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La India

Entre la tradición y el prohibicionismo

India de noche
India manos
India niña
India manicura
India Oveja
India arco
India mujer
India choza
India fuego
India trompetas
India diosa
India ramas
India de noche
India manos
India niña
India manicura
India Oveja
India arco
India mujer
India choza
India fuego
India trompetas
India diosa
India ramas
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Suraj es menudo y musculoso, tiene los rasgos duros y la sonrisa inocente. Su aldea resiste en una pendiente, a 2.700 metros de altitud, asomada a un valle de armoniosas montañas que jalonan cumbres nevadas. Aquí solo se puede llegar a pie, tras tres horas de camino a lo largo de un sendero escarpado que trepa por la montaña.

Dicen en la aldea que la estación ha sido buena; este año la policía solo ha subido dos veces a cortar las plantas de los campos, pero son solo una gota en el océano, pues en zonas donde la marihuana crece de manera espontánea, la producción ilegal es imposible de controlar.

De las flores del Cannabis indica, autóctono de la India, y mediante un laborioso proceso manual con la planta aún viva, se extrae la preciada resina del charas. Este año Suraj, que ha contratado a diez nepalís para que trabajen sus campos, ha sacado cuatro kilos de la preciosa resina. Hace veinte años –un poco por casualidad y otro poco por necesidad– se convirtió en charsi, o productor de charas. Su historia, que comparten muchos de su generación, surge con el prohibicionismo y la pobreza de las zonas rurales de montaña, para acabar desembocando en la ilegalidad, en un país donde el uso de la marihuana sigue tan extendido como permitido.

Ya desde que era un niño, Suraj acompañaba a su padre al valle para que los rebaños pastasen. Nunca le gustó el oficio de pastor, dormir al raso, caminar por los bosques durante semanas. Un día su padre se puso enfermo y su hermano lo acompañó al hospital. Suraj, que se quedó solo en el valle cuidando al ganado, no volvió a ver a su padre. Aquel día decidió que no volvería a ser pastor. Sin embargo, la aldea no ofrece muchas opciones: o el campo o las ovejas. El rebaño de su padre era abundante, habría dado buenos réditos, pero él decidió pasarle los animales a un tío suyo y hacerse cargo de las tierras de la familia: siete campos de judías y coles, con las que conseguía alimentarse a duras penas.

Los hippies y los ‘baba’

Al cabo de varios veranos, llegó a la aldea un grupo de hippies. Hacía años que los hijos de las flores habían elegido la India como meta. Llegaban en autobuses atestados para acampar en las playas de Goa. Con el paso del tiempo, los hippies se acercaron a los sadhu, los santones hindúes. Vivían de la misma manera, fumaban marihuana como ellos, compartían sus valores y seguían al baba por senderos místicos, espirituales. Así fue como los hippies llegaron al Himalaya. Los niños de las aldeas se refieren ahora a los turistas llamándolos “hippies”, la única palabra que conocen para “extranjero”, cuenta Suraj con una sonrisa resplandeciente que ha resistido años de chilum (la pipa en la que tradicionalmente se fuma el charas).

Los baba que peregrinaban al Himalaya para meditar fueron de los primeros en extraer el charas. Meditaban, fumaban, alcanzaban el nirvana. Los locales ya fumaban antes, pero no se podía llamar charas a aquello que sacaban sin método de las plantas selváticas. Los baba perfeccionaron la técnica a finales de los años setenta. Por imitación a los hippies que llegaban –italianos, daneses, griegos–, los locales cambiaron su modo de fumar. Comenzaron a frotar los jugosos cogollos entre las manos hasta extraer de ellos una reluciente resina. La misma técnica con la que aún hoy se producen toneladas de charas al año.

El Ámsterdam de Oriente

Suraj, que aprendió a hacer charas de un hippy francés, lo vende ahora a los extranjeros, israelíes y europeos, pero también a los estudiantes ricos de Delhi y Bombay. La demanda no deja de aumentar y cada vez se dedican más terrenos a la maría: como es obviamente más productiva, los campesinos la prefieren a las manzanas o las judías. El monocultivo y la deforestación están destrozando la tierra. Poco a poco, el cemento ha ido sustituyendo los materiales con que se levantaban las casas: piedra, madera y estiércol de vaca. El valle, con sus guesthouses hasta arriba de viajeros con mochila a la espalda, se está convirtiendo en el Ámsterdam de Oriente.

Y sin embargo, en cierto sentido, el tiempo parece haberse detenido en estas aldeas en las que la vida todavía sigue el ritmo de la naturaleza; donde las mujeres dan a luz en casa y las distancias se calculan en horas de marcha; donde las medicinas se sacan de las plantas, de las raíces y de los orines de las vacas; donde se cocina en estufas de leña y cuando uno quiere bañarse se va al bosque. Los villorrios desparramados por las laderas del Himalaya están salpicados de casas multicolor con finas lanchas de piedra oscura por techo, y unas pocas tiendas proveen de jabón, cigarrillos, legumbres, arroz y chanclos de goma para los niños. Aldeas enteras que sobreviven desde hace años en la ilegalidad, sin una alternativa de desarrollo auténtica.

La Convención Única, el colonialismo y la corrupción

Cuando en 1961 la India suscribió el tratado decisivo para el régimen de control de las drogas, la Convención Única sobre Estupefacientes, la sociedad india no parecía dispuesta a abandonar el uso de una planta que se remonta a los textos védicos y ha formado parte de los rituales y las celebraciones durante siglos. Veinticuatro años más tarde, en 1985, la India redobló el empeño promulgando la controvertida Ley sobre Estupefacientes y Sustancias Psicotrópicas (NDPS, según las siglas del nombre en inglés), que criminalizaba tanto el cannabis como las drogas duras, sin que por ello se combatiesen la producción y la venta, que se dispararon a medida que en el mercado nacional aumentaba la demanda y, en consecuencia, el precio.

“La imposición de eliminar el cannabis en países donde se registra un extendido uso tradicional es un claro ejemplo del fondo colonialista de la Convención, y una violación de los derechos autóctonos y religiosos. Hoy en día no se habría aprobado”, sostiene Tom Blickman, del think tank holandés Transnational Institute (TNI). “El efecto de la NDPS fue la criminalización de los consumidores y los productores de cannabis, en un país que lo usaba con fines medicinales, espirituales y recreativos desde hace decenas de siglos. Por lo demás, era evidente que la erradicación del cannabis era un imposible”.

El Cannabis indica infesta numerosas zonas de la India, especialmente en el Himalaya, lo que dificulta la localización de los productores, que para escapar de las incursiones de la policía establecen sus cultivos cada vez a mayor altitud. Los cultivos se encuentran a un par de horas de camino de la aldea, y para llegar a ellos es preciso atravesar zonas boscosas. Los controles, en muchos casos, no son más que una pantomima: el tráfico funciona mediante la corrupción generalizada en todos los estratos, y son miles las familias que sobreviven en la ilegalidad, solo gracias a la producción de charas. La preciosa resina alcanza en Europa precios de 20 euros el gramo, pero a los campesinos apenas les quedan unos márgenes de ganancia y una vida dura en una naturaleza hostil.

“El cannabis crece en casi 400 de los 640 distritos de la India”, explica Romesh Bhattacharji, exoficial de Narcóticos empeñado en abrir el debate sobre la legalización en el país. “La Convención Única de 1961 peca de una severidad inútil y un optimismo burdo: sobre esta base tan endeble se construyó la NDPS, nuestra draconiana ley de narcóticos. Durante la negociación, la representación india se opuso infatigablemente a la prohibición de los usos no medicinales y no recreativos del opio y el cannabis. A pesar de ello, en 1985 la ley entró en vigor. Desde entonces el tráfico ilegal y la dependencia no han hecho más que aumentar”.

Bhattacharji menciona la Indian Hemp Drug Commission, o Comisión de las Drogas en la India, encargada de evaluar el alcance del cultivo y el consumo del cannabis en la India colonial. En 1894, la Comisión redactó un informe en el que sostenía que la prohibición del cultivo no era “ni necesaria ni oportuna, considerando sus efectos, la difusión de su consumo y las implicaciones sociales y religiosas”. Pero los consejos de la Comisión fueron desoídos y la India se adhirió al tratado antidrogas. Solamente el bhang, un preparado de hojas y flores de cáñamo que se consume bebido o comido, quedó fuera del alcance de la NDPS, y todavía hoy se utiliza en festividades hinduistas como Holi o Shivaratri.

“Las recomendaciones de la Comisión, que tienen 120 años, son muy similares a la regulación actual del cannabis en Estados Unidos”, concluye Blickman. “Se trata de un sistema de cultivo, producción y venta con licencias e impuestos regulados”. Si bien hace poco el estado de Uttarakhand ha legalizado la producción con fines industriales, el debate sobre la legalización sigue siendo tabú en la India. En cuanto a la difusión de la planta, no hay estimaciones precisas ni sobre el cultivo ni sobre la producción de la resina. Directamente, no existen. Tampoco cuenta con ellas la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC); sus estadísticas se basan en datos proporcionados por los gobiernos nacionales, y la India no ha recopilado nunca estimaciones sobre el asunto ni ha llevado a cabo una investigación minuciosa.

Un regalo de los dioses

A caballo entre la tradición y el prohibicionismo, el cannabis ha permitido a muchas familias salir de la pobreza. La estación de recolección es un momento de trabajo duro y de gran alegría en las aldeas. Supone el remate de un mes de fatigas. La aldea está vacía, reina un silencio surreal. Muchos de los cultivadores se trasladan con sus familias a cabañas construidas junto a los campos, y permanecen allí durante toda la época de la cosecha. Las mujeres, con sus vestidos de pattu (un tejido, normalmente de lana de cabra, manufacturado y teñido), se sientan en círculos al sol para exprimir con suaves movimientos los grandes cogollos resinosos, mientras los niños corretean alrededor.

Los himalayos forman comunidades orgullosas, sencillas y extremadamente esquivas. Trabajadores infatigables, viven lejos de la modernidad y llevan una vida dura: en las montañas todo es fatiga, todo es conquista. Para ellos, el charas es un regalo de los dioses, a ellos, a su tierra. El cultivo, la producción, el consumo y el trasfondo: todo está permeado de una espiritualidad y una religión imbuida en misticismo. Muchos de los cultivadores de marihuana no han cultivado nada legal en sus vidas. Se cuenta que cuando el dios Shiva se sentó a meditar sobre las cumbres nevadas del Himalaya, su alimento fueron las flores de la marihuana. Todo chilum que se enciende, se enciende en su nombre.

Traducción de Bárbara Mingo

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