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Un esclavo en el jardín

Clarita Octubre
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Acabo de cumplir con Marcelo un año bajo el mismo techo. ¿Qué ha sido de mi casa y de mi vida en todo este tiempo? De momento lo más visible es que ha conseguido arrinconarme. Literalmente: ahora mismo les estoy escribiendo desde la mesita que he puesto en el rincón de mi dormitorio. Las invasivas plantas me echaron primero de mi estudio, y este verano, aprovechando mi escapada vacacional, Marcelo con su amigo el Morse extendieron el invernadero cannábico hasta el salón. Salir ahora de mi dormitorio, del baño o de la cocina es como avanzar por la selva, hace falta un machete para despejar el camino de esas ramas monstruosas que parecen penes peludos de burro percherón. Un asco para cualquier persona que no fume hierba ni practique el bestialismo.

Para colmo el Morse, llamado así porque se comunica solo con monosílabos, se ha revelado como un cannabicultor extraordinario. Viendo lo que ha sido capaz de hacer no me extrañaría que pronto anuncien también que la marihuana, o mejor dicho su cultivo, sirve para tratar el autismo. En el estudio y en el salón ha colocado unos andamios con lámparas led, ventiladores, aparatos de aire acondicionado y extractores que le permiten tener dos pisos de plantas a pleno rendimiento. La luz la siguen robando de una farola de la calle, pero ya no se ve el cable. En agosto, aprovechando el vacío estival, se vistieron con unos monos azules y un casco de albañil y armados con un pico, una espuerta de cemento y una escalera extensible que le mangaron a un técnico de Telefónica hicieron una roza en plena fachada para empotrar el cable que va de la farola hasta mi piso.

El Morse no es peligroso, pero asusta. Es gordo y grande y anda siempre en bermudas mostrando su blanco torso lleno de negro vello. A veces Marcelo se ausenta durante horas y nos quedamos los dos solos en el piso. Sé que nunca sale de la zona de cultivo y que ni siquiera tengo que darle conversación, pero me incomoda que esté ahí. El otro día estaba cantando y le mandé callar. Y es que hablar no habla, pero le había dado por cantarle a las plantas temas de Héroes del Silencio y no saben la pasión que le ponía. Mi capacidad de aguante es grande pero no infinita, y soy de las que piensa que, entre las muchas torturas que el ser humano ha inventado para mortificarse, solo hay una más dolorosa que escuchar a Bunbury: escuchar a un imitador de Bunbury.

Ayer hablé con Marcelo y le puse dos condiciones para seguir bajo el mismo techo. La primera fue que su amigo el Morse solo podía estar en casa cuando él estuviera. Y la segunda que, ya que había convertido las dos terceras partes de mi piso en un invernadero, pagase en adelante dos tercios del alquiler y de los gastos, unos 800 euros mensuales. Se resistió, claro, pero acabó aceptando. De paso me puso al corriente de sus previsiones crematísticas y, para mi sorpresa, todo esto que han armado es un negocio poco rentable. A partir de ahora, tras la inversión que han hecho en aparatos este verano, podrán sacar en el mejor de los casos cuatro cosechas al año de unos seis kilos cada una. El kilo lo venden a 1500 euros. Es decir que, si todo va bien, podrán ganar al año 36.000 euros. Descontando el alquiler y los gastos que empezarán a pagarme les van a quedar unos 1.100 euros mensuales para cada uno. Le pregunté a Marcelo si les merecía la pena el riesgo y el trabajo para ser dos mileuristas, y entonces –fría me quedé– me dijo que de mileurista nada, que él era el jefe y que el Morse era el becario y que los becarios están para aprender, no para cobrar. Marcelo, el revolucionario anticapitalista del que me enamoré, ha aprendido rápido la magia y el arte de maximizar los beneficios a costa de los más débiles.

El Morse parece feliz. Esta mañana le he llevado una tostada con mantequilla y mirándola como si fuera caviar del Volga me ha dicho la frase más larga que le he oído: “Gracias. Muchas gracias”. Animalito.

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