La intervención arrancó con la vigilancia a un vehículo de alta gama que, según la investigación, realizó maniobras evasivas durante cerca de una hora. Los agentes se adentraron en el bosque y presenciaron a dos hombres que golpeaban a un tercero mientras otros dos custodiaban la escena con armamento de guerra. En ese momento se produjeron disparos contra los policías y una persecución a pie que terminó en las detenciones.
Con la zona asegurada, los agentes rastrearon el terreno hasta dar con una cavidad subterránea de grandes dimensiones, con la entrada disimulada por vegetación. Dentro, hallaron 30 fardos de arpillera que sumaban 1.056 kilos de cocaína. El comisario de la Brigada Central de Estupefacientes (UDYCO), explicó que sería el primer “narcozulo” de estas características detectado en España y que se estarìa utilizando para ocultar y gestionar, de forma más efectiva, su entrega.
El escondite, según la información difundida, contaba con una cámara orientada al acceso por un camino cercano y con inhibidores de frecuencia, elementos pensados para ganar tiempo ante seguimientos o irrupciones. En el operativo, además de la tonelada de cocaína, también se intervinieron armas largas consideradas de guerra junto a equipos de transmisión y material que imitaba los chalecos de la Guardia Civil.
El “narcozulo” de Marbella funciona más bien como síntoma ya que cuando la presión policial estrecha rutas y almacenes, la infraestructura en el narcotráfico se tecnifica y se blinda. La combinación de contravigilancia, suplantación y fusiles de asalto no solo habla de cocaína, sino de un mercado que se rearma para sostener su negocio y disputar cargamentos.