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La espiral de la violencia

O cómo la marihuana ha pasado del romanticismo de compartir unas risas a ser dinero fácil.

Foto policial de un decomiso en Jumilla (Murcia).
Foto policial de un decomiso en Jumilla (Murcia).

Hasta hace poco se podía hacer la broma y decir que sí, que la marihuana mataba: que un fardo lleno de susodicha planta le cayó en la cabeza a un marinero acabando con su vida… El caso es que desde hace un tiempo cada vez hay menos lugar para la broma y más violencia alrededor de nuestra planta amiga, incluso con muertes asociadas de una u otra manera con ella.

En octubre se habló del asesinato de una mujer en Masquefa (Anoia) y en septiembre los periódicos nacionales recogieron la noticia de la muerte de dos hombres en Santa Coloma de Gramenet al pelearse a cuchilladas por una plantación de marihuana.

El cultivo de cannabis comienza a ser un negocio seductor, tanto por la rentabilidad económica como por la penal, ya que estos delitos acostumbran a acabar con penas relativamente bajas. En los últimos años, España y especialmente Cataluña, se han convertido en el vivero de marihuana de Europa, llamando la atención del crimen organizado: grupos del Este aprovechan las rutas del tráfico de heroína y cocaína para exportar marihuana desde aquí y recientemente se han sumado al negocio bandas de magrebíes que tienen como principal objetivo la sustracción de plantaciones de marihuana, tanto de interior como de exterior.

Así pudimos leer hace poco en la prensa la detención de los doce miembros de un grupo criminal que se dedicaba a cometer esto robos con violencia en la provincia de Girona.

Una planta de exterior puede producir 300 gramos, lo que antes tenía el valor de un mes de risas con tus amigos ahora se ha convertido, si tenemos en cuenta el precio que alcanza por la prohibición en los países nórdicos, en 6.000 euros de dinero fácil.

Un dinero muy fácil de conseguir sin ni siquiera tener que plantar, pues el que ha sido robado no denuncia, al temer más el remedio que la enfermedad. Es muy habitual, y los ladrones lo saben, que la denuncia por haber sufrido el robo de plantas acabe en contra del denunciante por delito contra la salud pública. Esta falta de amparo legal ha dado lugar a las autodefensas: un recurso peligroso cuando en otoño los cultivadores se atrincheran fuertemente armados en las zonas donde han plantado la marihuana para evitar los robos. Lo que a su vez, confirmando el dicho de que la violencia engendra más violencia, ha dado alas a los ladrones que, a cara descubierta y bien armados con bates de béisbol, pistolas, sables, palos y machetes, asaltan sin achantarse cualquier cultivo de marihuana, por protegido que esté.

Soy presidente de un club cannábico, con la finalidad reconocida de producción para un circuito cerrado de socios. Plantamos dos plantas por socio desde hace casi 12 años en el mismo sitio, un lugar discreto donde los vecinos están informados, donde todo estaba tranquilo, hasta que alguien nos delató. Al parecer fue un adicto a la cocaína quien a cambio de 50 gramos informó a su camello de la existencia de nuestro cultivo. Este traficante de cocaína informó a su banda, la cual se presentó a las tres y media de la mañana en mi casa, donde siempre había dormido con la puerta abierta. No me dio tiempo ni de vestirme cuando ya estaba recibiendo patadas y puñetazos. En calzoncillos y en medio de la noche, amenazado con un sable y un bate de béisbol, me hicieron acompañarles hasta la plantación. Muerto de frío y con un sable en mi cuello tuve que ver cómo me robaban mi furgoneta llena con toda la hierba de la asociación que les cupo dentro.

Antes de marcharse aprovecharon que tenían la casa abierta y que vivo solo en la montaña para remover cajones, armarios, sofás, colchones, cuadros… hasta levantaron las tapas de las cisternas de los váteres buscando no sé qué. ¡Cuántas películas han visto! Se llevaron lo que tenía de valor –el ordenador, la tableta y el teléfono– y me dejaron atado y encerrado en casa.

Tardé poco en desatarme y me fui al pueblo andando para despertar a un colega y llamar a la policía. Y sí, declaré en comisaría denunciando el robo y la agresión.

Ha pasado más de un mes desde el asalto y la policía ni siquiera me han llamado para ver fotos de reconocimiento; tampoco para imputarme ningún delito.

Esta espiral de violencia y esta inseguridad jurídica continuarán mientras no haya una regulación clara, que incluya licencias de cultivo. ¿Hasta cuándo seguirán nuestras autoridades aplazando la regulación?

Nº 239 ya en los quioscos

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