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Grateful Dead, la puerta entreabierta

Grateful Dead. Collage: Abel Cuevas. Curaduría visual: María Valls Miró.

Si la muerte es un umbral, el concierto también lo es. Entras en un estado, sales de él y la salida la sientes como un regreso distinto. Collage: Abel Cuevas (@abelcuevas). Curaduría visual: María Valls Miró.

Bob Weir se fue recordándonos una idea incómoda y luminosa a la vez: que el final quizá no sea un portazo. En torno a Grateful Dead, esa intuición se convirtió en una manera de cantar y de reunirse, con canciones que rozan lo que no se puede explicar del todo y una comunidad que sigue sosteniéndose a base de afecto compartido y añoranza por la mística de los parking lots. 

“No suelo pensar en la muerte como algo especialmente definitivo. Y, además, si voy a estar triste, eso es cosa mía, porque en realidad la muerte es una liberación. Es la última y mejor recompensa por una vida bien vivida porque, para mí, es donde empieza la aventura. En esta existencia solo hemos estado, más o menos, haciendo tiempo; y te acercas más a lo esencial cuando dejas atrás tus atavíos mortales. Así que, con todo eso, tiendo a celebrar la muerte de mis seres queridos, precisamente, como una liberación. Y, bueno… yo también espero morirme. Algún día de estos me pondré a ello”.

“Bob Weir representa la importancia del legado y de mantener vivas estas canciones”. Diseño: Eric Jensen (@ejensendesign)

“Bob Weir representa la importancia del legado y de mantener vivas estas canciones”. Diseño: Eric Jensen (@ejensendesign)

Esta reflexión, con su remate que mezcla serenidad y humor, podría sonar insolente en boca de cualquiera. En Bob Weir, que la compartió durante una entrevista que le hicieron en el podcast Comes A Time, suena a oficio. A la voz de alguien que llevaba décadas conviviendo con la pérdida sin convertirla en espectáculo, alguien que había aprendido a mirar el final sin arrugar el rostro y sin esconderlo detrás de la épica o la tragedia. Cuando Weir habla de “atavíos mortales”, sugiere el cuerpo como un traje que uno se pone durante un tiempo: a ratos cómodo, a ratos demasiado pesado. Y la muerte como el momento de colgarlo en una silla, abrir una ventana y dejar que la habitación respire. Esa manera de pensar la muerte no surgía de una provocación ni de un gesto contracultural aprendido. Durante años, Weir se interesó por tradiciones orientales que entienden la muerte como parte de un proceso continuo. En corrientes como el zen o el dzogchen, el cuerpo se disuelve sin desaparecer del todo: lo que se afloja es el apego a las formas, mientras la conciencia regresa a un estado más amplio y menos delimitado. Leída desde ahí, su reflexión nos habla de una coherencia tranquila, sostenida en el tiempo.

Con la muerte de Weir el pasado 10 de enero, no desaparecía únicamente el guitarrista rítmico de una de las bandas más influyentes del siglo XX. Se apagó también uno de los últimos focos vivos de una cultura que convirtió la música en umbral, la carretera en hogar y la comunidad en rito. Una cultura que nunca necesitó doctrina para rozar lo espiritual, porque le bastaban canciones, noches largas y una confianza extraña en que lo que parece final, en realidad, cambia de forma. Y para entrar en este territorio sin necesidad de manual, nada mejor que regresar un instante a la imagen que Abel Cuevas ha imaginado para la portada de este número. Una puerta y varios planos superpuestos que funcionan como invitación: mira otra vez, mira un poco más, acepta que lo que estás viendo no se explica con una frase. En el universo de Grateful Dead, lo importante casi nunca estuvo en la respuesta cerrada, sino en el modo de sostener la pregunta. ¿Qué hay al otro lado? Tal vez nada, quizá todo. Otra forma de estar o, en cualquier caso, un tránsito. Una puerta entreabierta.

Un nombre que ya lo contenía todo

Grateful Dead

El aparcamiento como punto de encuentro para la hermandad deadhead. Fotos: Dave Tomanek, Mark Finkelpearl y Karen Gerbs. Cortesía de Music Never Stopped.

"Con la muerte de Weir se apagó también uno de los últimos focos vivos de una cultura que convirtió la música en umbral, la carretera en hogar y la comunidad en rito. Una cultura que nunca necesitó doctrina para rozar lo espiritual, porque le bastaban canciones, noches largas y una confianza extraña en que lo que parece final, en realidad, cambia de forma"

Antes de que existiera un repertorio, antes incluso de que existiera una estética reconocible, existió un nombre. Y ese nombre ya contenía una filosofía. Grateful Dead no suena a banda de rock. Suena a cuento encontrado en el margen de un libro viejo, a leyenda de carretera. El “muerto agradecido” es un motivo folclórico que aparece, con variantes, en culturas muy distintas, aunque su estructura suele ser parecida. Alguien se topa con un cadáver sin enterrar y decide asumir el coste y la responsabilidad del entierro. Un acto mínimo y enorme a la vez: pagar una deuda que no era propia, devolver dignidad a quien ya no puede reclamarla. Más tarde, cuando el protagonista se enfrenta a una prueba o a un peligro, el muerto regresa de algún modo como espíritu, como aliado o como protección. Lo que diste regresa de algún modo, y lo que acompañaste acaba situándose a tu vera.

No hace falta subrayar el simbolismo para intuir por qué ese nombre resultó tan fértil. A una banda nacida en el caldo contracultural del San Francisco de mediados de los sesenta, en un clima donde todo se estaba poniendo en cuestión –la guerra, la autoridad, la moral heredada, la manera de vivir el cuerpo, el deseo–, ese cuento le sentaba como un guante. La muerte entendida como parte del contrato humano, algo que exige cuidado y acompañamiento. Esa idea, la de acompañar, atraviesa el universo Dead como una línea de bajo. No siempre está en primer plano, pero sostiene todo lo demás. Desde ahí se entiende por qué Grateful Dead fue, para tanta gente, algo más que una banda. Fue un lenguaje común, un folclore moderno, una suerte de mitología contada en presente. En un país construido a base de movimientos, migraciones y rutas, donde el lugar muchas veces es un verbo, el nombre ya apuntaba una dirección. La vida es viaje, pero sin compañía el trayecto se vuelve más frágil. Y la muerte no tiene por qué significar la expulsión del mundo, podemos verla como un cambio de estado.

Canciones para cruzar

Grateful Dead. Set de postales diseñadas por un deadhead en los 80 y adquiridas por otro camarada en un parking lot

Set de postales diseñadas por un deadhead en los 80 y adquiridas por otro camarada en un parking lot.

Las letras del cancionero Dead están llenas de objetos aparentemente simples: ríos, caminos, casas, amaneceres, sombras, flores que duran poco y pinchan. Imágenes que, de tanto repetirse, terminan funcionando como señales en un mapa emocional para el errante. Robert Hunter y John Perry Barlow, letristas colaboradores de Jerry García y Bob Weir en la creación de su repertorio clásico, escribieron con esa rara habilidad de quien maneja símbolos antiguos sin necesidad de arrodillarse ante ellos. Tomaban materiales del folk, del blues, de la balada tradicional y los dejaban respirar dentro de una música que podía ser expansiva, eléctrica e imprevisible. El resultado no era un mensaje doctrinal, era una habitación abierta.

En el amplio canon lírico de estos ilustres vecinos de Haight-Ashbury, hay canciones que te toman de la mano con suavidad. Brokedown Palace (American Beauty, 1970) es una despedida que no dramatiza, acompaña. No te empuja a ningún abismo, no te exige valentía, no te promete recompensa; se sienta contigo y te recuerda que el descanso también forma parte del viaje. Y ahí aparece una fórmula que suena a tradición antigua: “fare you well” (que te vaya bien). No es un adiós urbano, definitivo, de puerta cerrada. Es una bendición de camino que desea que lo que venga sea llevadero, que la ruta no te sacuda demasiado. En la cultura Dead esa frase se volvió casi una ética. Si vas a marcharte –de un lugar, de un amor o de esta vida– procura no hacerlo dando un portazo. Deja una rendija por donde entre luz… Su compañera de elepé Box of Rain baja todo lo anterior a escala doméstica. No tiene la distancia simbólica del cuento o la parábola, tiene la proximidad del cuerpo. Es el tipo de canción que recuerda que, por muy elevados que sean nuestros discursos sobre la finitud, la muerte suele llegar en habitaciones concretas, en visitas, en llamadas, en agotamientos familiares. Y ese detalle importa porque evita una lectura vaporosa del universo Dead. Aquí no hay un culto a la nube, hay una forma de mirar el final sin caer en el nihilismo y sin agarrarse a promesas fáciles. Un realismo íntimo con una puerta abierta al misterio.

What a trip! Grabación de una de las fiestas lisérgicas de Ken Kesey, con Grateful Dead como banda residente.

What a trip! Grabación de una de las fiestas lisérgicas de Ken Kesey, con Grateful Dead como banda residente.

El pintor Greg Allison (@wharfartpaintings) y el diseñador de alfombras Marc Lucke (@sativarugs)   plasmando su simpatía por el osito.

El pintor Greg Allison (@wharfartpaintings) y el diseñador de alfombras Marc Lucke (@sativarugs) plasmando su simpatía por el osito.

"Cuando una pieza se estira y cambia de forma, el tiempo deja de ser reloj y se vuelve materia que se ablanda, se expande y a veces parece curvarse. El yo se vuelve más poroso y aparece un tipo de atención compartida que no necesita etiquetas religiosas para parecerse a lo que muchas culturas han llamado éxtasis: salir durante un rato del mundo ordinario"

Luego está China Doll (From the Mars Hotel, 1974), una pieza que roza el suicidio sin convertirlo en espectáculo, que se acerca a la oscuridad sin regodearse en ella y que, precisamente por eso, puede resultar más inquietante y más bella. Lo fascinante de la canción es que no termina de ofrecerte un relato. Te ofrece un lugar, un diálogo fragmentado, una escena con varias voces donde nadie señala con claridad quién habla en cada momento. Ese vacío hace que la canción pueda alojar experiencias distintas y permite a quien la escucha entrar con su propia biografía, completar los huecos y asomarse a través de grietas. Cuando a Hunter le preguntaron por el sentido de sus letras, reaccionó como lo hacen los poetas que entienden que el significado se rompe si lo evidencias demasiado. Confesó que podía explicar China Doll, pero prefería no hacerlo, porque sentía que estaba a punto de convertir algo delicado en cemento. Venía a decir que si fijas demasiado el sentido, matas el umbral y que si conviertes la canción en tesis, dejas de poder vivir dentro de ella. En Grateful Dead, el umbral es un lugar habitable, un espacio compartido donde lo indecible puede rozarse sin catecismo.

Y cuando el cancionero se acerca al final de la vida con una claridad casi física, Black Muddy River (In the Dark, 1987) es una prueba difícil de olvidar. No hay consuelo barato, hay una invitación a mirar el río oscuro, reconocerlo y seguir caminando. Es una canción que no niega el duelo ni lo idealiza. Lo integra como parte de la textura de estar vivo, con esa mezcla de lucidez y aceptación que cuesta tanto encontrar fuera de la música popular. Y si uno quisiera ampliar el mapa, bastaría con asomarse a The Wheel, localizable en el debut en solitario de Garcia de 1972 pero insertada en el repertorio de la banda a partir de ese momento. Un tema que no promete salvación ni explica el misterio, pero insiste en la idea de retorno, de ciclo, de algo que gira y vuelve a colocarte, tarde o temprano, en el sitio donde tienes que estar. No es casual que en directo funcionara como un momento de comunión visible: gente que baila, cuerpos que se sincronizan, una alegría que no niega la sombra, simplemente la incorpora al giro. La rueda como metáfora sencilla y enorme. Todo pasa, todo vuelve y en ese vaivén aprendemos a atravesar. Todo esto, contado así, podría parecer el retrato de un repertorio. Pero en Grateful Dead la canción rara vez fue el centro...

Mucho más que un concierto

Silencio, se permite grabar. La cultura del tape trading entendida como modo de pertenecer. Foto: autor desconocido. Cortesía de Music Never Stopped.

Silencio, se permite grabar. La cultura del tape trading entendida como modo de pertenecer. Foto: autor desconocido. Cortesía de Music Never Stopped.

…El centro siempre estuvo en el acontecimiento. El directo como experiencia transformadora, no como reproducción. Cada noche era una reescritura del mapa, una forma distinta de entrar y salir de los mismos lugares. Lo que para otros grupos era repertorio, para Grateful Dead era una serie de puertas que podían abrirse de maneras imprevisibles, según el ánimo, la escucha, la química de esa noche. La improvisación, aquí, no es virtuosismo para iniciados ni exhibición de ego; funciona como una tecnología comunitaria. Cuando una pieza se estira y cambia de forma, el tiempo deja de ser reloj y se vuelve materia que se ablanda, se expande y a veces parece curvarse. El yo se vuelve más poroso y aparece un tipo de atención compartida que no necesita etiquetas religiosas para parecerse a lo que muchas culturas han llamado éxtasis: salir durante un rato del mundo ordinario. En este sentido, en la cultura psicodélica se popularizó una idea que, sacada del contexto del consumo, puede leerse como simple sensatez: importa tanto lo que haces como dónde lo haces, con quién y con qué intención. Trasladada a Grateful Dead, esa noción de set & setting que defendieron Alfred Hubbard y Timothy Leary explicaría por qué sus conciertos no eran solo música. Contaba la duración, contaba la dramaturgia, contaba la cultura compartida. No era consumo rápido, era una estancia. Y el público se metía en ella para cambiar lo que estaba sucediendo.

Nomadic Musical Audiences: A Historical Precedent for the Grateful Dead es un interesantísimo ensayo escrito por el musicólogo Jacob A. Cohen que invita a leer esta cultura como el ejemplo contemporáneo de una “audiencia musical nómada”. Públicos que más que asistir a conciertos, habitan la gira como si fuera un lugar. No uno fijo, más bien un territorio móvil donde la identidad se sostiene por continuidad social y por repetición ritual. Para explicarlo, recurre a una idea de la geografía humanista donde el vínculo afectivo con el lugar –eso que el geógrafo Yi-Fu Tuan llamó topofilia– está profundamente marcado por la experiencia vivida en él. Desde ahí, Cohen traza un paralelo fascinante según el cual los conciertos Dead reactivarían, en clave laica y moderna, una tradición de los camp meetings religiosos del siglo XIX. Multitudes que viajaban para cargar de cualidad espiritual un emplazamiento cualquiera.  En esos encuentros, el nombre de un lugar podía convertirse en símbolo, una especie de “Nueva Sión”, un santuario improvisado nacido de la vivencia colectiva.

La colcha perfecta para rendirse al sueño eterno. Diseño: Nicole Lauricella (@handmade._.hippie).

La colcha perfecta para rendirse al sueño eterno. Diseño: Nicole Lauricella (@handmade._.hippie).

La comparación no pretende decir que un concierto sea una iglesia, sino que hay eventos capaces de cambiar el valor de un sitio. Durante unas horas, un recinto cualquiera puede volverse “un lugar” en un sentido más profundo, porque lo que ocurre allí reorganiza la vida interior de quienes lo viven. Y que, cuando ese tipo de experiencia se repite, aparece una comunidad. Una que aprende a despedirse junta, aunque no esté hablando explícitamente de la muerte. Y una que ensaya la pérdida cada vez que la música termina, cada vez que el último acorde cae, se encienden las luces y toca volver al mundo. Aquí es donde la idea de cruzar al otro lado deja de ser tema y se convierte en práctica. Si la muerte es un umbral, el concierto también lo es. Entras en un estado, sales de él y la salida la sientes como un regreso distinto. Hay un antes y un después de ciertas noches. Y la cultura Dead, con su insistencia en la repetición, con su manera de hacer de lo excepcional algo casi cotidiano, convirtió ese mecanismo en una pedagogía emocional.

Grabar, compartir, pasar adelante

Silencio, se permite grabar. La cultura del tape trading entendida como modo de pertenecer. Foto cortesía de Music Never Stopped (@musicneverstopped)

Silencio, se permite grabar. La cultura del tape trading entendida como modo de pertenecer. Foto cortesía de Music Never Stopped (@musicneverstopped).

Si el concierto era el rito, la comunidad era su infraestructura. Una que se caracterizaba por una particularidad que resulta casi subversiva en estos tiempos de contenido omnipresente que vivimos. La música no se guardaba para controlar el acceso; se grababa y se copiaba sin demasiada ceremonia, pasaba de mano en mano, se dejaba circular. La cultura del tape trading no fue un capricho paralelo, fue un modo de pertenecer. El concierto, aunque hubiera terminado, seguía respirando en otras habitaciones del tiempo. Ese impulso archivístico tuvo nombres propios como Dick Latvala (1943-1999), querido héroe taper que vio como su dedicación a grabar conciertos de su banda favorita dio paso, en 1993, a la serie de directos oficiales Dick’s Picks. Latvala fue un ejemplo para que otros deadheads, aunando pasión y paciencia, ayudaran a construir un canon alternativo a partir de cintas. La emoción trascendía la posesión de un objeto raro, significaba poder volver a una noche y compartirla con otro. Un concierto no era algo que “pasó”, era material vivo que podía reaparecer años después, en otro contexto, para producir una emoción nueva. Como si la música practicara, a su manera, la idea central que atraviesa todo este universo: lo que parece terminado solo cambia de forma.

Y esa lógica de transmisión tiene una resonancia especial cuando hablamos de muerte. Si la muerte es tránsito, la memoria es otra forma de tránsito. La canción viaja, la grabación viaja y, por tanto, viaja el símbolo. Una comunidad se reconoce en lo que ha heredado, no como reliquia sino como herramienta. Por eso, en la cultura Dead, la continuidad no es solo un discurso, es una práctica que se activa pasando la cinta, pasando el relato. La permanencia, aquí, no es un sueño individual de grandeza. Es una continuidad compartida, un hilo que no se corta del todo. Esa misma energía de transmisión se ve también en la creatividad que el grupo desató a su alrededor. Camisetas, pegatinas, carteles, ilustraciones, fotografías, fanzines… Todo un imaginario colectivo que creó un lenguaje propio, una iconografía viva, mutante, capaz de absorber la psicodelia, el folk, el humor, la melancolía, el kitsch y la belleza con la naturalidad con la que una caravana absorbe paisajes. Porque Grateful Dead no fue, no es, una banda para fans en el sentido convencional. La suya es una comunidad de productores simbólicos y un lugar en movimiento donde el oyente responde, crea y, por tanto, devuelve. La obra no termina en el escenario, continúa en manos de quienes la han vivido y en este artículo hemos recopilado un pequeño y heterodoxo muestrario de fan art gracias a la generosidad de varios deadheads que han respondido a la llamada de Cáñamo.

Foolish Heart, pintura de Matt Pecson (@mattpecson). “La formación del ‘missing man’ en los esqueletos es un tributo a Bob y a todo lo que perdemos por el camino”.

Foolish Heart, pintura de Matt Pecson (@mattpecson). “La formación del ‘missing man’ en los esqueletos es un tributo a Bob y a todo lo que perdemos por el camino”. 

Para uno de ellos, el ilustrador y diseñador Eric Jensen, “Grateful Dead fue la banda estadounidense definitiva, una banda del pueblo. Y Bob Weir, como último miembro original en llevar la antorcha hasta su última actuación del pasado agosto en el Golden Gate Park, representa para mí la importancia del legado y de mantener vivas estas canciones. Si no hubiera formado Dead & Company en 2015, probablemente no habría conectado con la banda tanto como lo he hecho. Le estoy profundamente agradecido a Bob Weir por haber mantenido el espectáculo durante otros 30 años después del fallecimiento de Jerry, creando así una nueva generación de deadheads”. Claves para mantener esa experiencia a lo largo de las décadas fueron la autogestión y la existencia de redes paralelas; maneras de organizarse que convertían a la banda en una pequeña industria alrededor de sí misma. Hubo, sobre todo, una cultura del encuentro. Los parkings no fueron un decorado, fueron una ciudad provisional con sus reglas y sus contradicciones, con su economía de supervivencia y su hospitalidad espontánea. En los años de conservadurismo cultural, aquella escena funcionó como punto de reunión para redes contraculturales que necesitaban un lugar para existir. Puede sonar exagerado hasta que uno entiende que, para miles de personas, ese lugar no era un punto en el mapa. Era una forma de vivir el tiempo que proyectos de curaduría y archivo fotográfico como Music Never Stopped mantienen vivo no como nostalgia, sino como tejido, recopilando imágenes de público, escenas de pertenencia, cuerpos que bailan y miradas sonrientes que se reconocen. 

Si a todo esto se le añade el humus psicodélico, conviene hacerlo con cuidado porque en Grateful Dead la psicodelia no explica el fenómeno por sí sola. Sirve, más bien, para entender el clima mental de una época: la elasticidad de ciertas experiencias, el interés por disolver el ego, estirar la percepción y buscar lenguajes alternativos para nombrar lo que no cabe en la prosa cotidiana. También ayuda a entender por qué el directo se convirtió en laboratorio. Aquella contracultura no fue solo actitud: había carreteras, salas, parkings, cintas grabadas y una comunidad empeñada en que la música siguiera circulando. Pero si reduces todo a la postal del consumo, se pierde lo esencial. Esa sensibilidad psicodélica se tradujo en formas de convivencia cultural, en maneras concretas de estar juntos: un rito laico donde la experiencia individual podía volverse colectiva sin necesidad de uniformidad, y donde el final de la noche, como el final de la vida, se vivía como el paso a otra fase.

Fare you well

Otra América aún es posible. Diseño: El Señor Gómez (@el_senor_gomez).

Otra América aún es posible. Diseño: El Señor Gómez (@el_senor_gomez).

Como decíamos antes, la expresión “fare you well” no es un adiós entendido como cierre tajante, es un deseo de buen viaje. Y ese pequeño desplazamiento semántico contiene una ética completa que nos habla de despedirse sin clausurar y de reconocer la tristeza sin convertirla en obligación. Nos habla, en esencia, de entender que el final no tiene por qué ser una tragedia solemne, puede ser un cambio de estado dentro de una historia más grande. En esencia, Grateful Dead no prometió una respuesta definitiva sobre qué hay al otro lado. Prometió algo más útil y más raro: un conjunto de canciones para cruzar. Un rito laico donde el duelo se comparte sin volverse mercancía. Un lenguaje poblado de carreteras, trenes, rosas, esqueletos, ositos danzantes, puertas y, claro está, despedidas, capaz de decir lo indecible con una mezcla extraña de belleza y naturalidad.

Al morir Bob Weir –como antes con Phil Lesh, Robert Hunter, John Perry Barlow, Jerry García, Brent Mydland, Keith Godchaux y Ron "Pigpen" McKernan–, lo que muere no es solo un miembro de una banda. Muere un testigo privilegiado de una cultura que ensayó la despedida en comunidad y que, en un país obsesionado con la velocidad y el rendimiento, se permitió lo contrario: quedarse, escuchar, durar, volver. Y lo que queda vivo es esa sensación de umbral, una puerta entreabierta por la que sigue entrando aire. Quizá por eso la frase de Weir que abría este texto no suena a provocación, sino a continuidad. La muerte como liberación, como recompensa, como inicio de aventura. No hay certeza de qué hay al otro lado, pero, al menos durante un rato, unas canciones sí nos enseñaron a habitar la pregunta sin miedo. Y al hacerlo, mientras una guitarra marca el pulso como quien indica el camino, el final deja de ser un muro y se convierte, al menos por un instante, en paso. Para que la música no se detenga nunca…

“Grateful Dead me recordaba a Osibisa, banda ghanesa de la vieja escuela. Su energía y carisma me guiaron durante todo el proceso”. Poster: C.A. Wisely (Deadly Prey Gallery)

“Grateful Dead me recordaba a Osibisa, banda ghanesa de la vieja escuela. Su energía y carisma me guiaron durante todo el proceso”. Poster: C.A. Wisely (Deadly Prey Gallery)

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