La investigación, realizada por equipos de las universidades de Iowa, California en San Diego y Arkansas, identificó a más de 2.800 cuidadores informales dentro de la muestra general, principalmente cónyuges e hijos adultos. Entre ellos, algo más del 36 % declaró haber consumido cannabis en los últimos doce meses, frente a cerca del 28 % entre quienes no ejercen labores de cuidado.
El uso, detalla el estudio, es especialmente frecuente cuando atienden a personas con Alzheimer u otras demencias, lo que sugiere que muchas veces se recurre al cannabis como herramienta de autocuidado frente al estrés, el dolor o el insomnio, más que como consumo meramente recreativo.
En un estado como California, con amplia regulación del cannabis médico desde finales de los años noventa y de uso adulto desde 2016, estos datos ponen el foco en aquellas personas mayores que sostienen buena parte del trabajo de cuidados sin apoyo ni remuneración.
Para las personas cuidadoras, el estigma sigue dificultando el diálogo con el sistema sanitario y el acceso a información clara sobre los riesgos, por ejemplo, en la dosificación. En ese sentido, la investigación sugiere que ignorar este consumo no lo hace desaparecer, sino que empuja a muchas personas a manejarlo en silencio y sin acompañamiento profesional.
El estudio no describe un fenómeno marginal, sino una realidad extendida en sociedades envejecidas donde quienes cuidan recurren al cannabis como una pieza más de su caja de herramientas para seguir adelante. La cuestión de fondo ya no es si “deberían” usarlo, sino por qué las políticas públicas siguen ignorando sus necesidades en lugar de garantizar apoyos, formación y espacios de respiro. Por eso, integrar el cannabis en una conversación honesta sobre cuidados permitiría abordar mejor riesgos y beneficios, reforzando al mismo tiempo el derecho a cuidar y a ser cuidado con dignidad y sin miedo.