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Ilustración Mi vida con un fumeta
Ilustración: Cristóbal Fortúnez
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Hace meses que no sabemos de ti. Te imagino con un machete avanzando por la selva brasileña, tumbado en una hamaca frente al mar o cultivando un latifundio de marihuana en el Cauca colombiano. Violeta me contó que te habías ido a pasar el verano al Amazonas, a una cura de ayahuasca. Quizá has caído en las redes de algún chamán ayahuasquero, tú, que tanto te reías de la fascinación por el folklore y las religiones exóticas de los que viajan al tercer mundo en busca de salvación. Si ahora cierro los ojos te veo mecido por los icaros entre serpientes míticas de sabiduría ancestral, para, acto seguido, vomitar y cagarte encima mientras aseguras que nunca te has sentido mejor. A ti siempre te gustó combinar los extremos: el goce y el sufrimiento, el alma y el excremento.

   ¿Por qué te escribo esta carta? Porque me acuerdo de ti, claro. Y porque sé que no la vas a leer. Y porque tenía que escribir algo para la revista y estoy harta de hablar de mis éxitos empresariales y de cómo me aburre ganar dinero vendiendo marihuana a domicilio. Te escribo porque a veces pienso que estás muerto y eso me asusta y también me permite decirte que te quiero, sin tener que medir las palabras como cuando estabas aquí y éramos novios y me traías por la calle de la amargura. No todo era sufrir, ya lo sé, nos reíamos mucho. Me gustaban tus ocurrencias, tu forma entretenida de ver el mundo como un documental de animales y tu manera imprevisible de actuar. Violeta –con ella, como comprenderás, hablo mucho de ti– dice que has sido el hombre de mi vida y que estamos hechos el uno para el otro. A mí todo eso de las medias naranjas me parece una idiotez, pero es verdad que, desde que te dejé, con ningún hombre me he entendido como me entendía contigo. Follar he follado mucho, y es posible que con Nené y su pollón enorme haya disfrutado de lo lindo, pero follar también aburre. Al final, una polla, por grande que sea, no es más que un trozo de carne.

    Deben de ser las Navidades, que me ponen tristes con el frío y sus llamadas a la reconciliación familiar. El otro día escuché de pasada el anuncio ese del turrón, el de “vuelve a casa, vuelve, por Navidad”, y me acordé de ti y se me saltaron las lágrimas. Del verano para acá han pasado muchas cosas: se ha confirmado que España no tiene remedio, que cada vez somos más idiotas, que la gente está muy sola y busca cobijo en las muchedumbres, que las redes sociales son un lugar privilegiado para el odio, que los periódicos son una basura bajo la tiranía del clic y que definitivamente se ha perdido el sentido del humor. Todo es un agobio, un malestar difuso del que no se libra nadie. Y yo te echo de menos porque no tengo con quien reírme como me reía contigo.

    Quería escribir mis propósitos de año nuevo, pero no se me ocurre ninguno. Año nuevo, vida nueva. Todo suena a vieja canción repetida. Sin embargo, no quiero despedirme de ti con tristeza. Es posible, Marcelo de mis amores, que hayas muerto o que, en el mejor de los casos, ahora seas otro, un desconocido que ha conseguido dejar atrás su anterior vida y reinventarse en otros paisajes. Yo a veces me querría morir así, desaparecer de este mundo y aparecer en otro, sin internet y con mosquitos, a miles de kilómetros de aquí. Pero el miedo me puede, y luego me acuerdo de lo que decías tú, cuando eras tú y estabas aquí: que el verdadero viaje no es cuestión de geografía, que el verdadero viaje es interior.

    Sé que no vas a leer esta carta y sé que te la escribo precisamente con la libertad de saber que no la vas a leer. Sin embargo, a los reyes de la magia les pido que te la hagan llegar, que en uno de tus flipes ayahuasqueros el sonido de un canto bewá te sople mis palabras al oído, que puedas así escucharlas con el corazón, como yo te las estoy escribiendo. Y que vuelvas sin falta a mí, a vivir conmigo este año nuevo.

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