Cody Johnson y la psicodelia al alcance del gran público

Cody Johnson y la psicodelia al alcance del gran público

Este artículo se publicó originalmente en el número 278 de la revista Cáñamo España

Cody Johnson tiene 34 años, reside en Boston y es autor de Medicina sagrada, un ensayo divulgativo recién traducido al español que ofrece una visión panorámica de la historia y la actualidad de los psicodélicos.

Medicina sagrada. Un viaje por la historia y las tradiciones de las plantas maestras y las sustancias psicodélicas, y un manual para su uso terapéutico, de Cody Johnson (Errata Naturae, 2020). 21,50 €.
Medicina sagrada. Un viaje por la historia y las tradiciones de las plantas maestras y las sustancias psicodélicas, y un manual para su uso terapéutico, de Cody Johnson (Errata Naturae, 2020). 21,50 €.

Cody Johnson tiene 34 años, reside en Boston y es autor de Medicina sagrada, un ensayo divulgativo recién traducido al español que ofrece una visión panorámica de la historia y la actualidad de los psicodélicos. Su editorial presenta a Cody como “un intrépido psiconauta fascinado por las plantas y sustancias que expanden y modifican nuestros estados de conciencia”, un apasionado del viaje sin desplazamiento que lleva alimentando desde 2013 su blog, PsychedelicFrontier.com, con numerosas entradas sobre sus experiencias y sobre la actualidad científica y cultural de los psicodélicos.

Medicina sagrada, el primer y de momento único libro de Cody Johnson, ha sido bendecido por Rick Doblin y James Fadiman, entre otros popes del llamado renacimiento psicodélico, y en sus páginas se hace un repaso de veintitrés sustancias, algunas muy conocidas como el LSD o la ayahuasca y otras tan exóticas como las extraídas de los “peces de los sueños” o de las esponjas marinas ricas en DMT. También se incluyen en este “manual para su uso terapéutico” empatógenos como el MDMA y disociativos como la ketamina.

La publicación de Medicina sagrada, un libro divulgativo dirigido a un público amplio, demuestra el cambio de percepción social hacia drogas todavía prohibidas y estigmatizadas que empiezan a ser consideradas valiosas para la transformación de la conciencia. Cody Johnson no quiere que se le confunda con un evangelista psicodélico, pero su libro, sin ser la biblia que merece el asunto, no deja de ser una buena introducción al apasionante mundo de los enteógenos.

Tu perfil biográfico habla de una experiencia fundacional con MDMA que orientó tu vida al estudio de la psicodelia, ¿cómo fue aquella primera experiencia?

Yo tenía veinte años y sentía curiosidad por explorar las posibilidades de la conciencia. Cuanto más leía sobre los psicodélicos y sus profundos efectos en la mente humana, más me interesaba el tema. Luego, sumergí los dedos de los pies en agua con MDMA y la encontré cálida y acogedora. Por entonces, solía organizar una pequeña fiesta todos los jueves por la noche en mi casa. Nos sentábamos en el porche, fumamos cannabis, mezclábamos cócteles y hacíamos barbacoas. La puerta estaba abierta para todo el mundo: mis amigos invitaban a quien querían, así que a veces éramos más y otras menos. Pero sí, había un núcleo duro, los que estábamos siempre, y fuimos nosotros –a excepción de aquellos que no estaban interesados ​​en ser psiconautas o exploradores del espacio interior–, quienes nos iniciamos una noche. La experiencia fue, en una palabra, sublime. Lo primero que sentí, antes del calor, fue un subidón de energía. Al principio, me preocupó que aquello fuera todo: un estímulo embriagador, como haber bebido demasiado café. Solo entonces me di cuenta de que una manta suave rodeaba mi alma, calentándome hasta lo más profundo de mi ser. Pasamos la noche contando historias y haciendo bromas, sonriendo y riéndonos con tanta alegría que se nos saltaban las lágrimas. Sentí una sensación de cariño y una conexión única, más allá de las palabras, por mis amigos, que estaban allí conmigo, y por todas las personas que me importaban en el mundo. Este sentimiento no era en absoluto artificial. No estaba generado por las moléculas de MDMA, no era falso o simulado, sino una revelación. Era un amor que se encontraba ya dentro de mí, pero cuya profundidad yo no intuía ni había explorado nunca. A menudo había contemplado mi piscina interior de amor, patinaba por su superficie, incluso bebía de ella en ciertos momentos. Pero por primera vez nadaba en un sentimiento de amor puro. A una parte de mí le preocupaba que pudiera agotar este valioso recurso. Pero con la MDMA, las preocupaciones se dispersan como semillas de diente de león en el viento, y volví a concentrarme en mi experiencia.

Las drogas son herramientas

La novedad de su libro, a mi juicio, está en la naturalidad de su estilo, ¿por qué todavía cuesta tanto escribir y hablar sobre drogas sin complejos ni censuras?

“Cuando se trata de políticas de drogas, no soy un defensor del excepcionalismo psicodélico. La prohibición ha sido un fracaso desde el principio. La posesión y venta de todas las sustancias debe estar totalmente despenalizada y regulada”

Resulta complicado escribir con honestidad sobre cualquier tabú. No podemos obviar cierta ansiedad, los complejos y los juicios morales que nos imponen nuestra cultura y nuestra sociedad. Hasta si no estamos de acuerdo con ellos, de algún modo los llevamos dentro. Es difícil enfrentarse a la desinformación o a la mala prensa. Por supuesto, creo que, cuando escribimos sobre nuestras experiencias en la “conciencia externa”, tememos el juicio de los demás, pensamos que nos va a tocar soportar su vergüenza. Esto silencia a mucha gente. ¿Cuántos psiconautas se han conocido, incluso se han hecho amigos, sin conocer la “identidad secreta” del otro? Por eso, no puedo más que estar agradecido a Internet, donde los usuarios de estas sustancias tabú pueden hablar con libertad bajo el manto del anonimato, intercambiando consejos e “informes de viajes” con millones de personas en todo el mundo. Para mí era muy importante ser honesto, resistir las fuerzas de la censura, luchar contra aquellos que iban a tratar de asustarme, incluso de engañarme. Y, por suerte, mi editor también quería un libro con información real, nada de tonterías de los “guerreros de la droga”.

El tono pedagógico de Medicina sagrada, tan poco habitual cuando se habla de drogas ilegales, puede confundirse interesadamente con una apología del consumo, ¿has tenido problemas al respecto? ¿Alguien te ha acusado de corromper a la juventud?

Seamos claros: el uso de sustancias psicoactivas no es intrínsecamente malo y, por tanto, no requiere ningún tipo de defensa. No hay nada que defender, porque consumir un psicodélico, o cualquier otra sustancia, no es un delito moral. Sin embargo, tampoco puedo negar que supone un estigma que hace difícil hablar del tema. En todo caso, es evidente que es una cuestión cultural: entre las tribus que beben ayahuasca en el Amazonas, o entre los mexicanos y los nativos americanos que consumen peyote, los psicodélicos no son un tabú. Por el contrario, en Estados Unidos, y en muchos países europeos, se permite el consumo de alcohol y tabaco, mientras se prohíben otras drogas. Siempre me ha parecido una cosa de lo más extraña… Al fin y al cabo, el tabaco mata a ocho millones de personas al año, ¡ocho millones! ¿De cuántas muertes por LSD y psilocibina se oye hablar? Es el miedo y la ignorancia lo que alimenta los estigmas. No se puede esperar que sean racionales. Mi libro no es una condena de los psicodélicos, pero tampoco es una apología. He intentado que mi enfoque fuera honesto y equilibrado, hacer un balance entre los beneficios y los prejuicios. No quiero que me confundan con un evangelista psicodélico; reconozco que el consumo de drogas siempre implica ciertos riesgos, y que no son para todos.

Salir del armario psicoactivo –reconocer el uso provechoso y disfrute de drogas ilegales– es una manera efectiva de luchar socialmente contra el estigma y los estereotipos que la prohibición ha propagado. Sin embargo, fuera de los círculos antiprohibicionistas, sigue resultando escandaloso. Siento curiosidad por saber cómo encaras tú el asunto; por ejemplo, ¿qué respuesta has tenido con tus padres, con tus suegros, con tus amigos de la infancia, cuando han sabido que eres consumidor?

Me alegra profundamente poder decir que el libro no me ha ocasionado ningún problema personal. Aunque estas sustancias todavía están estigmatizadas, las investigaciones que se están realizando están consiguiendo abrir la mente de nuestra sociedad. Desde luego, publicar un libro sobre sustancias visionarias es “salir del armario”, y la gente es curiosa por naturaleza. Me lanzaban preguntas del tipo: “¿Hiciste algún experimento personal para tu libro?”. La respuesta depende de quién me pregunte. Cuando lo creo conveniente, les dejo pensar que mi interés por los psicodélicos es meramente académico… “Se trata solo de una investigación, ¿sabe?”. Pero los que me conocen saben la verdad, y no me importa decirlo públicamente. En las conversaciones con mi familia y amigos no consumidores, la clave ha sido proporcionar un contexto. Explicar mis motivaciones para usar psicodélicos y los beneficios que me han brindado. Tal vez se sorprendan al principio, pero lo que más les importa es saber que estoy bien, tener la seguridad de que no me he convertido en un adicto ni me he unido a una secta. He tenido mucha suerte, la mayoría lo han aceptado sin problemas.

Tienes una hija. Cuando pregunte qué son las drogas, ¿qué le dirás?

En realidad, tengo dos hijos… Y mi objetivo es contarles la verdad, intentar evitar las mentiras y la propaganda que difunde la supuesta educación sobre las drogas en nuestro país. Una vez, cuando era pequeño, me puse a pensar en la palabra “farmacia”, que en americano se dice drugstore, que se traduciría como “tienda de drogas”, literalmente, en castellano. “Si las drogas son malas, ¿por qué vamos a la farmacia?”, le pregunté a mi madre. Ella me respondió que las drogas no siempre son malas. Los medicamentos, en realidad, son también drogas. De hecho, tienes que tomarte las medicinas que te recete el médico para curarte. Después me explicó lo que era una adicción y me contó que, si se consumen drogas por diversión, o si se toman demasiadas, éstas podrían enfermarte en lugar de ayudarte a recuperarte de tu enfermedad. Desde luego, fue una respuesta simplista, pero sin duda apropiada para mi edad. La relación entre los seres humanos y los productos químicos psicoactivos es compleja, pero al final se reduce a esto: las drogas son herramientas. Pueden usarse bien o usarse mal. Incluso los niños pequeños entienden que un martillo se puede usar para construir cosas como pajareras y columpios, y también puede lastimar a alguien. Una droga, como un martillo, no es ni buena ni mala en sí; lo que importa es cómo la usamos, si es que decidimos usarla.

Cody en Teotihuacán, México, encumbrado en la Piramide del Sol, con la Pirámide de la Luna al fondo.
Cody en Teotihuacán, México, encumbrado en la Piramide del Sol, con la Pirámide de la Luna al fondo.

Psicodelia mainstream

Solemos pensar que el malentendido hacia las drogas es fruto de la prohibición. La prohibición identifica determinadas sustancias como el mal y niega la posibilidad de un uso razonable. Pero antes de la prohibición, ya existía una censura moral sobre las drogas que alteran la conciencia y trastocan los sentidos. ¿Crees que cuando se acabe con la fiscalización de las drogas la sociedad recuperará una relación provechosa con ellas o seguirán los prejuicios?

Aprecio de verdad el optimismo implícito en la pregunta: cuando se acabe con la fiscalización, no si se acaba alguna vez con… Es cierto que la estigmatización de los usuarios de algunas drogas comenzó mucho antes de que éstas se prohibieran. Y parece probable, quizás inevitable, que, en el futuro, aunque las leyes cambiaran, muchas personas sigan teniendo prejuicios contra determinadas drogas y contra quienes las consumen. No podemos erradicar esta actitud, pero sí podemos hacer grandes avances mejorando la educación y las políticas públicas en torno al consumo de drogas. Mi esperanza es que cambiemos ambas mareas juntas: el prejuicio legal junto con el prejuicio cultural. Las leyes punitivas tienen que desaparecer, pero eso no es suficiente. Debemos apoyar a las personas que luchan contra la adicción utilizando todos los enfoques basados ​​en la evidencia, incluidos los lugares de suministro y consumo seguros, supervisados. Debemos reformar completamente la educación sobre las drogas para que de verdad eduque a la gente sobre las realidades del consumo, en lugar de emplear tácticas de miedo vacías. Por último, debemos consagrar en la ley el derecho a la autopropiedad: la idea de que nuestro cuerpo y nuestra mente son nuestros, que nadie puede castigarnos por la autoexploración siempre que no estemos dañando a otros. Esto parece fundamental, incluso evidente, aunque nunca se reconoce como un derecho humano.

¿Cómo imaginas el futuro de los psicodélicos? No me resulta difícil pensar en un uso masivo de microdosis de LSD o psilocibina, pero siempre he pensado que los grandes viajes no gozarán nunca de verdadera popularidad. No lo digo por elitismo, sino por el temor que despierta en la gente poner al ego y a la propia identidad en crisis. ¿De verdad crees como afirmas en el prólogo que “paso a paso, las sustancias psicodélicas se vuelven mainstream”?

Los psicodélicos definitivamente se están volviendo mainstream. Aunque eso no significa que todos los consuman. Solo quiere decir que algunas personas pueden consumirlos y otras lo aceptan. El esquí es mainstream, pero no porque todo el mundo esquíe, sino porque a nadie le preocupa que lo hagan los demás. Muchos no se sentirán atraídos jamás por los viajes psicodélicos, aunque fueran completamente legales. Incluso dentro de varios siglos, tal vez los psiconautas sean solo una pequeña minoría en nuestra sociedad. Y eso está bien, siempre y cuando dejemos en paz a los viajeros mentales y reconozcamos que la decisión de explorar la propia conciencia es una decisión personal y, en mi opinión, un derecho.

Como en el caso de la marihuana, la promoción terapéutica de las virtudes de los psicodélicos puede cambiar la imagen social propiciando su regulación. Es una buena estrategia posibilista que puede acelerar el acceso legal tanto para enfermos como para adultos sanos que deseen beneficiarse de ellos. Sin embargo, poner tanto el acento en lo medicinal, ¿no crees que perpetúa el estigma hacia lo recreativo?

Sí, es un riesgo del enfoque actual. No me gusta que los médicos y las grandes farmacéuticas decidan quién usa psicodélicos y quién no. Estas herramientas no son solo para los enfermos, son para todos. Y no deberíamos dar crédito a la idea de que los usuarios “no médicos” de psicodélicos son de alguna manera ilegítimos; ésa es una perspectiva ridícula y de mente estrecha. En el caso de Estados Unidos, por ejemplo, la medicalización del cannabis claramente allanó el camino para los mercados recreativos. Una vez que la gente se dio cuenta de que el cannabis y sus derivados se podían comprar y vender sin que el mundo se acabara, empezaron a cuestionarse si tenía sentido castigar a alguien por poseerlo. Y ahora la prohibición del cannabis se está desmoronando, estado a estado. ¿Habría sido posible sin pagar antes el peaje de la aprobación médica? Espero que la misma estrategia funcione para la MDMA y la psilocibina, pero el progreso será más lento, pues estas se perciben como drogas “más duras”. Espero que dentro de no muchas décadas estas sustancias estén disponibles para cualquiera que desee probarlas, siempre acompañadas por consejos precisos sobre cómo consumirlas de forma segura.

¿Por qué cuesta tanto reconocer el valor saludable de la fiesta? ¿Por qué cuando se busca acabar con la prohibición de las drogas se habla tanto de los dolores que alivian y tan poco del placer que procuran?

Para muchos, un atajo al placer se siente como una trampa: no creen que sea algo que se han “ganado” y, por lo tanto, es menos valioso que el placer “real”. Su manera de pensar hace que les resulte difícil aceptar que estas herramientas moleculares, que abren vastos mundos interiores sin años de arduo trabajo, tengan algún valor. El placer es un anatema. Buscar placer en una pastilla es hedonismo, escapismo, huir de la realidad… En una palabra: un pecado. Sin embargo, son bastante más comprensivos cuando se trata de aliviar el dolor. Cualquiera con un mínimo sentido de empatía puede comprender que si la psilocibina mejora los últimos días de un paciente terminal, entonces deberíamos considerar flexibilizar las leyes que la mantienen fuera de su alcance. El potencial de estas sustancias como medicamentos puede abrir un camino a cambiar la mentalidad de nuestra sociedad.

La regulación de todas las drogas

Tu esfuerzo divulgador se centra en los psicodélicos en un sentido amplio y no hablas de otras sustancias como la heroína o la cocaína, ¿no crees que estas puedan tener también un uso razonable?

“No me gusta que los médicos y las grandes farmacéuticas decidan quién usa psicodélicos y quién no. Estas herramientas no son solo para los enfermos, son para todos”

Me centro en los psicodélicos porque me fascinan. Creo que tienen un enorme potencial como herramientas para la terapia, la espiritualidad y la autoexploración. Las experiencias que proporcionan son tan amplias y significativas que otras sustancias “recreativas” palidecen en comparación con ellos. Sin embargo, cuando se trata de políticas de drogas, no soy un defensor del excepcionalismo psicodélico. La prohibición ha sido un fracaso desde el principio. La posesión y venta de todas las sustancias debe estar totalmente despenalizada y regulada. No existe un argumento coherente para seguir castigando a las personas, ya prefieran la cocaína, la heroína, el LSD o cualquier otra molécula. Podría escribir un libro entero sobre los daños que ha causado la prohibición.

¿Estás entonces a favor de la regulación de todas las drogas?

Absolutamente. Ya escribí sobre esto en mi web, PsychedelicFrontier.com: “La soberanía individual sobre nuestras mentes y cuerpos es fundamental. Nuestros tribunales deben proteger la libertad de conciencia tan ferozmente como protegen las libertades de expresión, religión y reunión”. Como ya escribí en otro artículo publicado, incluso los partidarios del “Estado niñera”, los más paternalistas, los que creen que el Gobierno es responsable de maximizar la seguridad y la salud de sus ciudadanos, sin importar cuánta coerción se requiera para ello, deberían ponerse del lado de abolir la Prohibición. Después de todo, la Prohibición maximiza los daños asociados con el consumo de drogas, y ninguna evidencia sugiere que haya reducido la prevalencia o popularidad de las drogas en los últimos cuarenta años. A través de la adulteración de las drogas, las agujas sucias, la violencia de las pandillas, el aumento de la población carcelaria, la aplicación de leyes discriminatorias y costosas, y de muchas otras formas, la Guerra contra los Usuarios de Drogas disminuye la salud y la riqueza de la sociedad. A pesar de los miles de millones de dólares invertidos, la Prohibición logra exactamente lo contrario de su pretendido objetivo. No puedo hablar por España, pero en América la “Guerra contra las Drogas” tiene un origen racista, y sigue siendo sistemáticamente racista en su implementación. Incluso si no dañara de una forma desproporcionada a las comunidades de color, seguiría violando los derechos humanos de todos los consumidores que no han cometido ningún delito real. Miramos el Holocausto, el genocidio armenio y los campos de concentración chinos con horror, pero aquí, en Estados Unidos, privamos a la gente de la vida y la libertad por las razones más endebles. La guerra contra las drogas es una guerra contra las personas. Como cualquier programa de limpieza social, se dirige a una minoría marginada a la que fácilmente se culpa de los problemas sociales. Una y otra y otra vez, la historia se repite: tomamos como chivo expiatorio, deshumanizamos y castigamos a un grupo minoritario, celebrando nuestra altanería mientras libramos a la sociedad de esta “amenaza”. Los consumidores de drogas son tan despreciados que al final sacaremos a los asesinos y violadores de nuestras cárceles para dejarles espacio.

Al pie de la Pirámide del Sol, en la Calzada de los Muertos de Teotihuacán, la ciudad sagrada donde los hombres se convierten en dioses.
Al pie de la Pirámide del Sol, en la Calzada de los Muertos de Teotihuacán, la ciudad sagrada donde los hombres se convierten en dioses.

Misticismo secular

Uno de los argumentos recurrentes en el renacimiento psicodélico es la importancia del misticismo, una categoría religiosa que puede resultar confusa y ocultar la materialidad del fenómeno. Entiendo lo que quiere decir Rick Doblin cuando afirma que “el misticismo es el antídoto del fundamentalismo”, pero equiparar la experiencia psicodélica con la experiencia mística, ¿no está desplazando la vivencia del ámbito humano al divino, con todo lo que eso conlleva de aparición de gurús, pensamientos sectarios y falta de autonomía? Tanto subrayar el carácter sagrado de las experiencias, ¿no estamos de alguna manera estigmatizando de manera hipócrita los rituales paganos en los que la mayoría nos hemos iniciado al usar drogas?

Creo que el misticismo puede ser secular, por extraño que parezca. El misticismo es la experiencia directa de la espiritualidad, a diferencia del dogma y los textos sagrados. La religión organizada es en muchos sentidos una espiritualidad de segunda mano. Todos los “fundadores” de las religiones tuvieron experiencias místicas: Jesús pasó cuarenta días ayunando y resistiendo las tentaciones de Satanás en el desierto, y Pablo fue abrumado por una luz cegadora en el camino a Damasco. Pero lo más cerca que están la mayoría de los cristianos de escuchar la voz de Dios tronando desde el cielo es leer sobre ella en el Nuevo Testamento. Los psicodélicos dan la vuelta a todo el paradigma de la religión, ofreciendo una experiencia directa en lugar de lecturas e himnos. Debemos tener cuidado con nuestro idioma. Cuando los psicólogos dicen que los psicodélicos son capaces de producir experiencias espirituales, también llamadas “experiencias máximas” o “experiencias místicas”, no se refieren a espíritus literales que ascienden al cielo. No estamos hablando de viajes astrales ni de nada sobrenatural. Una experiencia espiritual es un sentimiento de paz, conexión y trascendencia con una carga emocional tan increíblemente poderosa, tan desligada de todos los estados familiares de conciencia, que incluso los ateos se han referido a ella como “encontrarse con Dios”. No es que sea divino, es tan profundo que se siente divino. La terminología nos dice más sobre la pobreza del lenguaje que la propia experiencia.

El desafío de lo inefable, que tantos ríos de tinta ha hecho correr…

Sí, no se puede describir una experiencia de tal intensidad, pero eso jamás nos ha impedido intentarlo. Que los psicodélicos producen experiencias místicas es un hecho, no una opinión, y no es algo que podamos ignorar. Las personas que han tenido experiencias espirituales espontáneas y luego han probado psicodélicos confirman que la naturaleza de la experiencia fue la misma en ambos casos. Parece que las “puertas de la percepción” que abren los psicodélicos son las mismas que han abierto, a lo largo de la historia, los sabios y místicos a través de la meditación, el ayuno, la oración… El mundo de los psicodélicos es amplio y diverso. Hay tantas formas de “tropezar” como seres humanos. Para una persona, los psicodélicos pueden representar la comunión divina; para otra, un estimulante de discoteca con visiones caleidoscópicas. ¿Alguno de ellos disminuye la experiencia? No lo creo. La experiencia humana es lo bastante profunda como para contener el espectro completo de lo que los psicodélicos tienen para ofrecer, desde los rituales de la selva hasta la terapia clínica y todo lo demás. Lo curioso es que la actitud no garantiza una experiencia en particular. Es posible que se esté buscando un ensueño informal a medianoche y se acabe perdido en la agonía del éxtasis. Muchos usuarios “recreativos” se han bautizado de una forma accidental en la iglesia de la espiritualidad psicodélica.

Tu libro se promociona como un manual de uso terapéutico, y, sin embargo, no incluyes posología, ¿por qué decidiste no incluirla?

A pesar del título, no considero el libro un manual, sino más bien una introducción para aquellos que quieran echar un vistazo a un mundo que desconocen. No incluí información sobre la dosis por una sencilla razón: es un libro que abre puertas, no una guía práctica. No soy médico ni terapeuta, y no puedo, en conciencia, comprometerme a proporcionar esa información.

Como Cáñamo es una publicación que habla de drogas en general y de cannabis en particular no puedo dejar de señalarte algunas carencias en la entrada que le dedicas a nuestra querida planta. Nos ha encantado el libro, pero, respecto al cannabis, hemos lamentado que no aparezca ninguna mención al sistema endocannabinoide, o que insistas en la distinción entre sativas e índicas, una clasificación morfológica que no sirve para una planta mil veces cruzada ni ayuda a evaluar sus efectos. Tampoco es cierto que las variedades sativas tengan en su perfil de cannabinoides más THC y las índicas más CBD, ni que eso haga a unas más estimulantes y a otras más sedantes. Da la impresión de que el cannabis no se encuentra entre tus sustancias preferidas, ¿es así?

No, de hecho, el cannabis me encanta. Y lamento si existe algún error en este capítulo. Odio pensar que mi libro pueda perpetuar los mitos sobre cualquier sustancia, porque mi objetivo es ofrecer la verdad sin ambages. Cuando estaba investigando para escribirlo, mis fuentes confirmaron la sabiduría convencional sobre las cepas índica y sativa, pero estas estaban desactualizadas y eran incorrectas. Debería haber buscado más. Los términos “índica” y “sativa” son casi completamente inútiles cuando se examina la composición química de una planta, e incluso pueden comprender una sola especie. Si pudiera cambiar algo en futuras impresiones, enmendaría este capítulo para que sea más riguroso. En cuanto al sistema endocannabinoide, esa sección se cortó durante la edición del libro en inglés. Debido a que me impusieron un límite en la extensión, tenía una cantidad limitada de páginas para cada sustancia. Quería hablar sobre las tradiciones espirituales del cannabis porque son muy interesantes. Muchos de nosotros hemos oído hablar de los rastafaris en Jamaica y los sadhus en la India, pero ¿qué sabemos sobre ellos? ¿Por qué consumen cannabis como parte de su religión? Si no hubiera estado limitado, me encantaría haber ahondado en el tema los receptores cannabinoides, ¡que son fascinantes por derecho propio! Por otra parte, creo que no deberíamos lamentar demasiado la omisión: nadie compra un libro sobre psicodélicos para aprender sobre el cannabis. Hay docenas de libros sobre este tema, pero muy pocos sobre el DiPT, el alucinógeno que cambia el sonido, o la “miel loca” de las abejas de los acantilados en Turquía y Nepal, dos de las veintitrés sustancias que analizo.

Este es tu primer libro, ¿cómo está funcionando?

Ha sido un viaje asombroso. Medicina sagrada iba a ser un libro dirigido a un público muy concreto, por lo que mis expectativas eran bajas. Me sorprendió gratamente descubrir cuántas personas quieren aprender sobre estas sustancias y las experiencias que descubren. De pequeño, estaba obsesionado con los libros, y cuando la gente me preguntaba qué quería ser de mayor, respondía que escritor o ilustrador. Bueno, no lo ilustré (el editor encargó unos dibujos increíbles a una diseñadora llamada Holly Neel), pero creo que mi yo juvenil se alegraría de saber que sí lo escribí.

¿A qué dedicas tu tiempo actualmente?

No estoy escribiendo mucho en este momento, aunque publico de vez en cuando en mi web. Durante la pandemia he redescubierto dos viejas pasiones que ocupan gran parte de mi tiempo libre. La primera es la música: me compré un teclado y lo toco casi todas las noches. La otra es dibujar. He comenzado un cuaderno de bocetos, algo que no hacía desde secundaria, hace media vida. Crear sienta bien, y hay tantas vías que no soy capaz de conformarme con una sola.

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