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Mi corazón expandido
Ilustración: Cristóbal Fortúnez
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Marcelo, feliz por la venta de una gran partida de marihuana con destino a los países nórdicos, había decidido darle una semana de vacaciones a sus trabajadores y celebrar el día antes de que se fueran el fin de año. Así fue como me vi comiendo las uvas el pasado 27 de diciembre, en la alegre compañía del Morse y de los nueve mozos que conforman la plantilla de esta nave industrial dedicada, como dice Marcelo, “a la más bella flor”.

Marcelo, supongo que para no dejarme a solas entre tanta testosterona, había llamado en secreto a mi amiga Trini para que se sumara al despiporre. La Trini, siempre tan teatral, se presentó ataviada para la ocasión con unos enormes zapatos de plataforma, un vestido rojo ceñido, tres kilos de uvas moscatel colocados en forma de peluca sobre su cabeza y 20 pastillas de MDMA en una bolsita rosa que llevaba guardada en la canal de sus grandes pechos. Estábamos a punto de sentarnos a comer cuando apareció en la puerta: “¿Quién quiere comerme el postre?”, dijo proyectando la voz y como si acabara de salir de una tarta sorpresa.

Cenamos y preparamos las uvas, once por persona, y Marcelo agarró una cacerola y un cucharón para dar las campanadas. En la doceava campanada, como ya habrán adivinado los más listos, nos tomamos el éxtasis y gritamos a continuación: ¡Feliz año nuevo! Y nos abrazamos todos y empezó a sonar la música. El Morse había preparado un Sound Sistem como para una rave de miles de personas; le habíamos dejado que pinchara con la condición de que no se le ocurriera poner a su amado Bunbury. Puso bacalao o electrónica o algo así, esa mierda de música que tan bien suena cuando una está empastillada. Yo no tenía mucha experiencia con el MDMA y sucedáneos, en realidad ninguna. Una vez me tomé con los de mi clase de la facultad un éxtasis supuestamente buenísimo y a la hora y media estábamos dormidos en un portal. Luego le perdí el interés; hasta que en un especial de esta revista que me acoge leí que la sustancia antes proscrita estaba siendo utilizada con éxito en el tratamiento del estrés postraumático y otros dolencias cuya curación necesita recuperar la confianza en el ser humano.

¡Qué droga tan afable! ¡Cuántos abracitos a tutti plen! La Trini estaba feliz comiéndose la boca y acariciándose con todos los mozos del almacén y yo le preguntaba al oído a mi Marcelo si no podría poner una plantación de MDMA y dejarse de repulsivos cogollos. Marcelo, cariñosísimo, me decía que seguía enamorado de mí y que el vasto universo, con sus soles y sus agujeros negros, con su belleza y también con todas las injusticias del mundo, tenía un sentido: el de que los dos nos amásemos. “Nuestro amor es la razón última de este cosmos enloquecido. Quiero que lo sepas”, me dijo y yo le contesté que sí, que estaba de acuerdo.

De pronto aparecieron por la puerta un grupo de siete veinteañeras desarrapadas que fue muy celebrado por los trabajadores de la nave. La Trini las puso en fila y como un cura fue metiéndole a cada una en la boca una pastilla consagrada. Marcelo empezó a pinchar rumbas y en medio del bailoteo se me acercó una chica muy guapa, con un aire de cantante yeyé francesa de los sesenta, pero con rastras y brazos muy musculados. “¿Tú debes ser la novia de Marcelo, no?”, me preguntó y, antes de que se lo confirmara, se presentó: “Yo soy violeta. Hacía mucho tiempo que quería conocerte”.

Violeta, era Violeta Porro, la que yo unos meses atrás apodé como La Violona por haber descubierto que Marcelo me había sido infiel con ella. Cuántas veces imaginé que la encontraba y la golpeaba hasta hacerla sangrar. Y, sin embargo, debían ser los efectos de aquella pastilla, me pareció un ser angelical y hasta me gustó pensar que de alguna forma estábamos conectadas gracias a que Marcelo se había acostado con ella. “Hay que ver lo mal que me lo has hecho pasar”, le confesé al oído. Ella me tomó de la mano y me dijo que no temiese, que ahora que me había conocido le gustaba yo mucho más que Marcelo. Nos abrazamos y nos besamos y yo sentí que mi corazón se hacía grande como aquel cuarto, como aquella nave, como Madrid, como el universo entero. “Pero a Marcelo también hay que quererlo, ¿no?”, le dije entre beso y beso, y Violeta me contestó que sí, que había que querer a todo el mundo y que un triángulo es más bonito que una línea recta.

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