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¡No sin mi consentimiento!

Romance de sepia y langostino

Fotos de Alberto Flores

Una buena comida cannábica precisa de buena compañía y un contexto inspirador. Y, por supuesto, el consentimiento expreso de todos los comensales. En esta nueva aventura, nuestro crítico gastronómico estrella vivirá un desventurado suceso que bien puede servir de ejemplo de lo que no se debe hacer en ningún caso.

Todo el mundo sabe que no debemos drogar a nadie sin su consentimiento. El imaginario colectivo está lleno de mujeres drogadas contra su voluntad con fines de explotación sexual. Por no hablar de esas anécdotas supuestamente divertidas del aficionado a la coca al que a oscuras invitan a un tiro y se queda encenagado en mitad de la discoteca porque la raya era de caballo. O qué me dicen de esos pobres animales domésticos en manos de crueles amos que no dudan en drogar a su sultán para ver qué pasa. A veces sucede por descuido, como le pasó a un amigo con su perro Cañamón, que en una fiesta bebió de un ponche lisérgico y se puso a correr y no se le volvió a ver el pelo. En fin, leyendas urbanas, accidentes que pasan, bromas pesadas.

Esto viene a cuento porque el otro día viví un episodio que bien se podría encuadrar en esa tradición de la manzana envenenada. Un amigo que siempre se está burlando de mi profesión de crítico gastrocannábico y que en más de una ocasión ha tratado sin éxito de ridiculizarme en público sosteniendo la absurda teoría de que no me gusta el colocón del cannabis cocinado, que escribo esto sin degustar los platos y solo por dinero… Pues bien, este amigo me invitó a su casa y me puso por delante unos riquísimos pinchitos de sepia y langostino acompañados de pimientos confitados. Antes de seguir con el relato quizás deba aclarar que mi amigo, en realidad, es el marido de mi amiga Sole, quien tuvo conmigo un romance de valentía antes de cometer el error de casarse con él. El caso es que no hay manera de ver a Sole sin que esté el tonto de su marido, cuyos celos, que yo sospechaba, se acabaron de confirmar durante la sobremesa de esta comida cannábica servida con las malas artes del secreto. Lo llamo amigo para no revelar su nombre, pero de no ser el marido de Sole no tendría con él ni media conversación.

Así que mi amigo puso en la mesa una bandeja de pinchitos marineros bañados de un caldo concentrado de pescado y con unos pimientos confitados de guarnición, y Sole y yo comimos sin saber que la receta estaba enriquecida con THC. Comimos, bastante, y luego nos sentamos en el sofá a comentar los resultados electorales. Las conversaciones de mi amigo son invariablemente de política institucional, de fútbol, de economía y de nuevos aparatos tecnológicos. Y no para de hablar, aunque, como era el caso, a sus interlocutores se la refanfinfle. Se le nota que es jefe de cincuenta asalariados que no tienen más remedio que escucharle. En medio de su molesta cháchara empecé a notar síntomas de embriaguez, pero no le di importancia, atribuyéndolo a la pesadez del momento. Hasta que Sole empezó a reír sin poder parar y a llamar idiota a su marido.

–Idiota, que eres idiota, subnormal, que me tienes harta. Este año va a Marbella tu puta madre –decía la Sole acompañando sus insultos de perdigones de saliva que impactaban en el azul claro de la camisa de su marido, que la miraba con suficiencia.

Sepia

Una escena de discusión matrimonial es siempre muy incómoda, así que aprovechando un breve lapso de silencio entre insulto e insulto dije que me iba. Y fue al levantarme del sofá que me encontré de golpe con el cebollazo y la consiguiente evidencia de que habíamos comido sin saberlo y sin quererlo un plato de comida cannábica.

–Oye, ¿estos pinchitos tenían algún ingrediente psicotrópico? –pregunté a mi anfitrión.

–Nada que no hayas probado ya. ¿Tú no defendías en el último número de Cáñamo que habría que darle a nuestros políticos un cáterin de comida drogada para que España cambiase? Pues ahí lo tienes, recién traído de La Alegría de la Huerta, tu restaurant preferido. Para que luego digas que no te quiero.

Me volví a sentar y evalué la situación. Por el control que demostraba mi amigo se notaba que no había probado bocado; yo habría ingerido una dosis alta y Sole estaba a punto de baba, claramente intoxicada. Lo mismo reía que lloraba, sin dejar de insultar a su marido:

–¡Qué mala suerte la mía!, eres igual que el marido del ramito de violetas. ¿Por qué me casé contigo?

Me fui a la cocina, hice un zumo con dos limones que encontré y se lo llevé a Sole para que se lo bebiera. Como ya sabréis, determinados alimentos, entre ellos el limón, sirven para contrarrestar los efectos del THC. No es que sea un antídoto infalible, pero algo ayuda.

–Bébetelo y vámonos a mi casa a descansar –le dije a Sole.

–Eso, eso, dejad ya de fingir. Que yo sí que estoy harto de que me engañéis a mis espaldas.

Salimos por la puerta, bajo las amenazas de aquel hombre retorcido, al que juré no volver a ver más. Al entrar en el ascensor Sole me dijo entre lágrimas y mientras me abrazaba: “Si yo soy tu sepia, tú eres mi langostino”. Luego le entró la risa tonta durante todo el trayecto en taxi. Y al llegar a mi casa se quedó dormida en el sofá. Al día siguiente, incomprensiblemente, volvió con su marido.

Los que luchamos contra la prohibición lo hacemos entre otras cosas para saber lo que nos metemos y poder elegir con conocimiento nuestras aventuras con las drogas. Para ser elegantes en el uso de las sustancias debemos saber lo que nos metemos, y el engaño hacia los demás nunca está justificado. Lamentablemente, la supuesta ligereza de la marihuana y el inocente aspecto de la comida cannábica se presta a que a algunos idiotas les dé por experimentar sin previo aviso sus efectos sobre los demás. Nada me hubiera gustado más que contarles hoy una batallita luminosa y veraniega –a cuenta de esta receta, por otro lado, exquisita–, pero la verdad impone a veces sus pesadillas. Tomen nota y, si les da por repetir este exquisito y estimulante plato, busquen un buen contexto y celebren el verano lejos de cualquier idiota. La vida en general, y los estados alterados de conciencia en particular, no conviene vivirlos en mala compañía.

Romance de sepia y langostino, por Pablo Cuenca

Ingredientes para cuatro personas

  • 1 kilo de langostinos
  • 1 kilo de sepia
  • Huesos de pescado
  • Agua
  • Sal
  • 4 gramos de marihuana

Preparación

Se pelan los langostinos y se corta la sepia en tiras. Ponemos a hervir durante hora y media en la olla exprés unos 800 mililitros de agua con las cabezas y los restos de los langostinos, con un puerro y unos huesos de pescado para hacer más contundente el caldo. Una vez hervido lo colamos y lo dejamos reposar. Luego lo volvemos a calentar, esta vez a fuego muy muy suave para infusionar la yerba, que le dará la sustancia activa a nuestro plato. Recuerda que no hierva y no te olvides de tenerlo tapado para que no se escape la preciada esencia. Tras diez minutos lo volvemos a colar, y ya tenemos el caldo mágico en el que sumergir las brochetas.

Entonces ensartamos con gracia el langostino y la sepia en el pinchito y lo ponemos a la plancha y añadimos sal gorda al gusto. Como guarnición podemos acompañarlo de unos pimientos confitados. Servimos, y a comer mojando la brocheta en el caldo. Y a disfrutar de lo lindo en buena compañía.

Sepia

La dosis correcta

Se estima que medio gramo por persona si no es usuaria de cannabis es una dosis su ciente para sentir los efectos. Si eres consumidor habitual la tolerancia hacia la sustancia activa hará que necesites el doble: un gramo. No olvides que durante la digestión el THC se convierte en una molécula más potente que propicia una experiencia retrasada y hasta tres veces más intensa que con una cantidad similar fumada. Si cuando fumamos o vaporizamos podemos apreciar los efectos a los 10 minutos y estos nos pueden durar hasta 4 horas, cuando comemos el efecto deseado tarda entre 30 y 90 minutos en mostrarse en todo su esplendor y puede llegar a mantenerse hasta 8 horas. Como es sabido, en ayunas el efecto es mayor.

Dado que no todas las hierbas son iguales y que todos somos diferentes, estos consejos sobre cantidades y efectos son orientativos. Es al comensal al que corresponde encontrar su medida. La prudencia siempre es buena consejera.

Nº 253 ya en los quioscos

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