Quema de comics
Quema de tebeos corruptores en la Amérika profunda.

No me fumen ni me esnifen, solo soy un tebeo

Las drogas en el cómic
Este artículo se publicó originalmente en el número 251 de la revista Cáñamo España

¿Qué suerte correrían publicaciones clave del underground español de los setenta, caso de Star, o de la línea chunga de los ochenta como El Víbora o Makoki, de continuar frecuentando los kioscos españoles hoy en día?

Sexualmente muníficas, chorreantes de narcóticos, embreadas en violencia y políticamente no ya incorrectas sino impresentables, ¿qué suerte correrían publicaciones clave del underground español de los setenta, caso de Star, o de la línea chunga de los ochenta como El Víbora o Makoki, de continuar frecuentando los kioscos españoles hoy en día? Huelgan dotes adivinatorias y sobran sensibilidades gazmoñas y juzgados ociosos: en la misma cola que titiriteros, tuiteros y demás herejes, desfilarían tarde o temprano esas cabeceras por las mazmorras de la nueva Inquisición; la que jalean los heraldos de la hipocresía puritanista, reluctantes a recordar que la libertad de expresión, Chomsky dixit, está precisamente para practicarla con aquello de lo que discrepamos.

Una situación regresiva, pero tan real como los impuestos, que podría degenerar, reproduciendo errores y abusos del pasado. Ni los merluzos de Mortadelo y Filemón, que en la historieta L.S.D. (1971) perseguían a unos traficantes de ácido, y en La ruta del yerbajo (1994) hacían lo propio con un mercante cargado de cannabis, se encuentran a salvo de tan tenebrosa hipótesis. No hace tanto como medio siglo, y a semejanza de las Feuersprüche o proclamas del fuego nazis y sus piras de libros antialemanes, en Estados Unidos se arrojaban a la purificadora hoguera discos de rock & roll pero también tebeos. 

Un solo hombre bastó para fomentar esas ceremonias de la ceniza que reducían cómics a ídem. Psiquiatra alemán establecido en Nueva York en 1922, Fredric Wertham rubricaba Seduction of the innocent. The influence of comic books on today’s youth (La seducción del inocente. La influencia de los tebeos en la juventud actual) en 1954, infolio llamado a alterar el destino de uno de los lenguajes más extendidos de la cultura popular. Exponía dicho ensayo una tesis lapidaria: la proliferación de violencia, sexo y drogas en los crime comics para adultos, protagonizados por gánsteres y criminales, había contaminado también géneros adolescentes como los de superhéroes y horror. Sin base científica alguna, afirmaba que la lectura de tales barbaridades despertaba conductas imitativas en los lectores más jóvenes, prácticamente rorros incluidos. Entre los ejemplos seleccionados se encontraba Murder, morphine, and me (1947); su protagonista, una camella, sufría una terrible pesadilla: un yonqui fuera de sí le hundía una hipodérmica en el globo ocular. Peor aún, el contenido de ciertos bocadillos constituía un exhorto abierto al hábito: “Una aguja llena de jugo de la felicidad y quedarás tan satisfecho con el mundo que olvidarás tus obligaciones”. El noventa y cinco por ciento de los menores internados en reformatorios con cargos por delincuencia juvenil –calculaba Wertham– consumía ese tipo de entretenimiento y reunía todas las condiciones para corromperse a sí mismo con las drogas. 

A su estricto criterio ni siquiera escapaban aquellos cómics de fachada educativa, realizados con propósitos exploitation pese a venir auspiciados por universidades tan prestigiosas como la de Columbia, cuya realización se encomendaba a EC Comics y otras editoriales de tebeos. Uno de esos casos era el de Teen-age Dope Slaves (1952), aventura protagonizada por el doctor Rex Morgan, personaje ficticio en disposición de tira propia, Rex Morgan, M.D. (1948), creado por otro psiquiatra, Nicholas P. Dallis, y todavía en publicación. La franqueza y realismo con que abordaba problemáticas sociales como la toxicomanía, el acoso sexual, el trasplante de órganos y otras materias avalaban su popularidad, pero eso no disuadía a Wertham de condenarlo: “Cuando la drogadicción adolescente recabó la atención pública, eso condujo a la publicación de espeluznantes nuevos tebeos consagrados por entero a esa materia, como el titulado Teen-age Dope Slaves, que no es sino otra variante del crime comic de un personaje particularmente deplorable”. Tal monstruo era Manny, según se le presentaba en el tebeo, “el violento, brutal y criminal camello, que esclaviza rápidamente a sus víctimas, y luego las mata lenta pero efectivamente”. 

Comics code
Sello de aprobación del Comics Code y un muestrario de las diferentes tipologías de tebeos: underground, comercial y educativo.
Comic Dope Fiend Funnies
Sello de aprobación del Comics Code y un muestrario de las diferentes tipologías de tebeos: underground, comercial y educativo.
Comic
Sello de aprobación del Comics Code y un muestrario de las diferentes tipologías de tebeos: underground, comercial y educativo.
Portada de Harley Quinn
Sello de aprobación del Comics Code y un muestrario de las diferentes tipologías de tebeos: underground, comercial y educativo.
Teen-age Booby Trap
Sello de aprobación del Comics Code y un muestrario de las diferentes tipologías de tebeos: underground, comercial y educativo.

A Green Lantern se la sudan los adictos

A semejanza del personaje de Rex Morgan, el hecho de que Wertham fuera galeno titulado, y muy reputado gracias a su sinecura en la clínica de higiene mental Bellevue, infundía respetabilidad a la cruzada contra los cómics, por torticeros y artificiales que fueran los argumentos esgrimidos, siendo llamado a comparecer ante el subcomité del Senado que estudiaba el fenómeno de la delincuencia juvenil. Siguiendo su consejo, esos satánicos artículos eran vetados a los menores de quince años y se recomendaba a los editores que moderaran el tono. Imitando a Hollywood y para evitar la censura gubernamental, la Comics Magazine Association of America engranaba en 1954 su propio mecanismo censor, el Comics Code Authority (CCA), estipulando unas directrices por las que se proscribían imágenes violentas y el empleo de ciertas palabras y conceptos, de aplicación obligada si los tebeos querían contar con el sello de aprobación que permitía su distribución y venta. El código causaría estragos, llevando a la ruina a numerosas editoriales, sin alterar necesariamente el discurso que sobre las drogas venía desarrollándose en las historietas, en su mayor parte sensacionalista, afín a la paranoia antidroga propia de la época, amplificada por películas como Reefer madness (1936). De hecho, el CCA no impedía explícitamente la presencia de drogas, si bien una cláusula general desautorizaba “aquellos elementos o técnicas no mencionados específicamente aquí, pero que son contrarios al espíritu y fines del código y están considerados violaciones del buen gusto o la decencia”. 

Con anterioridad a la promulgación del código, el grueso de cómics jugaba la carta de la morbosidad al socaire de un mensaje que perseguía la erradicación del consumo, esencialmente de marihuana, la sustancia más visibilizada y demonizada durante las décadas de los treinta y cuarenta

 El primer ejemplo de esa casuística sería The marijuana racket (1937), una historia en la que un joven adicto entra en estado alucinatorio y asesina a una inocente. En I was a racket girl (1949), una aspirante a actriz y su prometido solucionaban su precaria economía involucrándose en el tráfico de yerba. El protagonista de Hooked-up killer (1951) aterrorizaba tres estados bajo los efectos del cigarrillo de la risa, especializándose en liquidar agentes de la ley. Sorry, no cigarettes today (1953) mostraba los esfuerzos de Yanquee Boy, un bisoño superhéroe sin poderes, por desmantelar un estanco en el que se traficaba con petardos de maría. Las excepciones a esa monomanía cannábica se daban en Mickey Mouse and the medicine man (1951), donde de la mano de tío Walt, el roedor y su colega Goofy descubrían la anfetamina y se la vendían a salvajes africanos, y The monkey (1953), sádica descripción del síndrome de abstinencia de un heroinómano. 

La entrada en vigor del CCA reforzaba esa moral estigmatizadora en complicidad con instituciones gubernamentales que practicaban un propagandismo parejo al de los cómics anticomunistas, tan abundantes durante la guerra fría. La US Government Printing Office patrocinaba Hooked! (1966), panfleto que, distribuido gratuitamente por las clínicas de metadona neoyorquinas, alertaba de los peligros de aficionarse a la heroína. El US Justice Department hacía lo propio con Teen-age booby trap (1970), folleto diseñado por el Bureau of Narcotics and Dangerous Drugs, luego reconvertido en la DEA, que repasaba las perniciosas consecuencias de consumir toda una cornucopia de sustancias, gráficamente influido por el estilo psiquedélico de los cómics underground resultantes de la contracultura. El mismo cometido cubría Users and losers (1970), editado por el Educational Aids of Long Beach, periódicamente distribuido entre estudiantes de instituto californianos hasta mediados de los setenta. Tal copiosidad profiláctica pretendía contrarrestar la avalancha que de 1966 en adelante inundaba el país de tebeos alternativos indiferentes al CCA y a su marchamo de aprobación, pues su distribución transcurría al margen de canales convencionales, básicamente en head shops y establecimientos propios del mercado hippy. 

Puesto que el CCA había bendecido la primera aventura de Deadman (1967), superhéroe de la DC Comics, combatiendo en ella este a unos contrabandistas de opio, en aras de reforzar su ascendencia sobre el público juvenil, el United States Department of Health, Education and Welfare contrataba los servicios de otra poderosa editorial, Marvel, para desarrollar una historieta que expusiera los peligros y miserias de la droga. Stan Lee la llevaba a viñetas, protagonizándola Spiderman, pero el CCA la rechazaba por describir el uso de sustancias. Lejos de amedrentarse, Lee publicaba en 1971, y sin el beneplácito del código, la historieta en cuestión: ...And now, the Goblin! La repercusión pública del caso propiciaba que el CCA revisara sus postulados, permitiendo a partir de entonces la concurrencia en los tebeos de narcóticos y adicciones, siempre que estos fueran reprobados. DC Comics aprovechaba la coyuntura para lanzar Snowbirds don’t fly (1971), una historieta de Green Lantern en la que Speedy, ayudante de su camarada Green Arrow, sucumbía a la heroína, deviniendo yonqui. Por si no bastara un titular en la portada que rezaba: “DC combate el gran problema de la juventud, ¡las drogas!”, el superhéroe del farolillo verde remachaba la connivencia con el código aseverando su desprecio por los toxicómanos: “Estoy en contra de los camellos porque depredan en la debilidad ajena, pero eso no significa que me compadezca de los yonquis. La vida es dura para todos. Si quieres suplicar humanidad, no te enfangues en el estupor de la droga”.

Comics prohibidos por Werham
Dos ejemplos de tebeos específicamente condenados por Werham.

Contra la pobreza, yerba 

Tanto DC como Marvel perseveraban en esa senda. La primera publicaba la trilogía Drug Awareness (1983), preventiva historieta de The New Teen Titans, pandilla de superhéroes adolescentes que se ponía al servicio del proyecto presidencial Drugs Awareness Campaign, cuya cabeza visible era Nancy Reagan; IBM y otras corporaciones patrocinaban la serie, incluyendo en las contraportadas una declaración antidroga. Eso no era óbice para que otro de los personajes de DC, el antihéroe vegetal The Swamp Thing, desarrollara en su organismo un tubérculo que ingerido por su amante humana en Rite of spring (1983), episodio guionizado por Alan Moore, le proporcionaba una experiencia psiquedélica de comunión con la Madre Tierra, triposamente ilustrada. Eso sí, a los impuros de corazón, o amantes del exceso, el alucinógeno bulbo les obsequiaba con cenobitas pesadillas. Marvel orquestaba por su parte Captain America goes to war against drugs (1999) con el concurso del FBI, escenario de la persecución y vapuleo por parte del musculado superpatriota de Crack, Jaco, Mister Chute, Yerba y otros señores de la droga. Paradójica doble moral, el anabolizado conmilitón había adquirido sus poderes inyectándose un suero experimental, motivo en sus primeros números de reprimendas por parte del vigilante CCA. 

Mientras las editoriales establecidas propalaban su servidumbre a la war on drugs declarada por Nixon en 1971, la contracultura ya había abierto nuevos mercados y tendencias. La industria del cómic intentaba adaptarse a la circunstancia sin importunar al CCA, y así The Teen Titans respondían a las tensiones sociales en boga, viéndose puesta a prueba su asunción de responsabilidades con conflictos raciales, protestas contra Vietnam y movimientos pacifistas. Lo más drástico de ese superficial aggiornamento titánico sería el personaje de Mad Mod, abyecto supervillano y diseñador de moda de Carnaby Street, que en The Mad Mod, merchant of menace (1967) trafica con drogas psiquedélicas camuflándolas en el vestuario de una estrella de la British invasion. DC también explotaba la catarsis del summer of love poniendo a la venta el efímero Brother Power the Geek (1968), superhéroe flower power encarnado en un maniquí que cobra vida y superpoderes después de recibir una transfusión de sangre de hippy y aceite de motor. En cuanto a Marvel, lanzaba el fugaz tebeo Comix Book (1974), reuniendo obras de dibujantes underground.

Si en Brother Power no se hallaba la menor referencia a las drogas, tan intrínsecas al devenir contracultural, el cómic underground, o comix –la x lo diferenciaba del cómic convencional, advirtiendo también del contenido adulto–, se convertía en un exuberante escaparate de ebriedades. Drogas, y todo aquello que amordazaba el CCA, explotaban en el cómic contracultural como si no hubiera mañana. Libre de la férula del código, la corriente de tebeos alternativos que entre 1968 y 1975 ilustraba el transcurrir de la civilización peluda, traspasando a imágenes la kermés lisérgica y tóxica en general, se desenvolvía sin otros tropiezos que los causados por obscenidad y pornografía, fuente del hostigamiento judicial del que resultaba víctima. Pero su peor enemigo era otro, causante del ocaso del género, como apuntaba Robert Crumb, el más célebre de los dibujantes underground: “Cuando empecé a dibujar mis locuras no tenía límites. Luego, los movimientos de izquierda se inventaron la corrección política. No puedes decir esto porque es sexista, racista, bla, bla, bla. Gente que en los sesenta estaba conmigo empezó a criticar mi trabajo diez años después”. Los centros nucleicos del comix serían Nueva York y San Francisco, y Zap Comix, la primera de sus publicaciones en disfrutar de éxito editorial. Patente o latentemente, Zap daba inicio a una contumaz y apologética celebración de las drogas, presentes en todas las publicaciones del ramo, que reflejaba la influencia del LSD en la técnica y narrativa de artistas como Crumb, Moscoso y Rick Griffin, cuyos dibujos se sumergían en una abstracción distorsionada y onírica, de alucinadora sinestesia, prescindiendo de tramas argumentales. 

En el plano de lo concreto, The Fabulous Furry Freak Brothers, de Gilbert Shelton, una divertida parodia del friquismo contracultural, aprehendía como ningún otro comix la esencia de la filosofía drogota que tan sabiamente residía en aquella máxima de Freewheelin’ Frank, uno de sus protagonistas: “La yerba te hará soportables los días sin dinero, el dinero no te hará soportables los días sin yerba”. Salvo heroína, los hermanos freak trajinaban con ahínco toda suerte de narcóticos, desde maría hasta ácido, pasando por estimulantes. A partir de 1971, tanto Shelton como Crumb y otros autores estadounidenses penetraban en Gran Bretaña en las páginas de Nasty Tales, objeto de un publicitado juicio por obscenidad en 1973, y cOZmic Comics, compensando así el declive del género que a mediados de esa década se producía en Estados Unidos; consecuencia, a su vez, más que de las críticas recibidas por estancamiento y estereotipificación, de la obsolescencia mercantil del negocio contracultural y efectos colaterales de la war on drugs, como la prohibición en muchos estados de la venta de parafernalia narcótica, lo que provocaba el cierre de numerosas head shops, condenando al comix a subsistir únicamente de la venta por correo. 

Green Lantern
DC Comics contra el imperio de la droga
Cocaine Comix
Cocaine Comix, el tebeo farlópodo
Cocaine Comix
Cocaine Comix, el tebeo farlópodo
Dope Comix #5
Dope Comix #5
Zap Comix no.2
Zap Comix no.2

Superpoderes farlópodos

La politoxicomanía gráfica se perpetuaba no obstante en un racimo de publicaciones post-contraculturales, varias de ellas exclusivamente inspiradas en las drogas. La británica Dope Fiend Funnies (1974) hacía gala de ironía y ambigüedad, también de crítica a la persecución judicial sufrida por el cómic underground inglés. Una de sus historietas más divulgada era “How to spot a dope fiend”, o ‘Cómo distinguir a un adicto’, manual de instrucciones para identificar los signos delatores de diferentes toxicomanías. En High Times hacía su aparición “Dope Raider” (1975), surreal deriva cannábica a cargo de un fantasmal esqueleto cowboy, permanentemente fumado y por lo general ocupado en pillar mandanga. Su título ya lo aclaraba, Cocaine Comix (1976), uno de cuyos artífices era George DiCaprio, progenitor de Leonardo, que orbitaba monotemáticamente alrededor de la farla, siempre con humor, como puede comprobarse en la historieta Godzilla vs. the cocaine monster. Desentonando entre tanto proselitismo, “Dope Comix” (1978) encubría bajo su aspecto underground propaganda en contra de las drogas, concluyendo que cualquier sustancia suponía una amenaza para la humanidad. Aunque de marchamo genérico, con una temática que reunía ufología, ocultismo, fenómenos paranormales, asesinos en serie y rarezas varias, Weird Trips (1978) también daba cabida a cómics de índole tóxica.

De la década de los ochenta en adelante, el cómic oficial recababa mayores dosis de atrevimiento, concibiendo personajes como Snowflame, supervillano de reparto en The New Guardians que, si bien solo aparecía en un episodio, “Blow in the wind” (1988), resultaba singularmente palmario: sus poderes los extraía de la ingesta de cocaína, capitaneando un peligroso cártel en Colombia: “¡Soy Snowflame! Cada célula de mi ser arde en un caliente éxtasis blanco. La cocaína es mi dios, y yo soy el instrumento humano de su voluntad”. Sin embargo, a la norma se incorporaban paulatinamente elipsis de las que emanaban ficticias sustancias, equivalentes más o menos camuflados de drogas reales –en los New X Man (2004) se trababa del farlopoide kick; en Sage (1980), del jacoso fadeway–, no obstante, prevalece la ideología war on drugs, implicando tanto a héroes como a villanos en indulgencias varias. Airboy (2015) era un vetusto justiciero aviador que caía en el vicio; supervillana del elenco de Suicide Squad (1993), Harley Quinn se atiborraba de sustancias químicas para igualarse a su amante, el Joker, quien a su vez segregaba un compuesto euforizante que inyectado a sus víctimas las hacía morir de risa. Quinn es uno de los cuantiosos personajes recientes en los que convergen la reactualización del género a raíz de sus adaptaciones cinematográficas y la contemporización que en estas se realiza con asuntos de actualidad, como la legalización medicinal del cannabis. En el segundo episodio de la adaptación televisiva de Legends of Tomorrow (2016), personajes como White Canary y Firestorm no solo fumaban yerba, sino que disfrutaban de la experiencia. 

DC, la editora de Legends of Tomorrow, hacía evidente su nueva postura procannábica a través de otras series. A John Constantine, el protagonista del tebeo de horror Hellblazer (1988), le obsequiaba por su cumpleaños The Swamp Thing una planta de marihuana de crecimiento ultrarrápido, convirtiéndose la celebración en una fumada colectiva. El volumen The Harley Quinn Anual # 1 (2014) incluía una suerte de “odorama” en su portada que permitía al lector olfatear aromas varios, entre ellos el de la yerba. No solo de maría se colocaban en DC. Resucitador de Animal Man y creador de Batman Arkham Asylum, el escocés Grant Morrison publicaba en Vertigo, subsidiaria de DC, The Invisibles (1994), donde quedaban reflejadas algunas de sus experiencias personales con las drogas. Así, personajes como Jack Frost y Lord Fanny realizaban viajes místicos bajo los efectos de sustancias alucinógenas. Por su parte, Marvel involucionaba en la percepción de la droga como una plaga a combatir. A partir de 1999 incluía en todos sus tebeos un inserto, “Fast Lane”, con mensaje anticannábico comisionado por la White House Office of Drug Control Policy como parte de una campaña mediática. En dicho cuadernillo, un vasto elenco de superhéroes prevenían al lector de las terribles consecuencias de fumar yerba: Capitán América, los Cuatro Fantásticos, Lobezno, Iron Man, Spiderman, etc. Todas las entregas de “Fast Lane” acababan reunidas en el álbum Spider-Man fights substance abuse (2012). Dado el cariz cobrado por la interrelación entre drogas y cómics en Estados Unidos, expresándose tanto en contra como a favor, el tampón del Comic Code Authority era revocado en el 2011. En cuanto al futuro que podemos especular para la mayor o menor tolerancia que aguarda a las drogas en el cómic, nos tememos que, como ocurre en tantas historietas, solo podemos decir aquello de “continuará...”.

Freak Brothers
Mortadelo y Filemon 078

Pociones mágicas

Ya se ha visto que hasta Mortadelo y Filemón establecían vínculos con las drogas. A los referentes citados cabe añadir el volumen Las embajadas chifladas (1991), escenario de una operación por la que varios embajadores españoles son víctimas de una “droga chiflatizante”. También son frecuentes en el cuartel general de la T.I.A. las apariciones de compuestos químicos desarrollados por el profesor Bacterio; en El antídoto (1973) se trata de un analgésico que opera una mutación en el Súper, transformándose su cabeza en la de un cerdo, por lo que los dos agentes salen en busca de un antídoto natural llamado “hierbajus apestosus repelentus”. En Astérix (1959), tanto el diminuto galo como su sobrealimentado compinche Obélix se benefician de los superpoderes otorgados por otro fruto de la herboristería, la poción mágica del druida Getafix. Tintín se las tenía con traficantes de opio y cocaína en Stock de coque (1958), El cangrejo de las pinzas de oro (1941) y Los cigarros del faraón (1934). Lubna, la novia del robótico Rank Xerox (1978), es una joven adicta a la que debe proteger de crueles bandas narcoviolentas. En Venom (1993), Batman incrementaba sus fuerzas administrándose unos adictivos “batesteroides”. Jean Giraud descubría la marihuana y, posteriormente, los hongos alucinógenos en México a mediados de los cincuenta, transformándose en Moebius y cambiando su estilo a partir de 1973. Obras como Arzach (1975), El garaje hermético (1976) y El Incal (1980) muestran las influencias de diferentes sustancias en el universo del dibujante francés, que a la edad de sesenta y cinco años dejaba de consumir marihuana, recogiendo las reflexiones resultantes en Inside Moebius (2009). No podemos olvidar tampoco las liaisons de su personaje Blueberry con el chamanismo amerindio y las sustancias expansoras, particularmente recogidas en la adaptación cinematográfica del 2004. 

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