En Canadá, donde el acceso legal para adultos rige desde el 17 de octubre de 2018, el debate público suele alternar entre el entusiasmo del mercado y el alarmismo sanitario. En ese péndulo se pierde una obviedad estadística que indica que la mayoría de consumidores no se ajusta al estereotipo del “usuario dependiente”. El equipo de la Université de Montréal, encabezado por Marie‑Pierre Sylvestre, propone describir qué caracteriza a quienes se mantienen en un carril de menor riesgo, para orientar mejor la prevención.
El trabajo, publicado en el Journal of Cannabis Research, analizó una cohorte seguida desde la adolescencia (Nicotine Dependence in Teens). En la medición 2022–2023, el 44% reportó consumo en el último año. Dentro de ese grupo, el 37% fue clasificado como de mayor riesgo y el 63% como de bajo riesgo mediante el Cannabis Abuse Screening Test (CAST). Según el autor principal, Guillaume Dubé, el grupo de bajo riesgo “se parece más” a quienes no consumen que a quienes concentran señales de posible trastorno.
Si bien la frecuencia importó y fue el factor más fuerte, no explicó todo. El perfil de mayor riesgo apareció con más frecuencia entre hombres, personas con menor nivel educativo y quienes reportaron peor salud mental, sobre todo ansiedad. Además, fumar cigarrillos o consumir cannabis mezclado con tabaco, y tener ansiedad elevada (GAD‑7 > 10), se relacionó con una menor probabilidad de quedar en el grupo de bajo riesgo.
El hallazgo no es un aval para banalizar el consumo del cannabis, sino para reorientar políticas de prevención. Si parte de los daños se concentra en usos intensivos, en la mezcla con tabaco o en consumos que conviven con malestar psicológico, la política pública gana cuando deja de moralizar y se centra en qué se consume, cómo, con quién y en qué contexto emocional.