hitchcock presenta, es decir, el de episodios absolutamente independientes de menos de media hora y con desenlace inesperado, a los vastísimos terrenos del fantástico y la ciencia ficción. Y desde entonces el género no deja de rendirle pleitesía a la que sigue siendo una de las series más influyentes de la historia de la televisión. Y no solo. De Steven Spielberg a Stephen King, de Narciso Ibáñez Serrador a M. Night Shyamalan, el clásico de Serling lleva seis décadas inspirando a novelistas, guionistas y cineastas, y dejando su huella también en docenas de films que pueden verse como variaciones en gran formato de episodios de la serie, cuya huella en ellas es perfectamente rastreable. Aquí repasamos apenas unos cuantos que sirven para pulsar la magnitud de su legado. Sin reparar en spoilers, claro. Avisados quedáis.

El planeta de los simios

El planeta de los simios

Cuando a Rod Serling le encargaron la adaptación de la novela de Pierre Boulle El planeta de los simios, que acabaría llevando a la gran pantalla Franklin J. Schaffner en 1968, aún trabajaba en la serie. Serling introdujo al guion un cambio sustancial respecto de la novela, en la que el astronauta protagonista aterrizaba en otro planeta, dominado por primates. Un cambio que en realidad suponía reciclar una idea que ya había utilizado en I shot an arrow into the air, el tercero de los guiones que escribió para la serie, que acabaría siendo el decimoquinto episodio de la primera temporada. En él, tres astronautas se estrellaban y trataban de sobrevivir en lo que creían un asteroide, hasta que el único que sobrevivía finalmente descubría que estaba en el desierto de Nevada. Unos postes telefónicos, un cartel avisando de la distancia a la que estaba Reno y un anuncio de un motel se convertían en el esbozo de aquella ruinosa y semienterrada estatua de la Libertad ante la que se desplomaba Charlton Heston y de uno de los finales sorpresa más impactantes de la historia del cine.

El diablo sobre ruedas

El cine, en la dimensión desconocida

Si bien Serling se encargó de la mayoría de los guiones de los 156 episodios que compusieron la serie, contó con colaboradores habituales, de los que los más significados fueron Charles Beaumont y Richard Matheson, el autor de Soy leyenda, que inspiró con sus relatos o escribió directamente dieciséis capítulos, entre los cuales, algunos de los más reputados, como el legendario Pesadilla a 20.000 pies. Matheson volvería a colaborar con Serling en Night Gallery (1969-1973), con la que este intentaría reeditar el éxito de su gran clásico. En esa serie también trabajó, encargándose de dos episodios, un joven director llamado Steven Spielberg, otro admirador de The twilight zone que poco después, en 1971, filmaría un guión de Matheson basado en su propio relato corto que planteaba una pesadilla a ras de suelo. O de carretera solitaria. La de un comercial acosado de forma implacable por un camión desbocado y a cuyo conductor nunca le veíamos la cara. Duel, o El diablo sobre ruedas –así se tituló en España este angustioso relato que podría haber formado parte de la galería de historias de Serling–, era un telefilm, pero tan bueno que acabó estrenándose en cines en todas partes, y propulsando a Spielberg a la cima de Hollywood.

‘Poltergeist’

Spielberg ni mucho menos había acabado con The twilight zone, como Matheson descubriría con amargura cuando vio Poltergeist, la impresionante aportación al canon de casas encantadas que el entonces ya rebautizado como rey Midas de Hollywood escribió, produjo y probablemente dirigió en su mayor parte en 1982, aunque Tobe Hooper sea el director que consta en los créditos. Spielberg había saqueado el argumento de uno de los episodios escritos por Matheson, Little girl lost, del que él mismo le había facilitado una copia tiempo atrás, y en el que unos atribulados padres descubren que su hija está atrapada en una especie de limbo entre nuestro mundo y otro. Al final, lo arreglaron por las buenas. El cineasta primero incorporó a Matheson a la nómina de guionistas de la adaptación al cine de la serie que produjo al año siguiente, En los límites de la realidad, que dirigió el propio Spielberg junto a John Landis, Joe Dante y George Miller. Y después le reclutó como consultor de Cuentos asombrosos (1986-87), su versión en clave familiar de la zone de Serling, en la que también escribiría un par de episodios.

El sexto sentido

El sexto sentido

Serling hizo del twist, el giro que propiciaba un final sorpresa que a menudo obligaba incluso a repensar lo ya visto, el santo y seña de The twilight zone. Y probablemente ningún otro cineasta ha sacado tanto jugo al recurso como M. Night Shyamalan, otro incondicional confeso de la serie, amén de uno de los más aventajados discípulos de Spielberg. Valga como ejemplo El sexto sentido (1999), de la que además puede rastrearse un precedente en An ocurrence at Owl Creek Bridge, un curioso episodio que en realidad era un cortometraje francés –que acabaría oscarizado– que la cadena adquirió e incorporó a la quinta y última temporada. Pero no es solo ese aldabonazo, sino el grueso de la filmografía de Shyamalan el que bebe de Serling: Señales (2002), El bosque (2004), El incidente (2008) o incluso La joven del agua (2006), La visita (2015) o la trilogía formada por El protegido (2000), Múltiple (2016) y Glass (2019) podrían encajar como excursiones extendidas y en pantalla ancha a la dimensión desconocida.

La niebla

Entre la nómina de ilustres abducidos por La dimensión desconocida está Stephen King, que llegó a culminar su sueño de fan cuando uno de sus relatos sirvió de base a un episodio de Más allá de los límites de la realidad, la reencarnación que la serie original tuvo entre 1985 y 1989. Bajo las fantasías de King es fácil rastrear potentes subtextos en clave de alegoría política o fábula moral a la manera de los que eran tan habituales en los guiones de Serling. Subtextos que han pasado con fluidez de sus libros a las adaptaciones cinematográficas de los mismos, a menudo convertidas en clásicos que no desentonarían tampoco en la zone. Eso vale para Carrie (Brian De Palma, 1976), El resplandor (Stanley Kubrick, 1981) y docenas más, pero uno se queda con La niebla (Frank Darabont, 2007), probablemente la mayor obra maestra basada en una novela del maestro del terror contemporáneo. La atmósfera asfixiante, en la que la amenazante presencia de los monstruos que acechan en la sopa de guisantes que lo envuelve todo sirve, sobre todo, como Mcguffin para construir un microclima en el que se exacerban algunas de las más bajas pasiones humanas y campan por sus respetos los prejuicios y el fanatismo religioso, y para plantear una perturbadora fábula social sobre la importancia de la fe de final inesperado y brutal. La niebla es una incontestable cumbre del fantástico a la que los inolvidables acordes que abrían la serie le irían como anillo al dedo.

‘Us’

Si Shyamalan ha exprimido a fondo el concepto del giro final popularizado por Serling, Jordan Peele, como King, ha sublimado otra de las marcas de agua de la serie: el arte de trenzar el relato fantástico juguetón y el alegato político cargado de intención. Lo hizo en su apabullante debut, Déjame salir (2017), y repitió la hazaña en Nosotros (2019), inspirada directamente, además, por uno de los episodios más aplaudidos de la zone, Mirror image, en el que una joven descubría la existencia de una doble que intenta suplantarla y elucubraba con los motivos y la naturaleza de la misma. No es de extrañar que Peele haya acabado por hacerse cargo de la nuevísima revisitación de The twilight zone (2019), presentaciones incluidas, como si del heredero de Serling se tratara.

Un legado televisivo inabarcable

Black Mirror de Charlie Brooker

Si la influencia de The twilight zone en la literatura y el cine fantásticos es descomunal, su huella en la pequeña pantalla es también imborrable. Y no solo porque, más allá de los dos remakes que actualizaron la serie en los años ochenta y principios de la década pasada y del que ahora ha producido Jordan Peele, contó con múltiples variantes, entre las más conocidas, Night gallery, del propio Serling; los Cuentos asombrosos de Spielberg o The outer limits (1963-65), que a su vez sería objeto de un remake en 1995 que acabaría siendo más popular que su antecesora y prolongándose durante siete temporadas, hasta el 2002.

El rastro alcanza incluso a otro gran clásico de la sci-fi televisiva, Star Trek, cuyo creador, Gene Roddenberry, fue un rendido admirador de Serling, del que en su funeral elogió “su curiosidad entusiasta y comprensiva” sobre el ser humano y “su determinación de ampliar nuestros horizontes dándonos un mejor entendimiento de nosotros mismos”, y cuyo manejo de la fantasía para armar metáforas sociales cargadas de subtextos le inspiró a la hora de dotar de humanismo las aventuras de la tripulación del Enterprise. Y tanto el extraño microcosmos que David Lynch bautizó como Twin Peaks como la isla de Perdidos, de J.J. Abrams, podrían ubicarse perfectamente en algún punto de la zone. De hecho, el punto de partida de la serie de Abrams, otro devoto confeso, es el mismo que el de otra serie de Serling, The new people (1969), en la que un grupo de supervivientes de un accidente de avión iban a parar, sí, sí, a una isla desierta.

¿Y qué decir del Black Mirror de Charlie Brooker? El propio creador de esta serie antológica que acota sus ingeniosas tramas al (cada vez más vasto) terreno de las nuevas tecnologías y sus peligros admitió que su modelo había sido la zone. Y, vistos los resultados y el impacto, ¿no será en realidad esta nueva joya de la televisión británica, y no el irregular remake de Peele, la más sofisticada y moderna puesta al día del clásico de Serling? ¿No será la más genuina versión 2.0 de aquella inabarcable dimensión desconocida que llega así transmutada al siglo xxi en plena forma? Si no lo es, se parece mucho.

Relacionados

‘Crash’: sexo, velocidad y muerte

En 1996, David Cronenberg agitó el panorama cinematográfico al adaptar sin cortapisas Crash, la polémica novela de J.G. Ballard. La película cumple veinticinco años reestrenándose en salas, y repasamos su génesis, controversias y legado.