Pasar al contenido principal
Clarita
Compartir:

A ver cómo lo explico. La estrategia empresarial de Marcelo consiste en sacar adelante la plantación de hierba que ha montado en mi estudio y vender la cosecha a las asociaciones que hay cerca de casa. Según él la proximidad reduce los riesgos, y como ahora ya no viste de trapillo, se cree invulnerable con su americana y sus pantalones de pitillo: "La elegancia es mi burbuja protectora contra los cuerpos represivos del Estado". El caso es que dentro de su agenda dedica al menos dos horas diarias a las relaciones públicas, es decir, a ampliar y cultivar la amistad con los y sobre todo las que llevan los clubes cannábicos.

Yo no tenía ni idea pero parece que dentro de lo que Marcelo llama el movimiento cannábico organizado las porreras se han puesto en pie de guerra contra la cosificación de la mujer. Según me dice Marcelo hay mucho machirulo suelto y la belleza y la pechuga son muy valoradas a la hora de contratar a chicas en las asociaciones. "Yo, por ejemplo, me niego por principio a comprar cualquier abono, semilla o potenciador revienta cogollos que se anuncie con una tía buena en pelotas", me dijo el otro día. Y yo me reí, claro. "Marcelito, si te la cascaras pensando en Simone de Beauvoir, en Marie Curie o en mí misma, te tomaría en serio, pero machacándotela como te he visto machacártela con esas zorronas megaoperadas de Youporn, no cuela. ¿Les has soltado a tus nuevas amiguitas tu teoría de la orfandad lactante? ¿Se han creído eso de que tu fascinación con las tetas gordas tiene su origen en que de bebé te criaron solo con biberón?"

Yo en un primer momento pensé que el entusiasmo de Marcelo por el feminismo cannábico no era más que un interés crematístico o las ganas de ser aceptado en la  comunidad de fumetas organizados. Qué equivocada estaba. El asunto es que hace dos días Marcelo trajo muy contento un calendario que habían hecho en un club. Era el típico calendario de macizas que hay en los talleres mecánicos, pero con tíos: cada mes un tío enseñando el pitraco. “Ah, ya capto el mensaje de parodia feminista contra el machismo dominante”, le dije mientras ojeaba al descuido aquel escaparate de números y salchichones. De pronto, entre aquellos hombretones, me topé con Marcelo. “No puede ser”, dije; pero era él, claro que era él: recostado en el mes de marzo, sobre un tapiz de cogollos, con sus gafas de sol, su porro y su porra. Marcelo en carne viva, el mismo que en ese momento me estaba mirando en la cocina con cara de “sabía que te iba a gustar”. Cerré el calendario, y le pedí que se lo llevara fuera de mi vista.

–Marcelo, que hagas así el ridículo no tiene perdón.

–¿No te gusta?

–Me parece un horror y la tal Violeta Porro que firma la foto no sabe ni enfocar. Y vaya decorado de pensión de carretera.

–Pues yo sí que creo que Viole hace buenas fotos. Retrata muy bien ese mundo cannábico-casposo que no cuida el decorado, porque sabe que lo importante es el viaje; la carretera.

–De fumar concentrados te has vuelto idiota. Un idiota que de pequeño se creyó lo de que “todos tenéis lo mismo”. Eres con diferencia el modelo peor dotado. Y eso que se ve que te la has puesto morcillona antes...

Había algo que me inquietaba: ¿Quién era aquella Violeta Porro que firmaba la foto? ¿Por qué Marcelo le llamaba Viole? En aquella página del calendario había mucha información que procesar. De pronto encontré el elemento que ordenó el puzle: Marcelo tenía la punta de la polla húmeda.

–Hijo de puta, te la has follado. A la Violeta esa, te la has follado. Y vienes y me enseñas esto. Estás loco.

–Clarita, cálmate que no sé qué me quieres decir con eso.

–¿La polla a medio descapullar y con restos de semen y eres capaz de negarlo?

Marcelo se quedó mudo un rato y ante la evidencia acabó por reconocer su infidelidad. Lo malo fue que empezó a dar detalles queriendo quitarle peso al asunto. Así me enteré que la tal Violeta ante la preocupación de Marcelo de salir desfavorecido se puso a darle confianza. Demasiada confianza. Para que me entiendan: se puso a motivarle el miembro con sus manos hasta que se puso a hacerlo con los labios. Y él se corrió, claro; y luego se tumbó sobre la cama llena de cogollos, se puso las gafas de sol y se encendió su canuto. Y ella hizo su foto.

Han pasado dos días desde esta discusión y todavía no sé qué hacer.

Contenido patrocinado

Nº 261 ya en los quioscos y en nuestra librería virtual

Último número de la revista Cáñamo Último número de la revista Cáñamo