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Pollo al son

La vuelta al orden de septiembre merece un nuevo despegue. ¿Le angustia regresar a la rutina? No deje entonces de pasarse por el primer restaurante cannábico nacional.

La vuelta al orden de septiembre merece un nuevo despegue. ¿Le angustia regresar a la rutina? No deje entonces de pasarse por el primer restaurante cannábico nacional, aquí podrá llenar el estómago y coger de paso un buen vacilón, sin dejar de aprender al mismo tiempo. Porque la alta gastronomía no está reñida con el arte de colocarse ni con el conocimiento.

En este restaurante se instruye mediante la embriaguez, lo cual es una evolución pedagógica importante. Seguro que es usted aficionado al condumio y al vuelo sin motor, pero, ¿qué sabe usted de gallos y gallinas? Para gente como usted y como yo este es el restaurante ideal, aquí no se sirve solo comida, aquí se sirven experiencias trascendentes y conocimiento de primera mano. Mírenme a mí. Me he sentado en la barra, he pedido “Pollo al son”, que es el plato del día, y he puesto la oreja en la conversación de al lado y, sin quererlo ni beberlo, estoy aprendiendo cosas hasta ahora desconocidas:

–El Gallus gallus domesticus es la subespecie doméstica de la especie Gallus gallus y es el ave más numerosa del planeta.

–Yo pensé que eran las palomas las aves más abundantes…

–Lo siento por los colombófilos, pero, según la Wikipedia, se calcula que en el mundo habitan más de 16.000 millones de ejemplares de Gallus gallus domesticus. Si en el mundo pronto alcanzaremos los 8.000 millones de habitantes, toca a dos gallinas por persona. ¿Qué piensas hacer tú con las dos gallinas que te corresponden en el reparto?

–Lo normal. Una me la voy a comer y la otra la voy a respetar para que me regale huevos. Algunos huevos también los voy a respetar para tener también pollitos, que voy a cuidar con mucho amor para que no se me mueran. Arrastro un trauma desde que era pequeño y me regalaron un pollito pintado de verde y morado. No duró ni dos días.

¿Ven lo que les digo? Aquí el aprendizaje se mezcla con la embriaguez como la gasolina con el fuego. Yo sé que la propaganda prohibicionista muestra la afición al THC como una costumbre embrutecedora, pero aquí todo son sinergias y refinamiento. Uno entra en La alegría de la huerta, come, y cuando sale es otro: más embriagado que de costumbre, pero también más culto. Y por qué no decirlo, más espontáneo y menos sobrecargado de las rígidas convenciones de esta civilización esclerotizada.

 

Bestialismo con amor

La conversación de mis vecinos de mesa evoluciona favorablemente: del amor a los pollitos han pasado a las relaciones sexuales con gallinas. Al principio se manifiestan con seriedad a favor del bestialismo, siempre y cuando haya amor, y las dimensiones de los sexos sean compatibles: “Al fin y al cabo –dice el chico más joven– un pene humano no suele ser más grueso que el huevo de una gallina”. Luego dicen que no, que eso de la zoofilia es una salvajada, pues no se puede saber si son relaciones consentidas por parte del animal, aunque el hombre mayor cuenta una anécdota de su pueblo, donde una cabra se ponía de culo cuando veía llegar al cabrero: “Con el culo en pompa y el rabo levantado, esperando lo suyo”. Han recordado con desagrado la película de Pink Flamingos donde una pareja fornica aplastando una gallina, “qué costumbres tiene la gente”, y donde Divine se come una mierda de perro, “eso tampoco es de recibo”. En esas ha llegado el camarero con mi “Pollo al son” y le han preguntado si los pollos que estaban sirviendo eran gallinas o gallos y si habían sido torturados en una granja avícola o habían gozado de una vida en libertad. “Este es un gallo joven –ha respondido tranquilizadoramente el camarero–, criado al aire libre y cuya alimentación ha sido enriquecida con maíz de origen biológico controlado”. “¡Cuánto amor para un pollo!”, han replicado los dicharacheros comensales, y a continuación han querido saber si en la salsa uno de los ingredientes era esperma del cocinero. “Que yo sepa, no”, ha zanjado el camarero dejando el plato frente a mí.

 

Antonio Machín llega a los postres

Aunque no soy una persona escrupulosa, la deriva de la conversación de estos vecinos de mesa me ha cerrado un poco el apetito. Nada grave. He empezado por un par de cucharada de arroz salvaje para abrir boca y cuando un regusto lejano de mantequilla cannábica me ha aromatizado el paladar, me he lanzado sobre los dados de la pechuga de pollo en salsa. Qué exquisitez. Una nube de dicha me ha ido envolviendo hasta acabar saciado y con el plato limpio.

A los postres, Poncio Kush, el dueño de este restaurant, me ha invitado a un té moruno en el cómodo sofá del reservado y me ha presentado a Pablo Cuenca, el cocinero, al que he felicitado por su buen hacer. Cuenca me ha explicado que los nombres de las recetas los pone su jefe: “Esta mañana le presenté el menú del pollo en salsa cannábica y él quiso darle un toque añejo con eso del son”. Entonces Poncio, con su tono magistral, nos ha brindado una última enseñanza: “La música del son es anterior a la salsa y tiene una tradición mucho más fumeta, como demuestra el hit ‘Vacilando’ que cantara Antonio Machín y que ahora mismo les voy a poner para que escuchen. No crean que es un tema menor, fue un éxito en los años treinta en Nueva York, antes de que el bolerista se viniera para España”. Y suena por los altavoces una delicia de buen rollo maraquero, con su punto picante y un final apoteósico que describe los virtuosos efectos del canuto aplicado a la ejecución musical.

Salgo del restaurante cantando el estribillo del Cuarteto Machín: “Yo quiero un vacilón / con una negra sabrosa, / que después del vacilón, / ella se ponga melosa…”.

Ya en la calle me encuentro con los comensales dicharacheros. Por lo que parece están compitiendo a ver quién da el salto más grande moviendo los brazos extendidos. Les pregunto y me contestan que no, que están volando, volando como las gallinas. Les deseo suerte y sigo con mi globo hasta casa.

Pollo al son

Pollo al Son, por Pablo Cuenca

Pollo al Son

 

Ingredientes

Para 4 personas

  • 600 gr. de pechuga de pollo de corral
  • 1/4 de litro de nata para cocinar “a las finas hierbas cannábicas”
  • 1/2 vaso de vino
  • 1 pimiento
  • 1/2 cebolla
  • 200 gr. de arroz salvaje para guarnición
  • 2 dientes de ajo
  • 1 cuchara sopera de mantequilla cannábica
  • Aceite de oliva
  • Sal y pimienta negra

 

Preparación

Cortamos en dados las pechugas y los salpimentamos. En una sartén con un poco de aceite de oliva sofreímos el pimiento y la cebolla cortados en tiras. Cuando esté, añadimos los dados de pollo. Sin marearlos para que no se deshagan, esperamos 5 minutos a que se doren y echamos el medio vaso de vino. A los 2 o 3 minutos, cuando se haya evaporado el alcohol, lo tapamos hasta que se terminen de hacer los dados de pechuga.

Paralelamente hemos hervido el arroz salvaje con los 2 dientes de ajo y una pizca de sal. Antes de ponerlo como guarnición en el plato le echamos un poco de mantequilla cannábica para que se derrita entre los granos y le dé más alegría a la comida.

En otra sartén echamos la nata que previamente hemos guardado en un bote de cristal durante 12 horas en la nevera, con un par de cogollos de buena marihuana (una variedad rica en terpenos cítricos le va muy bien a la receta). Ponemos entonces la nata a fuego muy, muy suave, para que no llegue a hervir, y con la sartén tapada, para que no se escapen las esencias. A los cinco minutos retiramos los cogollos que ya habrán soltado su mágica sustancia y añadimos el pollo con las verduras. Tapamos, le damos un meneo, apagamos el fuego y lo dejamos reposar un par de minutos para que ligue bien. Corregimos de sal y servimos. Y a fliparlo con el “Pollo al son”.

Fotografías de Alberto Flores

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