Análisis

Los animales se drogan, ¿les drogamos?

Félix Tuidara
Este artículo se publicó originalmente en el número 251 de la revista Cáñamo España

Los humanos no somos el único animal que consume sustancias psicoactivas. A menudo somos los que se las administramos a dichos animales, sea en pruebas clínicas o porque olvidamos el cubata en algún resort tropical y nos lo birlan. A menudo se usan animales para intentar predecir los efectos que tendrán en las personas. Pero ¿hay animales salvajes que toman drogas por su cuenta? E, independientemente de si es así, ¿cuáles son las ventajas e inconvenientes de usar animales para avanzar nuestros conocimientos sobre fármacos y drogas? 

Realmente existen muchos ejemplos de animales practicando lo que, a primera vista, se parece mucho a colocarse. Por ejemplo, los elefantes que viven en Sudáfrica muestran un gran interés por las frutas del árbol de la marula que llevan un tiempo al sol y han empezado a fermentar. Los elefantes las consumen en grandes cantidades y a veces se ponen agresivos, hecho que nos podría llevar a pensar que se emborrachan. Sin embargo, un estudio de 1984 calculó que, debido a la baja concentración de alcohol de las frutas y el gran tamaño de los elefantes, deberían consumir más de veinte kilos de marula en muy poco tiempo para llegar a estar borrachos. Todo apunta a que la agresividad de los elefantes no es la causa de una ingesta de alcohol, sino que viene de querer proteger un bien escaso. 

Para encontrar un ejemplo verídico pasamos a un caso con animales menos voluminosos. Hace unos trescientos años que el mono verde (un primate bastante pequeño y muy sociable) habita ciertas islas del Caribe. En estas islas, donde no tienen depredadores naturales, la gente cultiva caña de azúcar. Los monos son muy tranquilos y viven cerca de zonas habitadas por humanos. Han descubierto que a veces la caña fermenta y produce alcohol. Después de dicho descubrimiento, los monos verdes se han aficionado a tomar dicha caña fermentada, e incluso a robarles bebidas a los turistas si no están atentos. Algunos estudios han mostrado que el alcohol les afecta de forma parecida a nosotros, además de generar muchas de las mismas dinámicas sociales: los adolescentes son el grupo que más bebe, pero cuando llegan a adultos asientan la cabeza y reducen la cantidad de alcohol que consumen. Naturalmente, el fenómeno de drogarse no se limita a mamíferos. También se ha podido observar que las abejas ocasionalmente beben néctar fermentado y luego vuelan mal, se chocan contra cosas y en general actúan de forma muy errática. Desafortunadamente para ellas, si vuelven a la colmena oliendo a alcohol suelen ser exterminadas por las otras trabajadoras para evitar dolores de cabeza.

Si nos suscribimos a la idea de que los animales tienden a ser más hedonistas que nosotros y que a un mono o a una abeja no le puedes contar las consecuencias y desventajas de consumir sustancias, nadie debería sorprenderse al aprender que es un fenómeno relativamente común. Sin embargo, estas situaciones no generan ningún dilema moral para nosotros, ya que no estamos activamente suministrando la sustancia y que observar su consumo no enriquece mucho nuestros conocimientos científicos. 

Cuando hablamos de pruebas y estudios en los que se usan animales es cuando entramos en aguas turbias. A menudo estos animales se ven sometidos a pruebas tan duras y desagradables que no están muy lejos de la tortura. Una vía fácil para ignorar el dilema sería asumir que los ensayos con animales solo se usan para saber si el nuevo “champú ultramegasuave para cabellos dañados” irrita la piel de las personas, y que un beneficio tan banal no justifica la práctica.

La realidad es que la gran mayoría de los avances médicos modernos han evolucionado ayudados por pruebas en animales. La importancia de la insulina se descubrió a base de extirpar páncreas de perros; la penicilina se probó primero en animales para valorar si los humanos la tolerarían bien, igual que muchas vacunas, tratamientos para el cáncer, los trasplantes de corazón, etc. En total, la experimentación con animales ha contribuido a salvar cientos de millones de vidas humanas. Sin embargo, yo no soy muy entusiasta de eso de que el fin justifica los medios, y opino que es nuestro deber minimizar el sufrimiento por parte de cualquier animal que se use para ensayos clínicos. Para ello existen leyes estrictas que regulan esta práctica, con el objetivo de evitar el abuso innecesario de otros seres vivos. Un ejemplo de un gran avance al respecto es que en Europa está prohibida la venta de cosméticos que hayan sido testados en animales en cualquier parte del mundo. Como contraste, las leyes que regulan el sector médico exigen pruebas rigurosas en varias especies de animales antes de poderlas probar en humanos, ya que los beneficios aportados se consideran mucho más importantes. 

También hay aspectos sin resolver de la regulación en casos en los que se prohíbe la práctica pero no se propone una alternativa. En el 2013 se aprobó en Nueva Zelanda una ley (Psychoactive Substances Act) que ejemplifica esta situación. Esta ley proponía un procedimiento para legalizar y regular nuevas sustancias psicoactivas (NPS son las siglas por su nombre en inglés: new psychoactive substances) si se podía demostrar que su uso suponía un riesgo bajo para la salud. A causa de protestas por parte de los ciudadanos, en el 2014 se añadió una cláusula a la ley que prohibía hacer pruebas en animales con NPS.

Al eliminar el único procedimiento aceptado y no poder ofrecer una manera alternativa de estudiar riesgos y peligros de las NPS, la ley pasó a ser prácticamente inutilizable, y ninguna sustancia se regula bajo ella. Está bien buscar alternativas, pero no se puede eliminar el procedimiento actual sin un reemplazo válido.

Como punto final es importante remarcar que el noventa y cuatro por ciento de las sustancias que se prueban en animales y producen resultados prometedores resultan ser ineficaces o nocivas cuando se prueban en humanos. Desde luego es una cifra que se puede mejorar, y gracias a los avances cada vez más impresionantes respecto al cultivo artificial de tejidos, órganos y neuronas humanas, en un futuro no tan lejano puede que dejemos de depender de animales vivos y conscientes para seguir avanzando la medicina. Mientras no exista la opción, y siempre que sigamos los procedimientos más justos y benignos posibles, ¿el fin justifica los medios? 
 

Referencias

https://www.ijdp.org/article/S0955-3959(15)00241-8/pdf
http://www.bbc.com/future/story/20140528-do-animals-take-drugs
http://www.indiana.edu/~acoustic/s685/Rowan-1997.pdf
http://news.bbc.co.uk/2/hi/asia-pacific/8118257.stm 
http://articles.orlandosentinel.com/2002-04-07/news/0204060071_1_animal-immune-system-research 
https://pacma.es/europa-prohibe-la-experimentacion-animal-en-productos-cosmeticos 
https://animal-testing.procon.org 
https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/26364077