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Lo llamaremos Éxtasis

Michael Clegg, que había abandonado el sacerdocio con veintiséis años, probó la MDMA en una playa mejicana en 1978 y tuvo una visión que le devolvió la fe: “Desde ese día mi misión fue llevar éxtasis por el mundo entero”.

Hola. La historia de Michael Clegg lo tiene todo: un exsacerdote católico del South Chicago vive una experiencia mística con la MDMA, se vuelve un misionero de la sustancia, después se convierte en capo del mercado legal de éxtasis durante los ochenta en Texas, luego se transforma en un supercamello global, con avión privado, operando desde Brasil, hasta que lo detiene la DEA en 1992 y, tras una temporadita a la sombra, finalmente, muta en maestro espiritual hindú e instructor de yoga. Y encima, Michael Clegg fue el menda que nombró a la MDMA como éxtasis. Parece mentira que no le hayan hecho una serie, pensé el otro día, pero me equivocaba: ¡ya la están haciendo! 

Nuestra querida MDMA, como todos sabemos, se había descubierto en 1912 y, pese a algunos experimentos de la CIA en los sesenta, no se extendió relativamente su uso hasta la segunda mitad de los setenta, cuando Shulgin la probó, le encantó y la dio a conocer a varios psicoterapeutas, especialísimamente al simpar Leo Zeff. La MDMA, entonces conocida como Adam, se mantuvo en el underground de las consultas, mientras el llamado Grupo de Boston fabricaba y distribuía la ambrosía en un circuito reducido al ámbito terapéutico. 

Michael Clegg, que había abandonado el sacerdocio con veintiséis años, probó la MDMA en una playa mejicana en 1978 y tuvo una visión que le devolvió la fe: “Desde ese día mi misión fue llevar éxtasis por el mundo entero”. A eso se dedicó, a repartir la buena nueva en forma de pastillas, primero en reuniones y fiestas en su casa, pero pronto necesitó más, mucho más, muchísimo más. Y empezó a cobrar. En California conoció a Bob McMillen, un contrabandista de marihuana (quien, por cierto, asegura que lo de “Éxtasis” fue idea suya y no de Clegg), y a una química idealista llamada Carina Leveriza-Franz. Con ellos llegó a fabricar y distribuir hasta un millón de pastillas de éxtasis al año en su momento álgido: vendían por correo, contra reembolso, en tarros de pastillas Sassyfras o Therapy, por teléfono en el número 1-800-ECSTASY, en bolsas de comida para conejos, mediante ventas piramidales en salones de hotel, repartiendo publicidad del Éxtasis por la calle...

Entre 1981 y 1985, Texas y, en concreto, la ciudad de Dallas fueron el epicentro mundial de una cultura de baile, fiesta y MDMA legal. A Michael no le parecía comercial el nombre de Adam y tampoco Empatía, otro de los nombres primigenios de la sustancia, y tuvo una ocurrencia comercial convertida en leyenda: “lo llamaremos Éxtasis”. Pirulas de entre 100 y 125 mg de MDMA pura a veinte dólares la unidad. El epítome de aquella escena propulsada por el éxtasis fue la Discoteca Starck, diseñada y construida por un entonces desconocido arquitecto francés, Philipe Starck, en el centro de Dallas. Con sus baños unisex, en cabinas separadas por bloques de cristal y televisores con sensor de movimiento; con su pista de mármol negro y, sobre todo, con sus camareros con camisetas con la leyenda “I got X”, vendiendo legalmente pirulas en la misma barra, por la que resbalaban las cajas de cerillas llenas de pastillas. Una discoteca que algunos recordarán porque sale en Robocop (Paul Verhoeven, 1987) y por la que, además del policía biónico, desfilaron famosos de toda ralea, de Grace Jones a Peter Hook, de Timothy Leary a Dee Dee Ramone y Larry Hagman, de George W. Bush a Prince, pasando por los Led Zeppelin al completo. Y aceptaban pago con tarjeta. 

El desparrame tejano aceleró, según nos dicen las autoridades, la represión del éxtasis, tan deseada por un Ronald Reagan que la prohibió e incluyó en la pérfida Lista I en 1985. Michael Clegg se hizo camello, se compró un avión y siguió vendiendo pirulas hasta que le colocaron y se lo quitaron todo (incluyendo unos míticos bidones de doscientos litros de aceite de safrol que se llevó a Brasil...). Hoy, ya convertido en el iluminado y venerable Satyam Nadeen, hace yoga en el norte de Georgia, frente a las montañas Blue Ridge. En la prisión federal en la que sirvió cinco años escribió un libro sobre su renacimiento espiritual sin drogas (From onions to pearls, 1999). No sabemos qué opinará sobre el nombre con el que se conoce desde hace ya tiempo a la MDMA en Estados Unidos: “Molly”. Apostaría a que también se le ocurrió a un camello. Adiós. 

Este contenido se publicó originalmente en la Revista Cáñamo #338

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