Crash’: sexo, velocidad y muerte

‘Crash’: sexo, velocidad y muerte

Este artículo se publicó originalmente en el número 278 de la revista Cáñamo España

En 1996, David Cronenberg agitó el panorama cinematográfico al adaptar sin cortapisas Crash, la polémica novela de J.G. Ballard. La película cumple veinticinco años reestrenándose en salas, y repasamos su génesis, controversias y legado.

Cuando el 21 de mayo de 1996 aparecieron las crónicas del palmarés del Festival de Cannes –que en esa 49.ª edición laureó Secretos y mentiras, de Mike Leigh; Rompiendo las olas, de Lars von Trier, y Fargo, de los hermanos Coen–, buena parte de la prensa internacional trató de obviar en sus textos un galardón que a muchos les chirriaba: el Premio Especial del Jurado para David Cronenberg por Crash, adaptación de la novela de James Graham Ballard.

Aunque en Cannes es una tradición odiar películas que se alejen del cine de autor estándar, a casi nadie de la prensa generalista le gustó Crash. El crítico de El País del momento, Ángel Fernández Santos, la mencionó en su último texto solo para tildarla de “pufo” y para describirla como una “pretenciosa y vacía abstracción seudoporno de David Cronenberg”. Han pasado casi veinticinco años desde entonces, pero a buen seguro que esta película sobre un grupo de personajes cuya libido sexual se vuelve irrefrenable al ver accidentes de tráfico o participar en ellos volvería a generar hoy ríos de tinta en su contra. Un cuarto de siglo después, Crash ya es una cinta de culto, y para celebrar la efeméride y su lugar en el cine contemporáneo regresa el 29 de enero a las salas de cine, restaurada en 4K.

El estatus de Crash como uno de los filmes más importantes (y polémicos) de la década de los noventa tiene mucho que ver con el impacto y la polarizada acogida entre el público y la crítica de la película, aunque también con la visión sin cortapisas que adaptaba una novela que ya levantó ampollas cuando se publicó en 1973. J.G. Ballard había sacudido el escenario literario británico con obras de corte distópico como El mundo sumergido (1962) o La sequía (1965), ambas centradas en hecatombes climáticas, pero su narración en primera persona de la erótica de las colisiones automovilísticas pilló a la crítica por sorpresa, sin los ambages suficientes para interpretar con perspectiva la mirada nihilista, perversa y autoficcional que arrojaba la novela. No fueron pocos quienes señalaron el libro como “repulsivo”, y huelga decir que algo similar sucedió con la versión cinematográfica de Cronenberg.

Alerta, ¡censura!

Crash’: sexo, velocidad y muerte

Para entender la polémica provocada por Crash, comencemos por citar a los escandalizados por la película. Si en Cannes fue pasto de la controversia, el verdadero escándalo llegó cuando el filme aterrizó en el Festival de Londres, que suele celebrarse en octubre o noviembre, provocando una reacción en cadena de soliviantados. Christopher Tookey, el crítico del Daily Mail –el diario tabloide más leído de todo el país–, dijo de Crash que era la evidencia de la perversión moral de su director: “la moral del sátiro, del violador, la ninfómana, el pedófilo, el peligro para la sociedad”. La ministra de Cultura de Reino Unido de entonces, Virginia Bottomley, del partido conservador liderado por John Major, reclamó su inmediata prohibición, y el filme estuvo más de un mes en manos de los censores británicos, a la espera de saber cuándo y cómo llegaría a las salas. David Cronenberg, por su parte, intentaba defender su trabajo como una obra de arte: “No es una película violenta como Braveheart, y la gente que la ve no sale decidida a estrellarse con el coche”.

En Estados Unidos, la situación siguió un patrón parecido, y Ted Turner, magnate de Time Warner, conglomerado que participaba de la compañía distribuidora de la cinta, Fine Line Features/ New Line Cinema, puso en marcha una sibilina campaña para que la película no llegara a los cines. “¿Le preocupa que la gente se masturbe en sus coches y se estrellen entre ellos? ¿O le preocupa más que se pasen más tiempo del esperado limpiando sus coches en el túnel de autolavado con sus novias?”, se lamentaba a su vez el cineasta canadiense sobre la postura del que fuera entonces marido de Jane Fonda.

Pero ¿el escándalo era para tanto? Para los conocedores de la obra de Ballard o de Cronenberg, quien ya había demostrado para entonces una aproximación visionaria a las zonas oscuras de la contemporaneidad en obras como Cromosoma 3 (1979), Videodrome (1983) o La mosca (1986), la película suponía un paso natural en su trayectoria. Nadie mejor que Cronenberg, cerebro del concepto de la “nueva carne”, para llevar al cine esta extraña historia de amor entre lo humano y la máquina. Cronenberg, sin embargo, había estado operando desde los márgenes del cine de género y su salto a la élite del denominado cine de calidad no fue recibido, como se comprobó, con los brazos abiertos.

Crash’: sexo, velocidad y muerte

Fusión de la carne y el metal

Con todo, cabe insistir en que la historia de Crash no es apta para todos los públicos, pero tampoco el pozo de perversión que denunciaban sus detractores. Más bien, la novela y, por extensión, el largometraje conforman una lectura psicoanalítica sobre el desarrollo hipertecnológico del mundo occidental moderno, que funde deseo y razón, metal y carne, en un entramado que devuelve una mirada cáustica sobre las actuales sociedades de consumo.

La trama sigue a James Spader en el papel protagonista de James Ballard, un director de cine que mantiene una relación abierta con Catherine (Deborah Kara Unger). A pesar de la libertad sexual que comparte con su compañera, Ballard anda hastiado de su vida hasta que, después de sufrir un accidente automovilístico casi mortal cerca del aeropuerto, conoce en el hospital a la superviviente del otro automóvil implicado, Helen, interpretada por Holly Hunter. Ese encuentro será decisivo para introducirse en el submundo de filias eróticas en torno a los automóviles liderado por un misterioso hombre llamado Vaughan (Elias Koteas), quien, entre otras cuestiones, organiza carreras que recrean accidentes famosos en los que murieron celebridades como James Dean y Jayne Mansfield.

El filme despliega un fetichismo de las cicatrices, las suturas quirúrgicas, los mapas de autovías y los chasis de metal inusitado, un imaginario inquietante en el que el triángulo formado por Ballard, Helen y Catherine poco a poco va quedando atrapado. A pesar de los explícitos pasajes sexuales, la cinta, por el contrario, nos arrastra a un escenario de desolación, donde la asociación consumista de sexo y coches alcanza su potencial significado, desojado de cualquier adorno metafórico. J.G. Ballard desarrolló el texto original de Crash a partir de un episodio de su libro canónico La exhibición de las atrocidades (1969), sobre un hombre cuya identidad está quebrada a causa de la sobrexposición de estímulos de las simulaciones contemporáneas, y, aunque el mundo de hoy sea muy distinto al de entonces, no cuesta reconocerse en las heridas autoprovocadas de sus protagonistas ni tampoco en sus cuerpos mutilados y adaptados a unas tecnologías que les hacen correr más, pero no parecen ejercer de guía hacia un destino concreto.

Ballard en el cine

‘El imperio del sol’ (1987), de Steven Spielberg

El imperio del sol’

J.G. Ballard nació en Shanghái en 1930 y vivió buen parte de su adolescencia en un campo de concentración cuando los japoneses invadieron China durante la segunda guerra mundial. Esta traumática experiencia de iniciación a la vida adulta está recogida en su novela El imperio del Sol (1984), best seller internacional, finalista del premio Booker y convertida por Steven Spielberg en una superproducción épica y lacrimógena que marcó el final de la década de los ochenta. Christian Bale ejerce de sosias del escritor de joven, quien a pesar de su rostro aniñado consigue transmitir a la perfección el abismo que siente el protagonista.

‘La exhibición de atrocidades’ (2000), de Jonathan Weiss

La exhibición de atrocidades

“Quien se atreva a leer esta obra debe entender que La exhibición... no sigue narrativa tradicional alguna. Esta obra no tiene principio o final y se puede empezar a leer desde cualquiera de sus secciones”. Con esta advertencia arranca una de las novelas seminales de Ballard, que concentra la esencia de su pensamiento abisal y experimentación literaria. ¿Cómo plasmar todas estas cuestiones en una película narrativa, que nos cuenta la historia de un hombre cuya identidad ha colapsado? Jonathan Weiss lo intentó con mucha osadía justo con el nuevo milenio, apostando por el collage audiovisual acelerado y asfixiante.

‘High-Rise’ (2015), de Ben Wheatley

High-Rise

Publicada en 1975, han tenido que pasar cuarenta y cinco años para que alguien se decidiera a llevar a la gran pantalla otra de las novelas paradigmáticas de Ballard. Y Wheatley, quien demostró la suficiente capacidad de ironía afilada necesaria en películas como Kill List (2011) o Turistas (2012), consigue plasmar a la perfección la guerra social perpetrada en ese rascacielos brutalista de lujo en el que suceden los acontecimientos de la obra. La película comienza con la imagen del protagonista, Robert Laing (Tom Hiddleston), teñido de sangre y comiéndose a su perro en el balcón, rodeado de montones de basura. Todo lo que sigue, por supuesto, irá a mucho peor.

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