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Estereofónico y tri(pi)dimensional

Gong, la tribu de los duendes fumetas
Gong, la tribu de los duendes fumetas

Alimento neuronal, el rock psicodélico, especialmente en su variante head music, resensorializaba el protocolo de escucha, abriendo a través de auriculares y altavoces una puerta a la tercera dimensión. No habría sido esa magia posible sin LSD, pero tampoco sin una tecnología que permitió reproducir los sonidos de la ebriedad en los surcos de un negro y redondo pedazo de vinilo, pasaporte a la ultraconciencia.

A finales de los setenta, hallándome padeciendo el servicio militar, regresaba de un permiso al cuartel llevando conmigo un flamante walkman adquirido en Andorra. Todavía desconocido en España ese audiorreproductor portátil patentado por Sony, al pasar por el cuerpo de guardia un sargento chusquero reparó suspicaz en el artilugio. “¿Qué coño es eso que llevas en la cabeza?”. Informé a aquel alcornoque como pude, sin lograr que lo entendiera. Muerto de cansancio y con ganas de pillar el jergón, sugerí que lo probara él mismo. “De eso nada... Si explota, que te explote a ti”, dijo rechazando los auriculares como si fuera arma de las que carga el diablo.

Desde sus angostas entendederas aquel ignaro conmilitón vaticinaba acontecimientos futuros de los que los auriculares iban a ser siniestros protagonistas. En 1993, unos desaprensivos torturaban y asesinaban a una muchacha en Inglaterra. Entre otros suplicios –afeitarle la cabeza y el sexo, arrancarle los dientes–, había tenido la víctima que escuchar música heavy a todo volumen por unos auriculares durante varias horas. A principios del siglo xxi, la misma táctica se utilizaba en Guantánamo y centros de detención iraquíes por la CIA con supuestos terroristas árabes, ofertando un surtido plural: canciones de Barrio Sésamo, Red Hot Chili Peppers, Christina Aguilera, Bee Gees. También son muchos los que en la actualidad se torturan motu proprio a sí mismos y a los demás por ese procedimiento. Ya a nadie extraña tropezarse en el metro con individuos conectados a móvil o iPod, que a pesar de los auriculares y dado el volumen de escucha comparten generosamente con el resto del vagón sus predilecciones musicales. Gajes del progreso. ¡Qué bien se estaba cuando la música solo se podía escuchar en casa, y los auriculares, además de su función audiófila, tenían el cometido de asordinar decibelios y respetar el silencio ajeno!

La head music acabaría por definir aquel rock teóricamente elucubrado para ser desentrañado en estado psiquedélico. Esto es doble tripi, el sonoro y el metafísico, al precio de uno. Música para alucinar o para escuchar ciego de lo que fuera

Los auriculares primigenios los diseñó en 1891 el ingeniero francés Ernest Mercadier, destinados a las operadoras telefónicas. Pero los de uso doméstico los inventaba en 1937 la marca alemana Beyerdynamic y los perfeccionaba AKG en Austria una década después. La modalidad estereofónica no llegaba hasta 1958, y más que a las radiocomunicaciones, John Koss, su fabricante, la dirigía a la melomanía, diseñándola específicamente para escuchar jazz, lo cual alteraba el modo en que hasta entonces el consumidor recepcionaba auditivamente la música. La irrupción del R&R y la proliferación en los primeros sesenta de tocadiscos asequibles, sumados al efecto que tal combinación provocaba en progenitores poco tolerantes, disparaba entre adolescentes la venta de modelos como los Beatlephones. Pero el dominio de Koss en el mercado vendrían a socavarlo Philips, Onkyo, Sennheiser, Bang & Olufsen y otros competidores.

Grateful Dead, argonautas del vuelo mental
Grateful Dead, argonautas del vuelo mental

Diseño exterior y esnobismo aparte, actualmente los auriculares, los de alta fidelidad decimos, se cotizan como obras de arte: uno de los modelos más perseguidos en subastas por internet es el Orpheus HE90, de Sennheiser; las trescientas unidades fabricadas que salieron a la venta en 1991 a un precio de 12.900 dólares por barba en la actualidad pueden triplicar esa cifra. Objetos de culto o diabólicos adminículos que atentan contra los tímpanos y refuerzan los tabiques de la alienación desconectando al usuario del exterior, los auriculares protagonizaban, sin embargo, o precisamente por ello, una de las más estrechas comuniones sensoriales de las registradas entre tecnología, rock y enteogenia.

Se cimentaba esa empatía sobre varios factores. En 1961 iniciaba sus emisiones en Estados Unidos la primera emisora comercial en frecuencia modulada. La novedad de la banda FM era que permitía transmitir en estéreo, desbancando a la AM y al sistema monoaural. La separación del sonido por canales, suerte de audiorrealidad virtual avant la lettre, y los avances en técnicas de grabación, facultaban asimismo el desarrollo de la música que iba a poner banda sonora a la cultura psiquedélica, determinada como ya sabemos por la eucaristía con LSD, entre otras sustancias reorganizadoras de la visión que el individuo albergaba de sí mismo y de la vida. Directa o indirectamente inspirado por el consumo de alucinógenos, el rock psicodélico dispuso con ese arsenal maquinístico de los medios necesarios para reproducir una suerte de sinestesia con la que describir, acompañar y/o pronunciar los efectos de un trip.

Discos que facilitaban proyecciones astrales. Discos que debían escucharse de otra forma, encefálicamente

También llamado rock ácido, gozó el sonido de la embriaguez de una tercera filiación: head music. O sea, música que estimulaba el cerebro, pensada para ser escuchada, no bailada. El primer contacto entre auriculares y head music tenía lugar en el ámbito de la FM Progresiva, modalidad radiofónica que rompía con la costumbre de programar singles de éxito para sustituirlos por piezas de álbumes de rock psicodélico. Estas, de gran aparato instrumental, podían tener una duración muy superior y apuraban las posibilidades del estéreo. La imagen del chaval encerrado en su habitación junto a sus colegas con el transistor a todo trapo y ensayando poses frente al espejo se transformaba. En adelante, la radio la escucharía a solas desde el recogimiento, encerrado en su cabecita, herméticamente sellada por auriculares, fumándose un peta para agudizar la audición mientras se informaba de las novedades discográficas. No quería perder detalle de unos discos en los que empezaban a suceder muchas cosas. Discos que facilitaban proyecciones astrales. Discos que debían escucharse de otra forma, encefálicamente.

Los beatlephones, auriculares de entrenamiento para los más pequeños
Los beatlephones, auriculares de entrenamiento para los más pequeños

El término head se prodigó en diferentes ámbitos. Sin incluir entre los ejemplos Fill your Head with Rock, una antología a precio medio del catálogo “contracultural” de CBS, que se vendió como rosquillas, podría parecer cogido por los pelos, hay otros casos más sólidos: el lema de cierta emisora (“Radio music for your head”), los comedores de tripis (acid heads), los fans de Grateful Dead (dead heads), las tiendas de parafernalia lisérgica (head shops), los duendes fumetas del Planet Gong de Daevid Allen (potheads pixies). Hasta entonces metáfora sexual para referir felaciones o cunnilingus, head permeaba la terminología narcótica englobando en abstracto la contraseña de la ebriedad. Head, película de los Monkees cuyo guion se concebía bajo los efectos de cannabis y ácido, intentó sintetizar ambas acepciones, sexual y psicotrópica, en un título que luego pudiera ser empleado en la campaña del próximo largometraje de su productora, Easy Rider, poniendo a huevo el lema “From the guys who gave you Head”. Que podía entenderse por “Del equipo que te entregó Head”, pero también como “De los tipos que te la Mamaron”.

Dentro de ese mosaico, la head music acabaría por definir aquel rock teóricamente elucubrado para ser desentrañado en estado psiquedélico. Esto es doble tripi, el sonoro y el metafísico, al precio de uno. Música para alucinar o para escuchar ciego de lo que fuera. Bacanal supersónica “to freak out”, dentro o fuera de los auriculares, que también se extendería al soul y otros registros. Ya en los setenta, desde el rock progresivo hasta el reggae, pasando por el kosmische planeante alemán y el space rock, las diferentes prolongaciones de la música “de cascos” perpetuaban la head music hasta la irrupción del punk. El revival psicodélico de la segunda mitad de los ochenta no solo recuperaba a los clásicos de dicha disciplina, sino que fomentaba nuevas generaciones y aplicaciones que se desparramarían por las pistas de baile con hip hop, trip hop, rave, techno, electrónica e inclusive pop, como prueba el LP Head Music, de Suede. “Blow your mind”, que decían.

Head, comedia ácido­canábica del mismo equipo de Easy Rider.
Head, comedia ácido­canábica del mismo equipo de Easy Rider.

 

Tomando drogas para tocar música con la que tomar drogas 

Parafraseamos un título de Spaceman 3 como epígrafe de este Top Ten orientativo con el que experimentar los placeres de la psicoaudición en relieve, extensible a lo visual en unas portadas de alto contenido triposo. Diez de las muchas orgías cometidas en nombre de la manipulación sensorial.

 

Experience

The Jimi Hendrix Experience,
Are You Experienced?, 1967

Solo para expertos. Una monumental sobredosis que aterriza en los pabellones auditivos como Moby Dick en una piscina infantil. Espectacular utilización del estéreo. Y no deja fusible por fundir.

 

brainticket

Brainticket,
Cottonwoodhill, 1972

Krautrock psicoactivo. Groove vacilón, efectos de sonido a espuertas y collages electrónicos. Un hipnoerótico trance que en su portada recomendaba no ser escuchado más de una vez al día, so pena de dañar el cerebro.

 

Hot Buttered

Isaac Hayes,
Hot Buttered Soul, 1969

Soul psicodélico en su cénit. A razón de dos por cara, cuatro electroorquestales y prolijas exploraciones de sensualidad de alcoba, erógenas calenturas. Ácido, opulento, sicalíptico, cinemascópico.

 

Acid Mothers Temple

Acid Mothers Temple,
Pataphysical Freak Out MU!!, 1999

Pièce de résistance de la neopsicodelia japonesa, que es inmensa. Doble LP como los de antes, de esos que no te los acabas de lo burros que son. Free rock elevado al cubo, despeñándose a aludes sobre el oyente.

 

Frank Zappa

Frank Zappa & Mothers of Invention,
We’re Only in It for the Money, 1968

Manifiesto crítico contra la psicodelia; una burla que redunda en metapsicodelia con determinante papel de los trucos de estudio, así como tape music y electrónica. Cualquier cosa menos aburrido.

 

GDead

Grateful Dead
Anthem of the Sun, 1968

El segundo álbum de la arquetípica formación franciscana resultó un orgánico y fascinante experimento de estudio en el que se yuxtaponía material grabado en directo, musique concrete y citas a Cage y Stockhausen.

 

Bevis Frond

The Bevis Frond
Inner Marshland, 1987

Aunque por cuestiones económicas aquejada de baja fidelidad, esta grabación casera es uno de los arietes de la resurrección neopsicodélica en el underground británico. Cintas invertidas y guitarras estratosféricas a destajo.

 

Miles Davis

Miles Davis
Live-Evil, 1971

Dividida entre temas de estudio y directo, una pantagruélica ordalía eléctrica de funk-jazz mutante que libera en sus cuatro caras hiperactivos y sexuales asaltos a los sentidos. Desmesurado, perversamente cerebral.

 

Soft Machine

Soft Machine
Volume Two, 1969

Para que no sea siempre Pink Floyd quien represente los orígenes de la psicodelia inglesa. Dadaísmo macerado en Canterbury, psicosurrealismo, avant rock, disonancia, teatro del absurdo. Todo de un chute.

 

Howto

The Unfolding
How to Blow your Mind and Have a Freak-Out Party, 1967

Faux psych-head prefabricado por músicos de estudio. Además de cánticos hare krishna, meditaciones zen, sitares y free form, contenía un cupón para adquirir por correo un kit de accesorios con “ornamentos psicodélicos”.

 

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