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Neurociencia y epigenética reabren el debate sobre la teoría del mono drogado

La hipótesis “del mono drogado” asociada a Terence McKenna volvió a circular con fuerza esta semana a partir de un artículo en DoubleBlind que recupera el argumento de lo que en los 90 sonaba a mito y hoy se discute, al menos como posibilidad, a la luz de avances en neuroplasticidad, epigenética y genómica de hongos. Pero ¿estamos ante una historia sugestiva que plantea preguntas científicas o ante un atajo explicativo sin evidencia directa?

La “teoría del mono drogado” nunca fue una teoría en sentido estricto. Es, como mucho, una hipótesis:donde se sostiene que el contacto reiterado con hongos psilocibios en el Pleistoceno habría influido en la cognición humana, favoreciendo capacidades como el reconocimiento de patrones, la creatividad o el lenguaje. Su potencia cultural –y su debilidad científica–  supone un catalizador químico para un proceso multifactorial, la encefalización y el surgimiento de conductas simbólicas, que la antropología y la biología evolutiva explican con un conjunto de presiones y cambios (dieta, cooperación, tecnología, fuego, ecología).

En un texto publicado en DoubleBlind, Dennis McKenna, hermano de Terence y etnofarmacólogo, sostiene que el contexto científico cambió lo suficiente como para que la hipótesis deje de ser solo una ocurrencia atractiva. El punto no es “probar” que un hongo hizo humanos a los humanos, sino discutir  cómo la evidencia acumulada sobre neuroplasticidad sugiere que el cerebro adulto puede reorganizarse más de lo que se pensaba. 

Por su parte la epigenética abrió el debate sobre cómo ciertos impactos ambientales (dieta, estrés, exposición química) pueden modular la expresión génica y, en algunos casos, dejar huellas transgeneracionales. Es en este marco que vale la pena preguntarse si una sustancia como la psilocibina induce cambios neuroadaptativos repetidos en individuos y comunidades, ¿podría haber influido –directa o indirectamente– en trayectorias culturales y biológicas?

Incluso hay quienes consideran razonable que nuestros ancestros “probaran” hongos en su entorno, aunque reconocen que no hay evidencia arqueológica directa de consumo de psilocibina en los primeros Homo. Los hongos son tejidos blandos que rara vez fosilizan y, a diferencia de otras drogas vegetales, no dejan residuos claros en cerámica o huesos. En esta discusión, lo que aparece como “nuevo” es la suma de indicios circunstanciales como  reconstrucciones paleoambientales sobre pastizales y grandes herbívoros generadores de estiércol donde podría proliferar el hongo. Sin embargo, este rompecabezas propuesto, continúa incompleto.

Mientras tanto, la ciencia sí avanza aportando datos claros sobre los hongos y el de la biología molecular de los psicodélicos. En 2024, una revisión publicada por la revista Lilloa (Fundación Miguel Lillo, Argentina) exploró, desde un enfoque multidisciplinario, cómo la psilocibina y la psilocina pueden desencadenar efectos neurológicos y psicológicos significativos y puso la hipótesis en diálogo con preguntas evolutivas (adaptaciones, disponibilidad de alimentos, éxito reproductivo y supervivencia).

En paralelo, estudios genómicos sobre el género Psilocybe ayudaron a afinar la historia evolutiva de los hongos psilocibios y así saber cuándo y cómo apareció la capacidad de producir psilocibina. Aunque esto no responde a si los homínidos la consumieron, sí desmonta simplificaciones.

La oleada actual también incluye investigación en curso que todavía no ha pasado por revisión por pares. Un preprint en Research Square mapeó genes “responsivos” a psicodélicos a partir de estudios transcriptómicos y los cruzó con atlas cerebrales humanos: entre sus resultados, reporta enriquecimiento de esos genes en neuronas piramidales corticales y una sobrerrepresentación entre genes asociados a “regiones aceleradas” en la evolución humana. Es un dato tentador para quienes buscan un puente entre psicodélicos y evolución, pero conviene recordar que es una evidencia preliminar, útil para orientar hipótesis, sin que el debate concluya.

Es posible que la persistencia de la “teoría del mono drogado” diga tanto sobre nosotros como sobre nuestros ancestros. En tiempos de renacimiento psicodélico, la tentación de encontrar un origen único para la conciencia funciona como una genealogía química para lo humano. Pero si algo muestra el nuevo ciclo de investigaciones es que el aporte más interesante de esta hipótesis quizá no sea “tener razón”, sino obligar a formular mejores preguntas sobre entorno, cultura, cerebro y evolución. 

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