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Tyrionnosaurus Rex

La magnitud de lo pequeño

Tyrion

El inminente estreno de la sexta temporada de Juego de tronos devuelve a la palestra a Tyrion Lannister, uno de los principales activos de esa serie de culto masivo. Pasamos revista a la ambigua dignificación que del enanismo proyecta ese personaje, tan carismático, elaborando de propina un hit parade con los actores pequeños más grandes de la historia.

Beodo, putero, parricida, regicida, intrigante, mendaz, conspirador, cínico. Tyrion Lannister parece cargar con todas las rémoras de la defectuosa raza humana. No solo eso, estas se magnifican en tan diminuta persona, inversamente proporcionales a su tamaño. En cualquier otro personaje resultarían canónicas, cotidianas, incluso humanas. En el heredero de Roca Casterly se antojan despreciables, repulsivas. Tyrion encarna nuestra decepción, como la de Tywin, ese progenitor que por ello le desprecia, al enfrentarnos su contrahecha figura con lo mucho que de grotesco reside en la especie dominante. Su acondroplásica amplificación de flaquezas y taras no hace sino empequeñecernos, y por eso nos disgusta. Seguramente debido a ello, de los muchos correlatos entrecruzados en el nudo de Juego de tronos, el de la progresiva humanización y aceptación de que se hace acreedor este enano entrañe una de las más estratégicas claves del éxito de dicha serie, más allá del público infantil, quien por obvias razones resulta el más susceptible de identificarse con tan minúsculo agente de una acción que en sus vericuetos argumentales se abullona gigantesca.

Pero quizá la verdadera proeza de Juego de tronos al “normalizar” lo “anómalo” redunde en hacerlo a través de su hiperespectacularización, la más masiva de que ha sido objeto el enanismo a lo largo de la historia, y por ende en unos momentos álgidos del ejercicio de esa nauseabunda hipocresía llamada corrección política. Recordemos que no tan lejos como en el 2003 varias asociaciones de discapacitados conseguían retirar de pantalla un anuncio televisivo de la tarifa corta de Amena. Según sus argumentos, que en él aparecieran algunos enanos llovidos del cielo atentaba contra la dignidad de los afectados por una de las dos mutaciones nucleótidas causantes del trastorno del crecimiento. Por esa regla de tres, debería así mismo ser retirado del Louvre un cuadro como El enano del cardenal Granvela. O hacer lo propio en el Prado con Las Meninas, donde aparecen Mari Bárbola y Nicolasito Pertusato, enanos palaciegos, dos de los ciento diez con derecho a sinecura que llegó a acumular el séquito de Felipe IV; él de origen noble como Tyrion, más no por ello librándose de que Velázquez lo ubicara a la vera de un mastín, simbolizando el estatus de animalillos de compañía, de juguetes o mercancías de entretenimiento que detentaban los enanos en el escalafón cortesano: miniaturas coleccionables en calidad de rarezas de la naturaleza o criaturas exóticas, que la realeza acaparaba en exclusiva, seducida por monstruosidades y maravillas.

Tyrion

Además de los de Perkeo, bufón de Carlos III de Heidelberg que se soplaba veinte litros diarios de vino, en Tyrion Lannister reverberan ecos de Jeffrey Hudson, alias Lord Minimus, enano numerario de la reina Enriqueta María de Inglaterra. De alguna manera, Hudson transgredió, si bien no por ello menos aciagamente que Tyrion, la suerte casi entomológica reservada a los de su estirpe genética. Hudson, decíamos, retó a duelo al hermano de un influyente barón que osó burlarse de su estatura. El desafiado se presentó con una pistola de agua, acrecentando el escarnio, pero eso no disuadió a Hudson de alojarle entre los ojos una bala, tan sólida como que era de plomo. Su posterior odisea, condenado al exilio y capturado por unos piratas que lo mantendrían en esclavitud durante veinticinco años, sodomizándolo a destajo, no anda lejos de la epopeya tyriana. Forzados por las circunstancias, ambos se rebelan no ya solo contra el ejercicio de la propiedad sobre sus personas, sino ante una tradición que en el mejor de los casos los reduce a mascotas, sujetos a la compra-venta pero también a la crueldad y la marginación.

En Egipto, los enanos se codiciaban en calidad de amuletos, pues daban suerte, como las corcovas de jorobado. La aristocracia azteca se entretenía con ellos, mientras que la maya, todo y considerarlos seres sobrenaturales, los utilizaba como siervos domésticos. Roma los subastaba a mayor precio que los esclavos homologados. En ninguno de los casos podían decidir su suerte, acaso más indefensos que el resto de miserables súbditos con dimensiones oficiales. El transcurso de siglos y civilizaciones traería para la reificación de los enanos una especialización, la bufonesca, que los estampaba en la indeleble casilla del esperpento, tan caro a la cultura popular. Desde los cuentos de Blancanieves y Pulgarcito de los hermanos Grimm, o los liliputienses de Los viajes de Gulliver de Swift, hasta Holly One, el “actor porno más bajo del mundo”, el sino del enano público ha zozobrado por un océano de ignominias. Ciertas generaciones recordarán todavía la peripatética presencia del bombero torero en festejos de toda pelambre, resonancia hispana del vía crucis espectacular emprendido por los enanos en ferias y circos, seudopayaso taurómaco cuyo origen cabría remontar a los enanos gladiadores que luchaban en el Coliseo para solaz del emperador Domiciano..., a su vez evocados en Blue Demon y Mil máscaras. Los campeones justicieros (1971), película de lucha libre mejicana, donde el villano de turno disponía de un ejército de enanos científicamente dotados de sobrenatural fuerza.

Tyrion encarna nuestra decepción, como la de Tywin, ese progenitor que por ello le desprecia, al enfrentarnos su contrahecha figura con lo mucho que de grotesco reside en la especie dominante

“Lo siento –dice Tyrion cuando alguien le increpa por su estilismo e intempestividad–, los enanos no necesitamos tener tacto. Generaciones de bufones con trajes de colorines me dan derecho a vestir mal y a decir todo lo que se me pase por la cabeza”. Echando mano de similar premisa, el cine, circo del siglo xx, mantendría a los enanos en el podio de la bufonada, por lo menos hasta que artistas, políticos, cocineros y actores, entre otros freaks posmodernos, les arrebataban la exclusiva. Bajo el epígrafe de “Cinema’s Abused Dwarfs”, ‘Enanos de los que el cine ha abusado’, es posible localizar en YouTube una ilustrativa síntesis del sádico trato deparado por la industria del entretenimiento a tan sufridos secundarios. ¡Qué raras llegan a ser las excepciones! Sin embargo, ahí está una que vale por mil: También los enanos empezaron pequeños (1970), uno de los títulos de culto de Werner Herzog, metáfora revolucionaria rodada en Lanzarote y protagonizada por un elenco de enanos que internados en un reformatorio se sublevan contra autoridad y orden. Pero, ¡oh!, terminarán tiranizándose entre ellos. Los monstruos no eran los enanos, venía a decir Herzog, sino la sociedad que hemos creado y sus prejuicios.

Curioso detalle, que los enanos solo puedan sublimarse en el cine a través de la ley del Talión, urdiendo una venganza colectiva en la que se perpetua Tyrion. Los Bandidos del tiempo (1981), de Terry Gilliam –película de la que en un futuro próximo podría retoñar una serie televisiva–, son una revoltosa pandilla de enanos al servicio de la Entidad Suprema, creadora del mundo. Encargados de concebir los árboles, esos subalternos del divino se darán a la fuga llevándose un mapa que señaliza agujeros del tiempo con objeto de utilizar esa información para perpetrar todo tipo de robos. Potenciales secuaces de Tyrion en su superación del estereotipo, en el fondo la abundancia que persiguen no difiere de la ansiada por quienes les duplican en estatura. Como dice Tyrion cuando le preguntan qué clase de muerte prefiere: “En mi propia cama, con la barriga llena de vino, la polla en la boca de una doncella y a la edad de ochenta años”. ¡Y quién no!

La parada de los audaces

No están todos los que han sido –faltan Kenny Baker, el hombre que se asaba en el interior de R2-D2; Zelda Rubinstein, la médium de Poltergeist, y Weng Weng, el action hero filipino–, pero sí buena parte de los enanos actores más icónicos de cine y televisión.

Angelo Rossitto

De los “fenómenos” participantes en Freaks, Rossitto sería el más activo en pantalla. Asiduo a la serie B, su última intervención fue en la tercera entrega de Mad Max. También figura en la portada del disco Swordfishtrombones, de Tom Waits.

 

Michael Dunn

Michael Dunn

Fue el inolvidable Miguelito Loveless, microvillano de la serie televisiva Jim West. Versátil y polifacético, también cantaba, recibía una nominación al Oscar por su intervención en El barco de los locos.

Herve Villechaize

Hervé Villechaize

En España popular por su parecido físico con Felipe González, su salto a la fama lo dio como ayudante de Scaramanga, enemigo de James Bond en El hombre de la pistola de oro. En televisión fue coprotagonista de la serie La isla de la fantasía.

 

Michael J. Anderson

Michael J. Anderson

Aunque cuatro episodios de Twin Peaks contaron con su inquietante presencia, sería mucho más longeva y cercana la labor que décadas después desempeñaba en otra serie de culto, Carnivàle.

 

Verne Troyer

Verne Troyer

Si bien desprovisto de diálogos, su papel de Mini Yo en dos de las tres entregas de Austin Powers le garantiza puesto fijo en la cultura pop. Una de sus últimas apariciones tuvo lugar en El imaginario del doctor Parnassus.

 

Harry & Daisy Earles

Hermanos en la vida real, en Freaks interpretaban al matrimonio que intentaba destruir la trapecista luego transformada en mujer pato. Con dos hermanas más, los Earles intervendrían en multitud de films, entre ellos El mago de Oz.

 

Billy Barty

Billy Barty

Uno de los más prolíficos y conocidos actores enanos, con una carrera que va de los años veinte hasta finales de los noventa, incluyendo La novia de Frankenstein, un par de largometrajes de Elvis y Legend.

 

Warwick Davis

Coprotagonista de Willow junto a Val Kilmer y ewok destacado en El retorno del Jedi, también ha dispuesto de duraderas franquicias en sagas como las de Leprechaun y Harry Potter, en esta, en la piel del profesor Flitwick.

 

Danny Woodburn

Iconizado por su papel de Mickey Abott en el popular sitcom Seinfeld, encarnando a un temperamental actor de armas tomar cuando alguien le llama enano. En Las Tortugas Ninja fue Splinter, la rata tutora de los quelonios.

 

Deep Roy

Deep Roy

Actor hindú nacido en Kenia al que los fans de la versión que Tim Burton dirigió de Charlie y la fábrica de chocolate recordarán por su psicodélico papel de los 165 Oompa Loompa. Repitió con Burton en otras dos películas.

 

Tony Cox

Tony Cox

Uno de los escasos intérpretes negros de este negociado. Fue ewok para George Lucas y compadre de Bitelchús, apareciendo así mismo en El silencio de los corderos y en clips de Foo Fighters y Snoop Dogg.

Jason Acuña

Jason Acuña

También conocido por Wee Man, este profesional del monopatín y presentador de MTV debe gran parte de su celebridad al descerebrado filón de Jackass. Su filmografía abunda en humor basura.

 

Peter Dinklage

Vale la pena husmear sus pasos fuera de Juego de tronos. Tanto en papeles dramáticos, Vías cruzadas, como cómicos, Un funeral de muerte, el alter ego de Tyrion dispone de una abundante y prismática filmografía.

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