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Clarita Brown Septiembre
Ilustración de Cristóbal Fortúnez

Vuelvo a Madrid consternada. Marcelo conduce y no quiero ni mirarlo. Debe ser que no soy moderna, pero no consigo apartar de mi mente la imagen de ayer tarde. El poliamor es una mentira más grande que la pareja, porque es una mentira que te la tienes que creer para disfrutarla. Y yo ya no creo en nada. Menos desde que he visto a Marcelo a cuatro patas aullando de placer. Siglos de engaño y desengaño romántico nos han hecho emparejarnos sin demasiada fe en el asunto. Y eso es bueno. Te gusta alguien, lo conviertes en tu novio, y acabas viviendo con él por comodidad, sin demasiadas exigencias. En cambio, los poliamorosos es como si hubieran asumido la peor herencia romántica, son más de dos y para justificar la aglomeración en la que viven están todo el día hablando de amor, del verdadero amor, del amor en libertad: ¡Qué condena! Y encima van dando lecciones a los demás, como si los demás viviéramos en el engaño.

Marcelo me había venido a buscar a Hinojosa. Hace tres días se presentó en aquel pueblo de doscientos habitantes y preguntando llegó a la casa-comuna-plantación donde la Trini y yo estábamos pasando unos días la mar de entretenidas. Me emocionó verlo aparecer. Le habían dejado un coche y había cruzado media España para recuperarme. Yo, por supuesto, no me eché a sus brazos y para que viera lo bien que me las arreglaba sin él, le presenté a Domingo, a mi amiga Miriam y los otros nueve habitantes poliamorosos de aquel caserón, y le insistí, maldita la hora, en quedarnos un par de días más.

Marcelo, un neófito en el cultivo de la marihuana, se quedó alucinado de la megaplantación que había en el sótano. Hasta se puso a tomar notas de todo lo que le iba diciendo Domingo: que si el pH, que si las lámparas de led, que si el potasio, que si el nitrógeno, que si los filtros de carbono… Era para ver a Marcelo preguntando y tomando notas como un colegial, bebiéndose las palabras de Domingo que ya debía estar pensando en lo que hacer con aquel alumno tan aplicado.

 Ese día nos dejaron tranquilos, nos fuimos a dormir y yo no quise que Marcelo me tocase, estaba contenta de que hubiese cruzado España para venir a buscarme, pero, después de lo que me había hecho con Violeta Porro, no lo iba a tener tan fácil. Ayer por la tarde, como era de esperar, hubo reunión “improvisada” en el salón chill out, un escenario perfecto para llevar a cabo mi venganza por la mala vida que Marcelo me había dado en Madrid. Mi plan era fundirme en el monstruo poliamoroso de brazos, bocas, pollas y coños que empezó a formarse, y follar con Domingo como había estado haciendo durante toda la semana anterior; solo por ver la cara de pasmado que se le iba a poner a Marcelo, merecía la pena intentarlo. Mi venganza no iba a ser total, el plan que me había montado en mi cabeza consistía en dejármela meter un poco por Domingo y luego llamar a Marcelo. En mi imaginación, Marcelo descompuesto, hecho un mar de celos, iba a caer sobre mí con toda su rabia y me haría el amor con la misma furia con la que me follaba cuando nos conocimos.

No sé muy bien qué pasó, tanto pensar en mi plan maestro debió distraerme. Porque cuando la Trini, Miriam y la embarazada de la Gertru me habían desnudado, él seguía en la puerta como un pasmarote. Cerré los párpados un momento y cuando los abrí, allí estaba Marcelo gimiendo como un loco a cuatro patas, sodomizado sin miramientos por Domingo, mientras Mariano le chupaba la polla. Qué asco de poliamor, qué asco más grande.

Nº 237 ya en los quioscos

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