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Dulce Caleidoscopio

Caleidoscopio 01
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Nuestro restaurante preferido ofrece por las tardes sublimes merendolas de placer y desenfreno cannábico. Un dulce colocón ideal para disfrutar de esta primavera que empieza.

La edad se va notando, las resacas se hacen más profundas. Yo hace veinte años en un mismo día podía colocarme dos veces, una por la mañana y otra por la noche, sin dormir entre medias. Ahora no. Es lo que tiene convertirse en un señor. Por eso me gusta la nueva estrategia para conseguir comensales de La alegría de la huerta, el primer y único hasta el momento, restaurante cannábico nacional. 

Los más fundamentalistas del sector lo han visto como una claudicación ante los aficionados. "Han cedido a la presión", me ha dicho un colega periodista que se cree un profesional del vuelo sin motor. Yo no estoy de acuerdo. Será por la edad, quizás, que hasta celebro que Juanita haya abierto de tarde ofreciendo merendolas. Si a la mayor parte de la gente le resulta una experiencia excesiva una comida o una cena cannábica, si los más hipocondríacos se niegan a mezclar por prejuicios infantiles la alimentación con la embriaguez, la merienda, sin duda el momento gastronómico más prescindible del día, es una buena alternativa. Vale, no te apetece zamparte un plato de habichuelas al THC, lo comprendo, pero ¿qué tal un pastelito psicoactivo?

Es más fácil empezar por la merienda y todo lo que sea hacer más fácil este mundo enmarañado de leyes, supersticiones y moralina es bueno. Ya sé que hay muchos fumetas amantes de la complicación, pero yo vengo aquí a disfrutar. Los que vengan dando lecciones morales, de un signo o de otro, mejor no entren en La alegría de la huerta. No es para ustedes el platillo volante de esta tarde, no les conviene probar bocado de este dulce Caleidoscopio, como lo ha bautizado Juanita, porque, según ella “se puede mirar a través de él y ver un mundo de colores” La ingesta no decepciona: ligero como la pera, luminoso como la mandarina, exótico y familiar como el kiwi, cercano y selenita como la granada, y rumboso como Carmen Miranda. Juanita asegura que esta mañana soñó que Carmen Miranda se quitaba la cesta de mil frutas que usa como sombrero y se la daba, para que hiciera un bizcocho. Así qué al pasar por el mercado compró fruta y fina harina de espelta. Y aquí me tiene a mí y a ocho amigos de la merienda trascendental, aplaudiendo tras zamparnos su obra de arte trascendente.

Nos la hemos comido acompañada de un te moruno, un maridaje feliz que prolonga como un zumbido la embriaguez del cannabis, potenciando los terpenos mentolados de la Silver Haze, la variedad de marihuana utilizada en el aceite de girasol con el que se ha estimulado la masa del bizcocho. Ha sido divertido; entre los compañeros de viaje se ha librado un concurso de palabras singulares y ha ganado tentempié, un punto por delante de matasuegras y dos por delante de pavía. Lo de pavía, en realidad se ha colado en el podio por la música circense que le acompañaba: “Pavía una vez...un circo”. El alegre comensal que defendía el valor de la palabra “pavía” ha entrado en bucle con el dichoso estribillo. Por librarme de él me he marchado antes de tiempo. 

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Fuera era todavía de día, demasiado de día para el estado en el que me encontraba. Me he sentado a reírme en un banco y un mendigo sin prisa ha aparcado su carrito del Ahorra Más a mi lado y se ha puesto a reírse conmigo. La risa ha hecho las veces de imán y cuando me he querido dar cuenta estaba rodeado por un coro risueño de desarrapados. Una chica de melena peligrosa me ha dicho que me brillaban mucho los ojos y yo le he contestado que sí, que me brillan mucho los ojos porque estoy ciego. “¿Quieres ser mi lazarillo?” Le he preguntado, pero me ha dicho que no.

Poco importa, este dulce caleidoscopio permite ver más allá de lo ordinario y sus categorías binarias. ¿Sí?, ¿no? Qué más da. Gracias a que la ingesta fue en la merienda, a las diez de la noche estoy ya en la cama y a la mañana siguiente soy un hombre nuevo. Qué bien se duerme solo. La realidad, sea cual sea: plenitud.

Dulce caleidoscopio de Juanita La Milagrosa

Ingredientes para cuatro personas:

  • 1 Kiwi
  • 1 Granada
  • 1 mandarina
  • 1 pera
  • 1 taza de harina de espelta
  • 1 taza de azucar
  • 4 cucharadas de canela
  • 1 huevo
  • 1/2 taza de leche entera
  • 1 cucharada de levadura
  • 1 cucharada de esencia de vainilla
  • ½ cucharada de sal
  • 10 cucharadas de aceite de girasol cannábico
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Preparación

Encendemos el horno a 180°.

En un bol mezclamos ½ taza de azúcar con 5 cucharadas de aceite cannábico. Agregamos el huevo, la esencia de vainilla y ½ taza de leche y lo batimos bien todo. Mezclamos harina con la levadura y lo volcamos poco a poco en el bol sin dejar de batir hasta obtener una masa homogénea. 

Untamos el molde con un poquito de aceite cannábico, vertemos la mezcla dentro y lo metemos en el horno de 25 a 30 minutos.

Cumplido ese tiempo sacamos el bizcocho del horno, lo dejamos enfriar y cortamos (en ese momento, con el fin de que no se oxiden) las fruta en láminas finas que vamos colocando a nuestro gusto. Una vez hecho esto, le echamos lo que queda de aceite cannabico por encima  y espolvoreamos ½ taza de azúcar y 4 cucharadas de canela. Dejamos que termine de enfriarse y ya podemos invitar a nuestros amigos a un crucero de placer psicotrópico.

La dosis correcta

Se estima que medio gramo por persona si no es usuaria de cannabis es una dosis suficiente para sentir los efectos. Si eres consumidor habitual la tolerancia hacia la sustancia activa hará que necesites el doble: un gramo. No olvides que durante la digestión el THC se convierte en una molécula más potente que propicia una experiencia retrasada y hasta tres veces más intensa que con una cantidad similar fumada. El efecto tarda entre 30 y 90 minutos en mostrarse en todo su esplendor, y puede llegar a mantenerse hasta 8 horas.

Dado que no todas las hierbas son iguales y que todos somos diferentes, estos consejos sobre cantidades y efectos son orientativos. Es al comensal al que corresponde encontrar su medida. La prudencia siempre es buena consejera.

Fotografías de Alberto Flores

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