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Toda fe es superstición

Antonio Escohotado

Pensador, ensayista y profesor universitario español. Obtuvo notoriedad pública por sus investigaciones acerca de las drogas, y son conocidas sus posiciones antiprohibicionistas.

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Los panteras negras denunciaron a sus contemporáneos, los hippies, como niñatos blandos que optaban por huir del Sistema en vez de vencerle, con algo tan insolidario como “una revolución privada”. Y, en efecto, eso persiguió un círculo de aventureros sin programa ni reglamento, cuyos primeros signos de existencia remiten a 1965, cuando unos 15.000 jóvenes se asentaron en la confluencia de dos calles en San Francisco, aprovechando los alquileres baratos de casas antiguas, y escandalizaron al vecindario con hábitos como compartir ingresos y pareja.

Casi tan ultrajante fue declarar que el cerebro se “alimenta” con LSD y psilocibina, por más que ambas substancias fuesen legales y estuvieran aureoladas de prestigio científico, pues centenares de profesionales se servían de ellas para facilitar la transferencia en psicoterapia, combatir todo tipo de adicciones, potenciar la creatividad artística, e incluso devolver conciencia moral a criminales empedernidos.

En octubre de 1966, cuando California se adelantó al resto del mundo prohibiéndolas, la reacción de la hermandad –tan espontánea y descentralizada como el resto de las que iría adoptando– fue una secuencia de happenings al aire libre, iniciada en enero de 1967 con el primer Encuentro de las Tribus (Human Be-In), seguida por el Verano del Amor, el concierto de Monterrey y los megafestivales de Woodstock y Wight, donde muchedumbres cercanas al medio millón de personas desafiaron lo verosímil al convivir tres días sin reyertas en espacios desprovistos por completo de intimidad, viajando casi todos con grajeas de 300 microgramos y un 99,9 de pureza, las orange sunshine. Por supuesto hubo viajes malos y difíciles, pero ninguno desembocó en violencia, y del abastecimiento –gratuito o semigratuito– se ocupó la Fraternidad del Amor Eterno, también llamada “mafia hippie”, convencida de que el viaje es un regalo sacramental e introduce en la noosfera.

Esto último suele atribuirse al psicólogo y profesor Timothy Leary (1920-1996), si bien Leary precisó que la idea de saltar a esa dimensión le vino de un almuerzo con su amigo y colega Marshall McLuhan, padre conceptual de la propia noosfera y lo bastante familiarizado con el fármaco para sugerir el verso “Psychedelics hit the spot / Five hundreds micrograms is a lot”. Una década después, cuando unos pocos millones de peregrinos combinaban vida itinerante y sedentaria a través de sedes en cuatro continentes, Steve Jobs recuerda que “en Silicon Valley todo estudiante de secundaria leía a Leary”, mientras él alternaba la revolución del microprocesador con desapego hippie, durmiendo en el suelo de casa de amigos, devolviendo botellas de Coca-Cola para comer y dándose un banquete semanal gratuito en el templo local de los Hare Krishna.

Leary grabando con John Lennon y Yoko Ono "Give Peace a Chance (1969). Poco después fue encarcelado, pero no perdió la sonrisa.
Leary grabando con John Lennon y Yoko Ono "Give Peace a Chance (1969). Poco después fue encarcelado, pero no perdió la sonrisa.

Una organización sin organizador

La pleamar totalitaria del siglo xx nació apostando por medidas eugenésicas, con una vocación depuradora de clases, razas, naciones e individuos que no encontró la horma de su zapato autoritario hasta el “haz el amor y no la guerra”, una evidencia ética convertida en praxis cotidiana. El lema podía identificarse con gente dedicada a vender artesanía en mercadillos, fiel a algún gurú indostánico y vestida de manera pautadamente estrafalaria; pero la invitación a una paz libidinosa partió de bardos con la elocuencia de Cohen y Dylan1, y el movimiento contó desde el principio con físicos y químicos que tenían o tendrían el premio Nobel –como Richard Feynman, Stephen Smale y Kary Mullis–, con los genios de la música pop, ilustradores como Lichtenstein o Warhol y una pléyade de otros talentos. Fue en esos años de apertura cuando los progresos en computación y observación permitieron a Prigogine, Mandelbrot y otros renovar el paradigma científico clásico planteando un paradigma de la complejidad, tras descubrir fenómenos de autoorganización y órdenes de grano fino en campos antes descartados por caóticos.

Leary opreso

El flower power y el black power nacieron con un número parecido de militantes, casi al tiempo y en el mismo lugar –uno en San Francisco y otro al lado opuesto de la bahía, en Oakland–, sugiriendo a periódicos del momento que un programa tan minucioso y ensayado como el bolchevique auguraba al segundo un futuro no expuesto a las fragilidades del primero, a fin de cuentas improvisado sobre costumbres no obligatorias como vivir en el campo o copular al poco de conocerse. Sin embargo, estar al servicio de una u otra verdad revelada impone estructuras jerárquicas, que reducen drásticamente la información manejada para ir decidiendo, y en 1969 unos 10.000 miembros del Black Panther Party se habían contraído a 27, mientras la acracia aprovechaba su estructura reticular para crecer exponencialmente.

En mayo de ese año, cuando Nixon le considera oficialmente enemigo público número uno del país, Leary reaparece en un hotel de Montreal compartiendo cama con Yoko Ono y John Lennon en un bed-in por la paz. Reitera con la jovialidad de siempre su “piensa por ti mismo y cuestiona la autoridad”, y agradece a Lennon que fortalezca al movimiento con los temas “Come together” y “Give peace a chance”, actualizando con ello la misa de coronación representada desde 1965 por el Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band. Será lo último que haga antes de ser detenido, aunque el mes no termina antes de frustrarse el intento de cargar con LSD un té servido en la Casa Blanca2.

En junio Leary se fuga de la cárcel gracias a los weathermen, brazo armado del sindicato Estudiantes por una Sociedad Democrática, que para forzar la retirada de Vietnam detona unas mil bombas en edificios gubernamentales, aunque rechaza el derramamiento de sangre tanto como el resto de la contracultura norteamericana, y se las ingenia para no producir una sola víctima mortal. Por su parte, los weathermen burlan a policías y aduaneros ayudados por 25.000 dólares que dona la Fraternidad del Amor Eterno, dedicada por entonces a mover toneladas de hash afgano y marihuana para sostener la disponibilidad planetaria de su orange sunshine.

Nixon ordena perseguirle, presionando a gobiernos africanos, europeos y asiáticos hasta lograr que el soborno funcione en Kabul, y antes de que 1969 termine vuelve a cumplir su pena de treinta años; los veinte impuestos en 1965 –por llevar su hija un gramo de hierba escondido en el sostén cuando cruzaban la frontera mexicana– y otros diez por rebeldía. No obstante, cinco años más tarde el movimiento está autodisolviéndose de modo tan impersonal como surgiera; Leary ha dejado de ser un demagogo peligroso y cuando el gobernador de California le indulte, en 1976, reina la distensión general de haber pasado página con respecto a lo más intolerable, que eran la discriminación étnica y Vietnam. En vez de promover nuevos Woodstocks, él mismo entiende que la psychedelic revolution puede felicitarse de lo cumplido con dulzura y buen humor, dando “pasos irreversibles hacia un nuevo paganismo, y una dedicación a la vida como arte”. Más adelante dirá que “el ordenador personal es la LSD desde los años noventa”, y reacciona al cáncer de próstata siendo fiel a su vena histriónica hasta el final. Eso supone organizar la filmación de su agonía, un trance atemperado por mucho ácido y las más selectas preparaciones de cannabis –sin recurso a opiáceos–, muriendo según uno de sus hijos con la palabra beautiful en los labios.

El movimiento Wandervogel llamó a emanciparse de convencionalismos y recobrar la naturalidad migrando a comunas rurales
El movimiento Wandervogel llamó a emanciparse de convencionalismos y recobrar la naturalidad migrando a comunas rurales

Los precedentes

Los anales no abundan en movimientos que surjan, crezcan y sean abandonados de modo pacífico y anónimo, porque las causas multitudinarias suelen descansar sobre alguna fe tan intemporal como excluyente. La bohemia hippie fue una excepción, que deparó una vanguardia ni sectaria ni doctrinaria, donde todo lo amparado en obediencia incondicional pasó a depender de una libertad no menos incondicional, y la renuncia a decidir por los demás precipitó el abandono del acostumbrado recurso al odio y la fuerza. Si se prefiere, solo formó parte de aquella tribu quien se sintiera cómodo en las antípodas de lo preestablecido, sustituyendo planes para imperar sobre otros por medidas de autorreforma. Sus sacrificios rara vez fueron más allá de cambiar luz eléctrica por quinqués, y agua corriente por la disponible en un pozo, para a cambio disfrutar de palacios campesinos casi regalados y acceso a personas con un extra de audacia, el exigido para culminar la revolución sexual planteada por Freud, y la odisea de autodescubrimiento unida al viaje químico.

Ya a finales del xix la bonanza derivada de la industrialización prendió en miles de jóvenes alemanes agrupados en el movimiento Wandervogel3, que llamó a emanciparse de convencionalismos y recobrar la naturalidad migrando a comunas rurales, para “cultivar la autonomía responsable y el espíritu de aventura”, como explica el protagonista de Peter Camenzind (1903), la primera novela de Hermann Hesse. El mismo norte inspiró a los herejes panteístas europeos surgidos siete siglos antes –con los burgos, la letra de cambio y el amanecer de la revolución comercial–, que según la bula de persecución dictada por Inocencio III “celebran sus misas desnudos, glorificando el coito como deleite paradisíaco”. No menos digno de la hoguera se consideró que en vez de rezar estudiasen, convencidos de que “cualquier fe es superstición” y solo “salva día a día” reunir conocimientos sobre la Naturaleza, emancipando al tiempo la libido y la inteligencia. Aquellos Hermanos del Libre Espíritu brotaron poco después de surgir la Liga Hanseática, una organización tan desprovista de regente como el flower power, que convirtió a los vikingos en empresarios y clausuró los Siglos Oscuros rompiendo el aislamiento de Europa septentrional, mediante caravanas acorazadas y cargueros marítimos o fluviales, que abastecieron el territorio comprendido entre los Países Bajos y la actual Ucrania.

A caballo entre los herejes libertinos y un orden trasnacional como el de la Liga, la hermandad congregada en torno a la dietilamida del ácido lisérgico subsistió sin apreturas con lo desechado por otros, mostrando de paso la alternativa al fanatismo con el menos doctrinario de los movimientos doctrinales. Ecologistas, panteístas, feministas, orientalistas y alternativos en materia de sexo y drogas, cuando no inclinados a la astrología y el ocultismo, identificaron el respeto por la diversidad con el respeto por la vida, y reintegrarse resultó tan ajeno a patetismo y víctimas como lo fuera marginarse. Pero para entonces el mundo había sido informado ampliamente sobre la diferencia entre amar e imperar, y ni el puritanismo ni el menú farmacológico oficial volvieron a campar indiscutidos. Los rescoldos de aquella aventura no se han apagado, quizá porque jugar a vivir y dejar vivir sigue siendo lo suyo.

  • 1. Dylan se adelantó a todas las descripciones populares del viaje con dos himnos compuestos en 1964, “Mr. Tambourine Man” y “Chimes of Freedom”. Curiosamente, el artículo de Wikipedia dedicado al segundo de ellos lo considera “el Sermón de la Montaña según Dylan”, omitiendo que no bendice al pobre de espíritu sino a “los guardianes y protectores de la mente”, y omitiendo también el propio viaje, aunque venga subrayado allí no solo por el crescendo de visiones sino por un “las horas quedaron suspendidas”. En “The Old Revolution”, compuesto poco antes de ser interpretado en Wight, Cohen se dirige a “todos los jóvenes valerosos” y les pide “aventurarse en el crisol ardiente”; pero recordándoles que deben “traicionar a cualquier arquitecto” y ser conscientes de que “las señales de la vieja revolución las encendieron homicidas a sueldo […] de aquellos a quienes el poder ha roto (broken)”, cuya ambición de reinar remite a novelas neuróticas (children stories).
  • 2. Portando seis micropuntos, la joven Grace Slick –voz cantante y compositora de Jefferson Airplane, una de las grandes bandas del momento– se ofreció voluntaria para la misión, al ser una antigua alumna del colegio recibido aquel día por Nixon y su esposa. Pero ir vestida con modestia monjil no impidió que el Servicio Secreto la reconociese, privando al mundo de una experiencia tan enjundiosa como el trip del presidente que globalizó la guerra contra las drogas.
  • 3. Wandervogel es el pájaro que deambula aleatoriamente, en vez de seguir las pautas migratorias del Zugvogel.

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