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Gallero

En una ocasión un discípulo del maestro zen Seung Sahn decidió practicar artes marciales y visitó toda suerte de maestros de estas disciplinas. No sabía por quién decidirse. Tras visitar infinidad de dojos y pisar múltiples tatamis, ninguno le convencía plenamente.

Finalmente decidió pedir consejo al maestro zen Seung Sahn. Este se ofreció a acompañarle a ver a un maestro de artes marciales del que a su alumno le habían hablado maravillas. Visitaron su dojo, en el que sus discípulos practicaban con gran tesón y disciplina. Tras asistir a una acrobática exhibición de sus alumnos, guiados por la potente, autoritaria y chillona voz de su maestro, le acompañaron a su despacho. Las paredes estaban llenas de espadas y una gran diversidad de armas. Les invitó a sentarse y les habló con autoridad, en plan samurái, sobre sus virtudes como artista marcial. El discípulo del maestro zen Seung Sahn le dijo: “Veo que tiene usted muchas armas, ¿las sabe utilizar todas?”. “Yo, contestó el artista marcial tomando un lápiz que tenía sobre la mesa, puedo matar hasta con esto”.

El aspirante se despidió de él diciéndole que ya le confirmaría su asistencia a las clases. Tras caminar largo rato en silencio, el discípulo preguntó a Seung Sahn qué opinión tenía del maestro que habían acabado de visitar. Este, tras otro largo silencio, le contestó: “No te conviene, no es un gran maestro. Los lápices son para escribir”.

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