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‘Torturator’

El último trócolo

Exploramos la sombra de Donald Ewen Cameron, el psiquiatra que diseñó los métodos de la tortura moderna bajo el amparo de los servicios de inteligencia. Pese a competir en vileza con Josef Mengele o Shiro Ishii, sigue siendo un gran desconocido.

Hola. Muy poquito se habla del doctor Donald Ewen Cameron, eminentísimo psiquiatra norteamericano al que podríamos considerar padre, en teoría y práctica, de la tortura moderna. Poderes que elevaron a este mad doctor a las alturas de vileza de un Josef Mengele o un Shiro Ishii, aunque para muchos siga siendo un desconocido. 

Nacido en 1901 en un pequeño pueblo escocés, Ewen Cameron se nacionalizó estadounidense, ya como psiquiatra, en 1942, y obtuvo fama tras participar en los Juicios de Núremberg para evaluar psicológicamente a Rudolf Hess. Ya en la década de los cincuenta, Cameron se asentó en Albany, Nueva York, aunque buena parte de sus novedosas prácticas psiquiátricas las realizó en el Allan Memorial Institute, de la cercana Montreal. 

Cameron estaba muy interesado en el concepto lavado de cerebro o, como él decía, dejar la mente como “una pizarra borrada”. Sus primeras víctimas fueron esquizofrénicos, con los que experimentó diversas técnicas de privación sensorial, aislamiento, falta de sueño, electrochoques y coma inducido. Sus crueles probaturas le convirtieron en una suerte de psiquiatra estrella y le llevaron a la presidencia de la Asociación Norteamericana de Psiquiatras y, en 1961, de la Asociación Mundial de Psiquiatría. Por supuesto, las técnicas de Cameron tampoco pasaron desapercibidas para una CIA en momentos álgidos de paranoia y contraparanoia y, entre 1957 y 1963, financiaron los experimentos de Cameron, como el Subproyecto 68 del infame Proyecto MK-Ultra.

Cuando se ven imágenes del Allan Memorial Institute es difícil evitar el escalofrío ante el sombrío y siniestro edificio, en cuyos antiguos establos se vivió el horror más absoluto. Un paciente típico de Cameron, atado a su cama, los brazos insertados en tubos para que no pudiera tocar nada, los ojos completamente tapados, podía oír durante horas y horas una frase (“Mi madre me odia”, “Puedo portarme mejor”, “Es todo mentira”), con incrementos y descensos de volumen. Era la llamada “conducción psíquica”, una de sus técnicas básicas (algunos pacientes tuvieron que oír la misma frase hasta un millón de veces), que combinaba, por ejemplo, con administraciones crecientes de PCP, dextroanfetamina y LSD-25. Si persistían síntomas, se pasaba al amobarbital sódico para inducir un coma clínico durante veinte horas al día a lo largo de dos semanas y, las dos semanas siguientes, se le prescribían electrochoques de creciente voltaje que terminaban, lógicamente, por aniquilar cualquier síntoma y, de paso, cualquier emoción y cualquier rastro de personalidad. Sus experimentos más largos de privación sensorial duraron hasta treinta y cinco días con el mismo paciente, al que luego se le aplicaba una generosa terapia electroconvulsiva. Tampoco podemos olvidar sus cámaras acolchadas, en las que se introducía al paciente, tras recibir fuertes dosis de LSD y PCP, a veces combinadas, y donde quedaba confinado durante horas sometido a ruidos y chirridos a volumen brutal mientras flipaba aterrado. 

Fueron cientos de pacientes, además de esquizofrénicos, hombres y mujeres con patologías leves, depresión postparto, neurosis, trastorno de ansiedad, que jamás fueron informados de las monstruosidades inhumanas a que iban a ser sometidos. En 1992, el gobierno canadiense compensó económicamente a setenta y siete expacientes de Cameron, aunque denegó cientos de reclamaciones por “daños insuficientes”. El gobierno canadiense señaló que las indemnizaciones tenían un carácter puramente humanitario y compasivo, pero nunca admitió ninguna responsabilidad legal. Donald Ewen Cameron había muerto mucho antes, en 1967, con su prestigio intacto, mientras practicaba montañismo. Al día siguiente de su muerte, su familia quemó todos sus archivos médicos. Cameron jamás respondió por sus crímenes contra la humanidad. 

Pero por mucho que nos parezca execrable y criminal, el manual de tortura Cameron no murió con aquel psiquiatra sin conciencia, de hecho, se convirtió en el libro de estilo de la tortura occidental desde entonces y hasta hoy mismo. La fea efeméride de ser los primeros en poner de nuevo en práctica las enseñanzas de Cameron recayó en las fuerzas policiales británicas en el Úlster, en 1971 y 1972, en el tristemente célebre caso de los Hooded Men: catorce detenidos que fueron torturados sistemáticamente durante semanas en dependencias policiales, siguiendo escrupulosamente el libro de estilo de Ewen Cameron. Un manual que también se adoptó y, suponemos, aún se sigue aplicando en la tétrica y misteriosa prisión de Guantánamo, creada tras los atentados del 11-S: aislamiento, privación sensorial, interferencias en el sueño y altas dosis de sustancias alucinógenas y disociativas, hasta conseguir la completa demolición psicológica del babeante interfecto. Son dos terroríficos ejemplos, pero hay muchos más. En este caso, desafortunadamente, muerto el perro no se acabó la rabia. Adiós. 

Este contenido se publicó originalmente en la Revista Cáñamo #336

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