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Vacaciones con la Trini

Ilustración de Cristóbal Fortúnez
Ilustración de Cristóbal Fortúnez

En diez minutos la Trini pasa a buscarme con su coche y nos vamos a recorrer España. Hemos hecho un itinerario con doce paradas estratégicas. Nuestra intención es dormir en casas de amigos y antiguos amantes, o como dice poéticamente la Trini con su acento extremeño: “hartarnos de follar”. La Trini, además de mi gran amiga, es un disparate de mujer: nadie lleva con tanto garbo ni le saca tanto partido a sus kilos de más.

Entre Almodóvar y Fellini, es para verla con su escote imperio andando por la calle. Cuando llegué a Madrid tuve la suerte de compartir piso con ella durante los tres años más locos de mi vida. Y desde entonces, raro es el año que no nos regalamos una semana de vacaciones juntas. El verano pasado estuvimos en Portugal y el anterior cuatro días en Praga (en otra ocasión, si se portan bien, prometo contarles lo que hizo en ese viaje la Trini con el palo del selfie). Este año, como ella está en paro y yo es como si estuviera viuda, hemos pensado viajar todo el mes de julio y ya veremos si agosto también.

En un mapa de España estuvimos ayer marcando con rotuladores de colores los nombres de nuestros destinos: Juan Carlos, Chinorri, Alfonso, Pedro, Martín, Fidel, Alberto, Pituso, Andrés, Guillem, Juanpa y Abdul. “¿Dónde vamos primero?”, le pregunté, y la Trini poniendo un dedo en La Vera del Sanabre me respondió: “¡A Pedro! A Pedro que tiene unas hermosísimas vistas”. Trini y yo nos pasamos las horas riéndonos la una de la otra. Cuando le conté que Marcelo se había dejado felar por la Violeta Porro, y que tenía que irme de casa cuanto antes porque los celos me habían provocado una obsesión hipersexual, a la Trini le salieron agujetas en el estómago de tanto reír. Luego me dijo que, por supuesto que sí, que contara con ella, que íbamos a corrernos unas vacaciones inolvidables. Lo de corrernos lo dijo recreándose mucho en las erres.

No eran estas mis vacaciones ideales. O no del todo. Si soy sincera me hubiera gustado también irme con Marcelo unos días a la playa. Pero no puede: “Un cannabicultor de interior –me dijo cuando se lo propuse– no tiene vacaciones. Su responsabilidad es con las plantas. Y eso de las vacaciones es una cosa muy burguesa, y lo de la playa, ni te cuento: puro capitalismo”. La felación de la Violona y que yo, víctima de mi inseguridad y de mi libido, lo persiguiera a todas horas, le había hecho sentirse importante. “Vete tú, si quieres, y mándame una postal desde un paraíso de turistas cremosos”. No puso la misma cara cuando le apunté el número de cuenta del casero para que pagase el alquiler a primeros del mes de julio y del mes de agosto. Había vendido su primera cosecha y tenía dinero, ya estaba bien de ser un mantenido. En otras circunstancias no me habría fiado de él, pero teniendo un cultivo de interior a plena producción, no se arriesgaría a que el casero se presentase en casa a reclamar.

Acaba de sonar el timbre. La Trini me espera en doble fila. Marcelo está durmiendo en la cama, babeando mi almohada. Ayer se dedicó a fumar en su pipa con piedra de titanio unas extracciones que le había regalado su amigo el Morse. Cuando se despierte ya no estaré. “Adiós, Marcelo, sigue soñando mientras dejas escapar a la mujer de tu vida”, le digo para mis adentros, sin saber si a mi vuelta seguiremos juntos o no. En su guerra contra el progreso, Marcelo –que no sabe lo que es Facebook y que hasta olvidó la contraseña para acceder a su correo electrónico–, ahora se niega a tener teléfono, así que sí, si quiero comunicarme con él tendré que escribirle una carta. Los amores postales tienen su encanto, pero no sirven para llenar un verano.

“¿Adónde me llevas?”, le pregunto a la Trini mientras arranca. Y moviendo sus pestañas con extensiones me responde: “A Pedro primero, a Guillem después, a Fidel un ratito más tarde, a Pituso, con una noche basta, a Juanpa entremedias y luego no sé… Al gran Abdul. Al monstruo de Abdul lo dejamos para el final, de postre, que Abdul deja siempre buen sabor”.

Allá vamos.

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