Para empezar, hay una pregunta que me parece obligada: ¿Cómo supiste inicialmente de la existencia de estas tres mujeres singulares de las que no creo que se hable en la Universidad?
Portada de Divas, transgresoras e intoxicadas, de Sofía Barrón (El Develo ediciones, 2025). 208 páginas. PVP: 19 €.
Pues, efectivamente, no las conocí en las aulas universitarias. Mi acercamiento no fue académico, aunque sí estuvo muy vinculado al arte. En realidad, se cruzaron en mi camino a través de pinturas. A Luisa Casati llegué por el impacto que me produjo el lienzo de Ignacio Zuloaga. A Tórtola Valencia la descubrí en una exposición de carteles; había uno de Penagos dedicado a la bailarina, una auténtica maravilla de trazo déco. Y a Teresa Wilms Montt la conocí gracias a un retrato de Julio Romero de Torres, entonces muy poco conocido, que me llamó la atención porque era una de las escasas mujeres rubias de su extensa galería de morenas. Lo curioso es que la fuerza visual de esas piezas me llevó a interesarme por las modelos. Y, claro, cuando empiezas a leer sobre ellas, te das cuenta de que son absolutamente fascinantes. Por ejemplo, Luisa Casati, la marquesa italiana, musa del futurismo y de otras corrientes, que además impulsó la carrera de artistas entonces incipientes como Kees van Dongen o Alberto Martini. Su idea de “convertirse en una obra de arte” la llevó a anticipar conceptos como el body art: tenía clarísimo cómo quería construirse por fuera: el pelo teñido de rojo henna, la piel pálida, los ojos muy marcados con kohl, y esos ojos verdes cuya pupila dilataba con belladona. En cuanto a la ropa, recurría a los grandes diseñadores del momento, como Paul Poiret, Léon Bakst o Mariano Fortuny, y luego combinaba ella misma las prendas. Incluso llevó la performance a sus fiestas, en las que aparecía disfrazada con trajes de esos creadores, paseándose con sus guepardos o con los sirvientes pintados según la temática… cuando no hacía su entrada con su boa constrictor.
¿Y Tórtola Valencia y Teresa Wilms?
Tórtola Valencia era la gran bailarina de danzas hindús, persas y egipcias, renovadora absoluta de la danza, admirada por la intelectualidad de su tiempo, pero no tanto por la burguesía más conservadora, que veía en ella un peligro por su defensa de la libertad individual. Era muy afín a la noche madrileña y a determinados ambientes bohemios a los que acudía de la mano de Antonio de Hoyos y Álvaro Retana. Y luego está Teresa Wilms, de origen aristocrático, pero que no solo escribía, sino que se declaró anarquista, feminista y anticlerical. Su adulterio la llevó incluso a ser enclaustrada en un convento. A partir de ahí, su vida fue un desarraigo continuo.
Explícanos, por favor, el vínculo central de tu obra. ¿Qué fue lo que te hizo conectar específicamente a Luisa Casati, Carmen Tórtola Valencia y Teresa Wilms Montt? Es decir, ¿qué hilo invisible o temática clave las une bajo el concepto de “divas, transgresoras e intoxicadas”?
La idea ha sido mostrar a tres mujeres de una misma época, el cambio del siglo XIX al XX, pero cada una en una localización geográfica diferente e involucradas de diferente manera en el ámbito artístico, pero con una férrea determinación: desafiar los códigos morales de su tiempo con una voluntad de modernidad común.
Teresa Wilms Montt, conocida en España como Teresa de la Cruz, fue una escritora de origen aristocrático que se declaró anarquista, feminista y anticlerical. Su adulterio la llevó a ser enclaustrada en un convento. En 1920 la pintó Julio Romero de Torres.
Al tratarse de figuras de finales del siglo XIX y principios del XX, no estaría de más que nos contaras algo sobre el proceso de investigación. ¿Te resultó difícil o complicado rastrear información sobre su vida más íntima o controvertida? ¿Cuál fue la fuente más sorprendente o reveladora que encontraste sobre ellas?
"Tenían dinero, sí, y eso les dio margen para tomar decisiones. Pero fueron precisamente esas decisiones –la manera en que eligieron vivir– las que demostraron que eran mujeres capaces de romper moldes"
En cuanto a los datos biográficos, partí de tres obras clave: para Casati, la biografía de Ryersson y Yaccarino; para Tórtola, la de María Pilar Queralt; y para Teresa Wilms, la de Ruth González Vergara. Lo realmente complejo no fue tanto reunir la documentación básica, sino localizar todo lo que tuviera una conexión directa con el arte y, además, lograr que encajara de manera coherente. Eso no es tan sencillo como parece. Más que encontrar una fuente reveladora, lo que me hizo reflexionar fue la imagen que se tuvo de las tres en España. En el caso de Tórtola, está clarísimo: fueron los intelectuales quienes la impulsaron. En aquel momento había una relación muy estrecha entre pintores, escritores y divas del escenario, porque todos acudían a los mismos espectáculos. En ella vieron el ideal del exotismo, con esas danzas egipcias, griegas, hindúes… Los conquistó, y por eso aparece de forma constante en periódicos y revistas ilustradas.
Luisa Casati no fue tan conocida en España, ¿no?
No, pero me llamó especialmente la atención lo acertado de lo poco que se ha publicado en España sobre ella. Por ejemplo, el cronista de la vida de salón Monte-Cristo habla de ella directamente como artista: describe una de sus mascaradas y no duda en calificarla así. Es una visión sorprendentemente contemporánea, porque en realidad fue una auténtica maestra de la performance, aunque la consideración de esas puestas en escena como arte llegaría mucho más tarde. También me resultaron muy atinadas las palabras de José Zamora en Cosmópolis, cuando, al enumerar “las cosas bellas del París de antes de la guerra”, cita a la marquesa como uno de los hitos que definían aquel tiempo más esperanzado. Y luego, en el extremo opuesto, me sorprendieron –pero por lo desacertadas– las opiniones de Gómez de la Serna, Cansinos Assens, Lasso de la Vega y Joaquín Edwards Bello hacia Teresa Wilms. A pesar de ser todos ellos figuras vanguardistas, cuando la tuvieron delante –bella, poeta, participante activa en tertulias–, el elemento disruptivo femenino los convirtió en unos desagradables cotillas misóginos.
La marquesa italiana Luisa Casati, “una mujer que convierte su vida en espectáculo, rodeada de lujo, excentricidad y arte, muy en la línea del esteticismo decadente”. Pintada por Giovanni Boldoni en 1908 y fotografiada por Man Ray en 1922.
Romper moldes
Tórtola Valencia, la gran bailarina de danzas hindús, persas y egipcias, renovadora absoluta de la danza y admirada por la intelectualidad de su tiempo.
Tradicionalmente, las mujeres han sido relegadas a un papel secundario en la Historia. Me pregunto si estas tres auténticas divas pudieron romper moldes porque eran unas privilegiadas a nivel socioeconómico o, si me permites la expresión, porque tenían unos ovarios más gordos que mi cabeza…
Yo creo que fueron las dos cosas. En el caso de la marquesa, junto a su hermana heredó la mayor fortuna italiana y, como buena aristócrata, cumplió con lo que se esperaba de ella: se casó bien y tuvo una hija. Eso era lo que le correspondía por estatus. Pero cuando se convierte en amante de Gabriele D’Annunzio, da un giro absoluto: decide transformar por completo su imagen y vivir para convertirse en una obra de arte. Y, a partir de ahí, que la buscaran. En el caso de Tórtola Valencia, la situación es diferente. Tras la muerte de quien fuera su mentor, tuvo que buscarse la vida y se convirtió en bailarina profesional. Ganaba dinero, se construyó una vida. Y era, además, una auténtica artista del trampantojo: según lo que le convenía en cada ocasión, podía presentarse como hija de un grande de España o como hija de una gitana. Tenía una academia de baile para niñas desfavorecidas, pero al mismo tiempo quemaba la noche madrileña junto a Hoyos y Vinent y Álvaro Retana. Esas polaridades atravesaban todo lo que hacía. Teresa Wilms, por su parte, nace en una familia acaudalada en la que lo que le correspondía era tocar el piano y leer revistas de moda. Pero ella escribe. Y también se casa, tiene dos hijas y un amante. El marido lo descubre y ella acaba enclaustrada en un convento en Santiago. Huidobro, el poeta, la ayuda a escapar; se marcha a Buenos Aires y empieza a vivir de manera bohemia, trabajando en redacciones de periódicos. Luego se instala en Madrid y también en París, aunque cada vez de forma más desarraigada. Con esto quiero decir que tenían dinero, sí, y eso les dio margen para tomar decisiones. Pero fueron precisamente esas decisiones –la manera en que eligieron vivir– las que demostraron que eran mujeres capaces de romper moldes.
Te he preguntado por sus circunstancias personales, pero también resultan decisivas sus circunstancias digamos ambientales… En este sentido, ¿hasta qué punto son hijas de la denominada belle époque?
Tórtola Valencia es quizá la que más claramente encarna el espíritu de la belle époque: su danza libre, su estética exótica y su vida cosmopolita reflejan ese momento de entusiasmo artístico y de gusto por lo novedoso. Teresa Wilms Montt también pertenece a ese clima, aunque desde un lugar más complejo. Su bohemia, su necesidad de libertad y su escritura modernista la hacen hija del fin de siglo, pero su tono trágico anuncia ya el quiebre de ese mundo optimista. Y en el caso de Luisa Casati, diría que es casi un símbolo de la época: una mujer que convierte su vida en espectáculo, rodeada de lujo, excentricidad y arte, muy en la línea del esteticismo decadente. Al final, las tres comparten esa mezcla de cosmopolitismo, búsqueda de libertad y experimentación estética que define a la belle époque, aunque cada una lo encarna a su manera.
Supongo que conocerás el ensayo titulado Ídolos de perversidad. La imagen de la mujer en la cultura de fin de siglo, del crítico estadounidense Bram Dijkstra. ¿Es posible que la actitud de estas tres mujeres fuera un acto de resistencia o de rebeldía al ataque sin precedentes que se desencadenó alrededor de 1900 contra la mujer en virtualmente todos los aspectos de la cultura (literatura, ciencia y filosofía) o fue más bien una búsqueda genuina de identidad?
Sí, claro. Ídolos de perversidad es una lectura clave, casi fundacional, y también lo son Las hijas de Lilith de Erika Bornay o Máquinas de amar de Pilar Pedraza, entre otras. Lo cierto es que, con la llegada de la civilización industrial, la sociedad europea vivió una transformación muy profunda. Ese cambio abrió la puerta a que las mujeres empezaran a incorporarse a la vida pública, alejándose por primera vez del ámbito privado al que habían estado relegadas durante siglos. Y ese paso fue decisivo, porque marcó el inicio de las primeras defensas feministas. A partir de la segunda mitad del siglo XIX, cuando las mujeres comenzaron a reclamar igualdad de derechos sociales y laborales, vemos surgir una misoginia cada vez más acentuada. Aquellas reivindicaciones provocaron una reacción muy fuerte en prácticamente todos los ámbitos del conocimiento, que insistían en reafirmar la idea de que la mujer era, por naturaleza, un sexo inferior. Pero yo no creo que la reacción de estas mujeres fuera únicamente a esa condición impuesta; creo que tiene más que ver con la elaboración de una búsqueda de identidad, aunque no fueran del todo conscientes de ello. Lo que sí veo es un gesto muy claro: un “yo aquí no me quedo” o “yo no voy a ser como tú”. Y, a partir de ahí, fueron construyéndose una vida propia, una vida que las ha traído hasta hoy.
Libertad sexual
Tórtola Valencia dibujada por Rafael de Penagos.
Estas tres mujeres exhibieron su libertad sexual sin tapujos. ¿Cómo se manifestó esta libertad en cada una de ellas y qué riesgo social o personal implicó en su contexto?
“La verdadera revolución femenina se da en lo cotidiano: en decisiones simples pero decididas que desafían los roles y expectativas tradicionales que la sociedad ha impuesto sobre la mujer”
Sí, sí, sin ningún tapujo. La marquesa Casati coleccionaba retratos suyos, obras de arte y también amantes; empezó con Gabriele d’Annunzio y continuó sin parar. Y, por supuesto, si miras quién iba a sus fiestas, aparecen nombres como Helleu, Boldini, Isadora Duncan, Jean Cocteau… artistas, escritores. La clase social a la que pertenecía terminó apartándola por completo. Los escándalos de cama, las fiestas interminables… todo eso no estaba bien visto. En el caso de Teresa Wilms, sus aventuras amorosas marcaron profundamente su existencia. Como ya hemos comentado, el descubrimiento de su adulterio por parte de su marido provoca que sea enclaustrada en un convento, algo que determinó su vida para siempre. Después tuvo un amante al que ella llama Anuarí: un estudiante de Derecho, más joven que ella, que llegó a pedirle matrimonio. Ella, con una vida complicada y dos hijas, lo rechazó. Él terminó suicidándose, y ese hecho dio lugar a dos tomos de poemas dedicados a su figura. Y en el caso de Tórtola Valencia, sí, tuvo amantes, aunque no tantos como los que ella misma contaba. Pero lo verdaderamente significativo es que, para poder compartir su vida con su pareja, Ángeles Magret-Vilá, tuvo que adoptarla como hija. Era la única manera de poder vivir juntas.
¿Dirías que los hombres de su época las idealizaron, las estigmatizaron o las utilizaron como musas o símbolos de una decadencia fascinante?
Sofía Barrón, autora de Divas, transgresoras e intoxicadas.
A cada una de las tres le ocurrió algo distinto. En el caso de la marquesa Casati, creo que la colocaron como musa. Hoy la vemos desde una decadencia fascinante, pero en aquel entonces no existía esa idea. La consideraron musa por su manera de estar en el mundo: por su dinero, las fiestas histriónicas que organizaba, sus galgos, loros y palacios, por sus iniciativas artísticas… Era un lujo al servicio de la frivolidad y, al mismo tiempo, de la cultura. Con Tórtola, pienso que la idealizaron. Les interesaba su figura, y la renovación de la danza que ella propuso se convirtió en un motivo para sus lienzos, novelas y poemas. En el caso de Teresa Wilms, la tendencia fue distinta: no la idealizaron, sino que la estigmatizaron. Su marido y sus supuestos compañeros contertulios fueron muy duros. Los comentarios de sus “amigos” en España no pudieron ser más misóginos, y cuando la alababan, no era por su escritura, sino por su belleza.
¿Qué lecciones o reflexiones nos ofrecen estas “divas” sobre la lucha por la independencia y la identidad femenina que sigan siendo relevantes en la sociedad del siglo XXI?
Casati, Tórtola y Wilms nos dejan enseñanzas que siguen siendo muy actuales sobre la autonomía y la identidad femenina. Hoy, esas lecciones se reflejan en las mujeres de a pie, en aquellas que día tras día luchan por hacerse un lugar propio, por organizar su vida según sus términos y construir sus proyectos sin depender de la aprobación social. Lo que nos muestran es que la verdadera revolución femenina se da en lo cotidiano: en decisiones simples pero decididas que desafían los roles y expectativas tradicionales que la sociedad ha impuesto sobre la mujer.
Si tuvieras que elegir la mayor ruptura o legado duradero que cada una de estas tres mujeres dejó en la historia de la emancipación femenina, ¿cuál sería en cada caso?
Creo que cada una dejó una huella muy distinta. Tórtola Valencia, por ejemplo, mostró que una mujer podía moverse y crear con libertad. Teresa Wilms Montt ha legado la convicción de que la voz de una mujer merecía ser escrita y escuchada. Y Luisa Casati llevó la libertad a otro nivel, el de la identidad. Su gran ruptura fue demostrarse a sí misma, y al mundo, que una mujer podía reinventarse, vivir como quisiera y convertir su propia imagen en un acto de independencia.
Drogas vivificantes
Tórtola Valencia fotografiada en distintos momentos de su intensa vida.
Por cierto, Sofía, nos estamos acercando al final de la entrevista y no hemos hablado de su afición a las drogas. Desvélanos, por favor, alguna indiscreción acerca de la dieta farmacológica de estas tres señoras intoxicadas.
“Lo que sí veo es un gesto muy claro: un “yo aquí no me quedo” o “yo no voy a ser como tú”. Y, a partir de ahí, fueron construyéndose una vida propia, una vida que las ha traído hasta hoy”
La dieta farmacológica era extensa y variada. En el caso de la marquesa Casati, cuyos fastuosos disfraces y mascaradas se prolongaban hasta el infinito, los estimulantes formaban parte esencial de sus rituales festivos; en aquellos años, además, estaba de moda la cocaína disuelta en champán. Si para las celebraciones recurría a drogas vivificantes, durante sus veraneos en Capri la sustancia predilecta fue el opio, consumido en el fumadero privado del escritor, dandi y homosexual Jacques d’Adelswärd-Fersen. También debe recordarse que la marquesa, como gran parte de la aristocracia y burguesía de su época, era asidua a ritos ocultistas, encuentros siempre acompañados de potentes “dilucidadores”. Tórtola Valencia, apasionada de la vida nocturna, conocía a fondo todos los garitos madrileños y barceloneses. Sus intensas rutas noctámbulas desembocaron en una adicción a la morfina, con todas las consecuencias que ello implicaba. Y Teresa Wilms utilizó todo tipo de tóxicos –cocaína, morfina, éter, hachís, absenta…– en un intento por aferrarse a su particular “paraíso artificial”. De hecho, murió tras ingerir una gran dosis de Veronal, el primer barbitúrico comercializado.
¿Se sabe si su primera aproximación a estas sustancias psicoactivas fue con fines terapéuticos convencionales o ya fue descaradamente con intereses lúdico-recreativos?
No se tiene constancia de que ninguna de las tres comenzara a consumir bajo prescripción médica por una dolencia concreta. En realidad, cada una llegó a las sustancias por motivos ligados a su entorno y a sus propias personalidades. En el caso de la marquesa, su consumo funcionaba casi como un complemento a una personalidad narcisista y excesiva. Siempre pendiente de las últimas tendencias, consumía sustancias que, entonces, entre las clases altas estaban muy ligadas al refinamiento. Casati, profundamente afectada e histriónica, encajaba perfectamente en ese perfil de usuaria asidua. Tórtola, por su parte, tampoco se quedaba atrás. Era habitual verla noctambular por Madrid, como ya he indicado, junto a Antonio de Hoyos y Vinent y Álvaro Retana. Para el grupo, la existencia se entendía desde el hedonismo: el consumo de drogas, la sexualidad disidente y la libertad individual eran una forma de vida. Y Teresa Wilms, o como se la conocía en España, Teresa de la Cruz, por la cruz que lucía siempre. Ella comenzó su acercamiento al mundo de los estimulantes y narcóticos casi desde el primer momento en que pisó una tertulia en Iquique, en 1912. Lo dejó escrito en su diario. Fue ahí donde entró en contacto con el pensamiento anarcosindicalista y se sumergió de lleno en el feminismo.
Sofía Barrón y Juan Carlos Usó durante la presentación el pasado noviembre de Divas, transgresoras e intoxicadas en la librería La Rossa de Valencia.
Pero estamos hablando de un momento en que las drogas consideradas eufóricas no se distinguían del resto de medicamentos y se vendían en farmacias.
Efectivamente, en el tránsito del siglo XIX al XX –y concretamente hasta la segunda década del siglo XX en España, y hasta la tercera en Italia y el sur de América– los estimulantes y los narcóticos-analgésicos se dispensaban en las farmacias sin ningún tipo de restricción. Su consumo dependía exclusivamente de la voluntad de cada individuo y no se consideraba asunto de intervención estatal. Cuando comenzaron las restricciones y, posteriormente, la prohibición, ellas ya eran usuarias habituales de estas sustancias y continuaron.
Para terminar, ¿cuál crees que sería su pervivencia en el imaginario del siglo XXI?
Pues Luisa Casati sigue dando que hablar en el mundo de la moda. Se le han dedicado colecciones inspiradas muchas veces en los retratos de Kees van Dongen, Boldini o Augustus John, y diseñadores como Norman Norell, John Galliano o Karl Lagerfeld han tomado su figura como referencia. Incluso Lady Gaga, en la primera década de este siglo, lució vestuario inspirado en sus célebres disfraces. Además, se ha convertido en personaje cinematográfico –como en Nina, la película de Minelli de 1976– y ha protagonizado novelas, como Luisa y los espejos de Marta Robles. También existe una ópera inspirada en su vida y su época, Ritratto, estrenada en 2020. Algo parecido ocurre con Tórtola Valencia. Ha vuelto a recorrer el Madrid más nocturno en Divino, de Luis Antonio de Villena. Sus bailes se han recuperado en coreografías actuales, y el exotismo de sus danzas tuvo incluso un espacio en la zarzuela ¡Cómo está Madriz! Teresa Wilms también cuenta con su biopic en la pantalla grande: un filme dirigido por Tatiana Gaviola en 2009. Y, al igual que las otras, su figura ha sido recogida en novela gráfica. Y, por supuesto, esto es solo una pequeña muestra; en el libro se recogen muchos más ejemplos. Porque, en realidad, si las conoces, no puedes evitar citarlas.