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Grof 'versus' Grof

Grof
Ilustración de Raquelíssima
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El psiquiatra Stanislav Grof en su juventud dudó si dedicarse a los dibujos animados, para lo que tenía traza, o a la psiquiatría. Finalmente optó por esta última.

En los años cincuenta llegó al hospital en que Grof trabajaba, en la entonces Checoslovaquia, un extraño paquete proveniente de los laboratorios Sandoz que contenía una sustancia que indicaban podía ser útil en el campo de la psiquiatría. Se trataba de la LSD-25: el mágico descubrimiento de Albert Hofmann.

Stanislav Grof se presentó como voluntario a las pruebas con esta nueva y enigmática sustancia. Tras ingerir una dosis elevada fue sometido a una serie de test “científicos”, y uno de ellos consistía en que, mientras estaba estirado en una camilla, pusieron sobre su rostro una luz estroboscópica. Grof recuerda: “De repente abandoné la camilla, luego el laboratorio, posteriormente Praga, más tarde Checoslovaquia, y finalmente me fundí con el cosmos”.

Desde aquel momento Stanislav Grof tuvo claro que se dedicaría a estudiar esta fascinante sustancia. Lo hizo muchos años en su tierra natal, en la que tuvo más experiencias con la LSD, algunas de ellas en su propia casa. Finalmente, sintiéndose algo encorsetado por el régimen comunista que imperaba en esa época en Checoslovaquia, aprovechó la asistencia a un congreso sobre psiquedélicos en Estados Unidos para exilarse a dicho país.

En Estado Unidos siguió investigando con la LSD en Maryland, en un hospital dedicado totalmente a este tipo de experimentación. En una ocasión, aprovechando la oportunidad que tenían en esa época los investigadores de utilizar la sustancia para comprender mejor el mundo de sus pacientes, Stan Grof, en su despacho de Maryland, se instaló en el sofá e ingirió una potente dosis del enteógeno. En cierto momento se le ocurrió la idea de viajar a través del espacio y el tiempo. Cuando pensó en ello le aparecieron una serie de cables y tubos por los que viajó a gran velocidad. De repente se encontró en su casa de Checoslovaquia. Recorrió perplejo su antiguo hogar y hasta se acercó a una habitación en la que dormían sus padres. Dio vueltas por el comedor y en un momento dado decidió coger un pequeño cuadro como prueba de que esta sorprendente situación era real. Pero cuando estuvo a punto de descolgarlo tuvo una sensación ominosa de terror, como si fuera a saltarse una ley cósmica universal que podía tener gravísimas consecuencias. Finalmente, decidió no hacerlo. Se acercó al sofá de su casa y se estiró. Era el mismo sofá en el que, en algunas ocasiones, había experimentado con la LSD en su patria de origen.

De repente tuvo un pensamiento que le dejó helado. ¿Y si nunca había salido de Checoslovaquia y el creer que ahora vivía en Estados Unidos era una ilusión que le había producido la ingesta de LSD en su casa natal? Se debatió durante horas, angustiado, con esta cuestión hondamente metafísica, y digna de una novela de Philip K. Dick, hasta que poco a poco los efectos de la LSD fueron menguando y descubrió que estaba estirado en el sofá de su despacho del Centro de Investigaciones de Maryland.

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