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El Maestro de un templo zen, un día de otoño, dijo a un discípulo que debía limpiar de hojas los caminos que conducían al templo, pues se esperaban huéspedes importantes. Este puso manos a la obra y se pasó todo el día dedicado a la tarea. Cuando finalizó llamó orgulloso al Maestro y le enseñó los impolutos caminos en los que no había hoja alguna. El Maestro le dijo: “Está muy bien, pero así estará mejor”. Y, dicho esto, empezó a agitar el tronco de algunos árboles haciendo que cayeran algunas hojas al azar en el camino.

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