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Sexo, drogas y Foucault

Hombre fumando un porro

A periodistas de Time Magazine les pareció un “signo de frivolidad” que Michel Foucault tuviera una planta de marihuana en su casa. ¿Sería tan solo eso para un filósofo que buscaba la “ruptura de todas las prohibiciones y de todas las cadenas”?

¿Quién es Foucault?, ¿cuál es su relación con el cannabis?, ¿y con el resto de drogas?, ¿qué podemos aprender de él? Vayamos por partes. Michel Foucault es un filósofo francés nacido en el año... No, qué va: al grano. Foucault tenía una planta de maría. Va gente de la revista Time a su casa para entrevistarle cuando ya era famoso (todo lo famoso que puede ser un filósofo) y encuentra una sorpresa cannábica al lado de las petunias. Según el reportero: “El único signo de frivolidad” en una casa repleta de libros. ¿Es la marihuana superficial, de poca importancia?, ¿lo son las drogas? Estamos en 1981.

 

El hachís de Chomsky

Ilustració de Foucault sentado fumando

Un salto hacia atrás. Foucault ya era lo suficientemente conocido en 1971 como para que le invitasen a debates internacionales. Tuvo uno con un personaje tan popular, incluso a día de hoy, como Chomsky, lingüista y activista político estadounidense. Mucha enjundia hubo en ese cara a cara que se puede ver en línea y del que hay bastantes cortes subtitulados al castellano (aunque hay que ir con ojo, a veces la cosa se pone densa).

El debate dejó una anécdota cachonda a pesar del ambiente serio de la típica charla intelectual de gente muy formada: a Foucault le pagaron en hachís. Igual le parecía demasiado visto lo de cobrar en dinero, que supongo sería la manera de Chomsky y el resto. ¿Otra frivolidad? No tanta como llamar a esa partida de chocolate, por parte de algunos amigos y el propio Foucault: “el hachís de Chomsky”.

Parece que el bueno del estadounidense no sabía nada de que pagaban así, pero sí había notado que Foucault era un poco rarillo. Le olía además que parte de esa rareza venía de que no era una persona de moral muy estricta. Algo de eso se nota en las reacciones de Chomsky en el debate, sobre todo cuando Foucault le da a entender que conceptos como “condición humana” o “justicia” son un poco de abuelo cebolleta y no valen ya para pensar la sociedad presente ni la futura. Por cosas de este tipo, Chomsky llegó a decir que nunca había conocido a nadie tan amoral como Foucault: “Generalmente, cuando se habla con alguien, uno da por sentado que se comparte algún territorio moral. […] Generalmente, uno encuentra alguna justificación personal en términos de criterios morales compartidos; en ese caso es posible discutir, continuar los argumentos, hallar qué hay de correcto y qué de erróneo en las posiciones. Con él me sentí, sin embargo, como si estuviera hablando con alguien que no habitara el mismo universo moral. […] Personalmente, me resultó simpático. Pero no pude entenderlo. Como si fuera de otra especie; algo así”.

 

Foucault y sus viajes: California, orgías y LSD

Chomsky: “Personalmente me resultó simpático. Pero no pude entenderlo. Como si fuera de otra especie; algo así”

Y eso que Chomsky no sabía ni la mitad de la misa. No podía, como tampoco Foucault en 1971. Otro salto entonces, ahora hacia adelante: 1975. En este año Foucault viaja a California y, por decirlo así, también en California. Pero no para ir a la otra mitad de la misa ni para recordar la poca que supiese. De hecho, se podría decir que los únicos lugares sagrados que pisó fueron los locales gais de sexo liberal de San Francisco y el célebre Zabriskie Point del Valle de la Muerte, en el desierto de Mojave.

No se puede reducir, de todas formas, la identidad de Foucault a ser homosexual aunque tuviese sexo con hombres: le gustaban muchas cosas. Digamos que, en general, le iba la marcha. No entraré en el polémico tema de su orientación sexual más que para rescatar que probablemente dificultó su juventud tanto como para tener algún papel en sus repetidos intentos de suicidio. Por suerte para él, nada de esto quedaba en su vida californiana. Estaba encantado por la gran libertad sexual, que valoró y probó con frecuencia. Y no sería esta libertad la única que probaría y valoraría. De la mano de colegas académicos (esta es la universidad que queremos) experimentó por primera vez con LSD, que pasaría a ser su droga favorita. Los efectos serían contundentes y, para muchos, apreciables en su vida y obra. Un ejemplo: llevaba quince años planeando una historia de la sexualidad que reelaboraría por completo a su vuelta a Francia. Seguramente no a causa únicamente del LSD, pero sí por el conjunto de experiencias vividas en el viaje. Aun así, no son menores algunas de las cosas que dijo en esa ocasión bajo los efectos del ácido. Proclamó estar “muy feliz” mientras corrían lágrimas por sus mejillas: “Esta noche he conseguido una nueva perspectiva sobre mí mismo”, a lo que añadió: “Ahora comprendo mi sexualidad”.

 

Más allá de las drogas

Portada de This is not a pipe de Muchel Foucault

Aunque Foucault llegó a plantearse un “estudio sobre la cultura de las drogas o las drogas como cultura, desde los comienzos del siglo xix”, no lo llevó a cabo. Si somos un poco más flexibles con el término estudio (poner atención y cuidado para conocer algo), podríamos decir que lo hizo, pero en su propio cuerpo. De ahí que comunicase a distintas personas que las drogas no eran peligrosas si estaban integradas en una cultura, que “debía enseñarse a los jóvenes a usarlas en lugar de dejarles experimentarlas al azar”, o que el LSD no lo alejaba de la realidad, sino que lo acercaba más a ella.

Por curiosos que sean estos episodios personales y “estudios” (que recoge James Miller en la biografía La pasión de Michel Foucault), la chicha del trabajo del francés está en sus escritos filosóficos. Gracias a ellos contamos con nuevas herramientas para pensar problemas actuales dentro del ámbito de las sustancias psicoactivas, pero también fuera. Estos escritos, en realidad, poco tienen que ver con las drogas, pero aun así se mueven a su alrededor. Es el caso de su Historia de la sexualidad, donde aborda muchos de los argumentos morales que es fácil encontrar en condenas hacia el uso de psicoactivos. Algo parecido sucede en Historia de la locura en la época clásica, que trata una gran oposición que opera en nuestra sociedad y salpica el estatus de las drogas: la de razón y locura. En esas obras, además de en conferencias o entrevistas, también trata los procedimientos de exclusión y marginalización. Estos procedimientos muchas veces hacen hincapié en el concepto general de “lo prohibido” y se conectan en el terreno legal y penal con el de encarcelamiento.

Argumentos morales, oposición de razón y locura, retórica de las prohibiciones, exclusión, marginalización y encarcelamiento se han encontrado (y se encuentran) presentes en nuestra sociedad sin estar concentrados únicamente en los problemas con psicoactivos. No obstante, deberían ser de interés para cualquier drogófilo. El puente entre estas ideas y las que dicen que determinados individuos son intrínsecamente irresponsables, peligrosos o enfermos es muy pequeño. Todos estos aspectos son trabajados por Foucault de forma minuciosa y extensa. Y, por mucho que a algunos nos suenen alejados o abstractos, resultan en el fondo tan cercanos como para actuar en nuestra realidad política y judicial cotidiana. Un ejemplo relativamente reciente: la base teórica de la doctrina del “peligro abstracto”, por la cual fue condenado Martín Barriuso hace un año, se remonta doscientos años atrás al concepto de “peligrosidad”. Basándose en ella no se le castiga por un delito cometido sino porque podría llegar a cometerlo. Foucault pone de relieve las raíces de esta doctrina en 1973: “Toda la penalidad del siglo xix pasa a ser un control, no tanto sobre si lo que hacen los individuos está de acuerdo o no con la ley, sino más bien al nivel de lo que pueden hacer, son capaces de hacer, están dispuestos a hacer o están a punto de hacer. Así, la gran noción de la criminología y la penalidad de finales del siglo xix fue el escandaloso concepto, en términos de teoría penal, de peligrosidad”.

 

Biopolítica

Portada de "Discipline and punish" de Michel Foucault

Reinterpretar cárceles, colegios, hospitales, psiquiátricos, el sistema judicial y otras instituciones es uno de los méritos de Foucault. Muchas de ellas no son únicamente positivas o inocuas sino que transmiten, queriéndolo o no, creencias y actitudes morales. ¿Cómo lo hacen? Foucault dirá: especialmente a través de la gestión del cuerpo, motivo por el que acuñará expresiones como microfísica del poder o biopolítica.

Pensemos en cómo afectan a las personas los ritmos y acciones repetitivas. En el ejército, sin ir más lejos, se aprende por disciplina y ejercicios corporales. Con el ritmo del tambor y las señales de los superiores se instruye la duración de los pasos, el gesto erguido de la cabeza o el trato con el fusil. Cualquier desfile militar muestra este adiestramiento, que podemos observar, además, en la primera parte de La chaqueta metálica, de Stanley Kubrick. También con un redoble de tambor, en determinadas cárceles, debían levantarse los presos y vestirse en silencio, otro redoble y tenían que ponerse en pie y hacer su cama, otro redoble y se colocaban en fila para ir a la capilla. No es distinto en las fábricas, como indica otro gran ejemplo del cine: Tiempos modernos, de Charles Chaplin. En la cadena de montaje el cuerpo está sometido a una secuencia de repeticiones cronometradas, atornillando una y otra vez, limitado en los descansos, sin apenas tiempo para comer, sin oportunidad de la relajación física de la risa. Más de lo mismo, y muy gravemente, en la escuela. Durante años enseñando a niños a levantarse o sentarse en función del timbre, a ponerse de rodillas o con los brazos cruzados a la señal del profesor, organizando el paso en filas rectas, sentándose durante horas en pupitres, hablando solo cuando está permitido, recitando al unísono respuestas en alto. Inevitable referencia musical, pero también visual, es Pink Floyd y su Another brick in the wall. ¿Pies de niños caminando rítmicamente cuando se alternan imágenes de la escuela y la fábrica? Puro Foucault, pura microfísica del poder, pura biopolítica.

 

Esas plantas frívolas

“Lo que experimentamos con las drogas afecta a nuestro cuerpo y da forma a pensamientos y sentimientos”

¿Qué relación tenemos con nuestros cuerpos?, ¿cuánto influye lo que hacemos con ellos? No: aquella planta no era un “signo de frivolidad”. En su viaje a California, Foucault no se dedica simplemente a fumar porros, cegarse de ácido o follar como un descosido. Lo que experimentamos con las drogas afecta a nuestro cuerpo y da forma a pensamientos y sentimientos.

Valdría la pena empezar a pensar de otra manera en ellas y hacerlo, por decirlo así, más a lo grande. En ese caso preguntas del tipo: “¿cómo cambiar las políticas sobre drogas?” se transformarían en: “¿cómo cambiar las políticas con drogas?”. Si pensamos solamente lo primero lo hacemos a la baja, todavía en función de la prohibición. Habría que percibir que las políticas sobre drogas están en contacto con otras dimensiones de nuestras vidas, que nos dicen algo de las sociedades en las que vivimos.

Foucault habría enseñado algo importante en este punto: esta es una de las cosas que podemos aprender de él. No estudiar cárceles, hospitales, psiquiátricos o escuelas juzgando de antemano a presos, enfermos, locos o niños, sino intentar entender lo que estos lugares expresan. Por los presos aprender lo libre, por los enfermos lo sano, por los locos lo cuerdo, por los niños lo adulto. Hay experiencias límite en las sociedades que definen sus bordes, que expresan sus miedos, que dicen de ellas lo que no quieren escuchar: ¿qué dicen las drogas? Foucault quizás respondería: que tenemos más poder del que creemos, que no debemos aceptar las “verdades” que se nos cuentan sin más, que no hay evidencia que no pueda ser destruida. Que tenemos que hacerlo lo mejor que podamos y con muchísimo cuidado, pero que debemos experimentar con nosotros mismos. Que si queremos cambios en la sociedad tenemos que quererlos, también, en nuestros cuerpos.

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