Pájaros de verano
Pájaros de verano

Cuando Colombia descubrió el narcotráfico

Este artículo se publicó originalmente en el número 255 de la revista Cáñamo España

Ciro Guerra y Cristina Gallego relatan en su nuevo film, Pájaros de verano, cómo la bonanza marimbera sacudió en los años setenta los cimientos de las comunidades indígenas y estableció las bases de la narcoeconomía colombiana. Hablamos con ellos sobre su película y sobre lo que fue y sigue siendo Colombia.

Antes de la cocaína de Pablo Escobar, fue la Santa Marta Gold de la bonanza marimbera, esa década, de mediados de los setenta a entrados los ochenta, en la que el cultivo y la exportación de marihuana llegaron a niveles paroxísticos en Colombia, con epicentro en La Guajira y la Sierra Nevada de Santa Marta, la región que dio nombre a esa preciada variedad de cannabis sativa de la que se estima que en 1974 se cosecharon 74.000 toneladas en suelo colombiano.

Curiosamente, ese episodio crucial de la historia de Colombia no ha sido abordado en demasiadas ocasiones por el cine o la literatura. Ahora, los cineastas colombianos Ciro Guerra y Cristina Gallego, tratan de corregir esa carencia con Pájaros de verano, deslumbrante fresco recién estrenado en los cines españoles que aborda esos orígenes del narcotráfico a gran escala en Colombia y que, a través de la historia de una familia perteneciente a los Wayúu, la comunidad indígena más grande del país, retrata cómo esa nueva narcoeconomía impactó en esas culturas rurales en las que la tradición, los ritos tribales y la economía de subsistencia pasaron a ser contaminados, si no sustituidos, por la opulencia, el exceso y los códigos del crimen organizado.

Cristina Gallego
Cristina Gallego, codirectora junto a Ciro Guerra de Pájaros de verano, durante el rodaje de la película.

El Padrino en La Guajira

El proyecto de Pájaros de verano, que cosechó parabienes en su paso por el último festival de Cannes, donde inauguró la Quincena de Realizadores, viene de lejos. “Después de recorrer la región norte de Colombia en el 2007 y 2008, mientras hacíamos nuestra película Los viajes del viento, escuchamos muchas historias sobre la bonanza marimbera, y conocimos los códigos de comportamiento de los juagiros, los wayuus, culturas en las que se comercia con todo: con la ofensa, la vida, el honor, las lágrimas y las mujeres, al mejor estilo de la famiglia italiana. Me sorprendió que esta historia no hubiera sido contada todavía”, explica Cristina Gallego, que es de quien partió la idea original, y que debuta como codirectora con este film tras haber producido las tres anteriores películas dirigidas por Guerra. 

“El capitalismo llegó, arrasó y lo transformó todo en esa región, enfrentándose a una cultura tan fuerte y tan tradicional, tan bella y tan compleja como la Wayúu”, dice Ciro Guerra

Desde el primer momento, Gallego se planteó hacer “una especie de El Padrino en La Guajira”, de ahí que, por su magnitud, el proyecto haya tardado una década en cristalizar. “La bonanza marimbera es una metáfora de lo que pasa con nuestro país, que ha entrado en la historia con todos esos cultivos ilícitos, provocando que seamos marcados con motes de narcotraficantes. Quería investigar qué pasaba detrás de eso, cómo podía afectar a una familia, y eso es lo que vemos en Pájaros de verano: la tragedia de una familia que metafóricamente es como una nación”.  Guerra abunda en esa idea: “Era una historia que se volvió un microcosmos de algo más grande, de lo que ha vivido el país. Las historias de esta época en La Guajira sonaban mucho a tragedia griega, a wéstern, a cine negro, a algunos de los cuentos de García Márquez”. Y algo de todo eso hay en las imágenes de Pájaros de verano, en las que una mirada casi etnográfica se combina con códigos y tropos propios del wéstern o el thriller y a la vez con un tono y unas texturas que mucho tiene también de mito clásico y de realismo mágico.

Capitalismo salvaje

La película de Guerra y Gallego se cierra con un canto tradicional que resume la historia y habla de “una hierba salvaje que venía salvadora y como langostas arrasó”. Interpretada como una referencia a la marihuana, se podría entender que la letra cae en el viejo discurso que sataniza la sustancia en lugar del mal uso que algunos le puedan dar, o de las prácticas mafiosas aplicadas a su comercialización. Pero puede interpretarse igualmente que esa hierba a la que se refiere la canción es el capitalismo en su vertiente más salvaje. Un capitalismo desbocado epitomizado en el tráfico de marihuana precisamente porque al llevarse a cabo fuera de la ley se desarrolla precisamente sin ningún límite, sin ningún control, y que tiene un impacto devastador en una comunidad tradicional: “Lo interesante de esta historia es cómo fue ese momento en que el capitalismo llegó, arrasó y lo transformó todo en esa región, enfrentándose a una cultura tan fuerte y tan tradicional, tan bella y tan compleja como la Wayúu”, dice Guerra.

Los cineastas insisten en la necesidad de abordar el pasado de Colombia, también el que hace referencia al narcotráfico, con una mirada propia. “Siento que a los colombianos nos ha sido robada nuestra historia, nuestro pasado. En otros países y en otras culturas con una infraestructura más desarrollada, hacen películas de época para narrar su pasado. En cambio, en Colombia, siempre nos estamos preguntando qué fue lo que pasó, no recordamos ni siquiera lo ocurrido hace un par de días”, argumenta Guerra, que dice que le llamó la atención que con sus films anteriores la gente le felicitara por no tocar el tema del narcotráfico y la violencia que ha sufrido el país. “Eso me ha sorprendido siempre, porque me parece que nosotros tenemos derecho a contar esas historias porque son parte de lo que hemos vivido, son historias fascinantes y no podemos volverlas tabú”, añade.

Ese acercamiento tan personal se traduce en una película de gángsters que no se parece a ninguna otra. Para empezar, porque, a diferencia de lo que es habitual en este tipo de historias, esta no es un narcothriller urbano, sino rural, y casi telúrico, y por el tratamiento de la violencia, que la mayoría de veces se da en fuera de campo, evitando la espectacularización de la misma. Y, para acabar, por el peso de los personajes femeninos. Pájaros de verano refleja una sociedad matriarcal y en la que además son los hombres los que acaban tomando las malas decisiones. “A medida que el proyecto iba avanzando, vimos que ese Padrino debía ser realmente más una Madrina”, explica Gallego. “La sociedad Wayúu tiene una cosa bellísima y a la vez contradictoria. Es una sociedad de mujeres fuertes a nivel político, económico y organizativo, pero a la vez profundamente machista, en la que la mujer pareciera tener voz, pero no voto”.

 Pájaros de verano
Momento de la película que muestra las avionetas cargando la marimba en La Guajira colombiana con destino a EE UU.

De alcohol y otras drogas

Pese a que la película habla de cómo el comercio de la marihuana arrasa con todo un sistema de valores y relaciones personales y tribales, también muestra que la droga cuyo consumo causa un efecto más dañino en la misma comunidad Wayúu es el alcohol, que es  al que se entregan, por ejemplo, algunos de los personajes cuyo comportamiento precipita la violencia. Gallego asiente. “Sí, es interesante ver que la comunidad Wayúu e inclusive la gente de La Guajira en general nunca tuvieron mayor interés en el consumo de marihuana, para ellos era solamente un producto más para contrabandear, como lo fueron en su momento el café o el algodón.  Fumar marihuana era mal visto y reprendido socialmente, y solo algunos jóvenes, generalmente más cercanos a la cultura popular internacional de la época, la consumían ocasionalmente.  Contrario a esto, el consumo de alcohol ha sido siempre celebrado socialmente en la región, y aún hoy es común la asociación del que más bebe con el que es más macho, el de admirar”, dice la codirectora.

Ahora que el comercio de la maría con fines medicinales ya está permitido en Colombia, Gallego dice suscribir aquello de “coca regulada, paz garantizada”. “Claro, es algo obvio”, argumenta. “Todas las experiencias alrededor del mundo en donde se legaliza y controla el comercio de un producto ilegal vienen acompañadas de pacificación y regularización del mercado.  Con las drogas ha tomado tanto tiempo por el hecho de que al ser ilegales, el consumidor está dispuesto a pagar precios exorbitantes, increíbles para acceder a ellas.  Es una gran paradoja capitalista; el producto más codiciado y que genera mayores ganancias depende de su ilegalidad para seguir moviendo flujos de dinero enormes; de esto se terminan beneficiando en últimas los grandes actores de la economía mundial; los bancos, los fabricantes de armas y hasta los mismos gobiernos.  Es una guerra en donde nuestros países ponen los muertos, pero los verdaderos beneficiarios están en otros lugares”.

Eso, como concepto general. Pero, por lo que respecta a la situación en Colombia, la cineasta se muestra escéptica. “Si bien el gobierno anterior propuso hablar de la legalización de la marihuana y replantear la guerra contra las drogas, pensando más en un tema de salud mundial, y se aprobó su uso medicinal, aún no se ha reglamentado, y el nuevo gobierno más de derecha, a un mes de tomar el mando volvió atrás la legalización de la dosis personal que había sido aprobada hace mas de 20 años, así que los caminos y destinos actuales del país son inciertos”.

La década en que la marimba todo lo podía

La fiebre marimbera con la que Colombia sucumbió en los setenta a la economía salvaje y ensangrentada del narcotráfico fue contagiada por los integrantes de los Cuerpos de Paz impulsados a partir de 1961 por Kennedy para frenar el avance del comunismo en Latinoamérica.  Muchos de esos voluntarios norteamericanos, destinados a impulsar proyectos de desarrollo en comunidades rurales, descubrieron las bondades de la hierba colombiana, que hacía décadas que se cultivaba pese a una prohibición que databa de 1939, y se convirtieron en pequeños traficantes que contribuyeron a abrir las primeras rutas para exportar el material a Estados Unidos a través de las costas de Florida. En 1974, según las cifras oficiales, el cultivo de marihuana ocupaba al 80% de los agricultores de la Guajira, que habían dejado de lado el café, la yuca o el plátano; había multiplicado por seis los sueldos de los trabajadores del campo, y suponía unos ingresos de 2.200 millones de dólares anuales, más que los proporcionados al país por la exportación de café. El presidente Alfonso López Michelsen abrió la conocida como “ventanilla siniestra”, un sistema que permitía al Banco de la República comprar dólares sin preguntar por el origen de los fondos, institucionalizando así a la práctica el lavado de dinero del narco.

Solo a partir de 1979, tras la llegada al gobierno de Julio César Turbay, se inició una campaña, auspiciada por el gobierno norteamericano contra el cultivo de marihuana, que a su vez empezó a proliferar en áreas de Estados Unidos como California, en plantaciones que la mafia norteamericana podía controlar directamente, sin tener que tratar con los marimberos. Ese año, se decomisaron 3.500 toneladas de maría y empezaron las fumigaciones masivas de grandes plantaciones.  Primero, con Paraquat, un herbicida altamente tóxico. Y, a partir de 1982, con glifosato. Para entonces, con el negocio marimbero en decadencia, Pablo Escobar ya había convertido la coca en el nuevo comodín envenenado de la economía colombiana.

 

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