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Recortes de periódico

En la base del arraigo del consumo de cannabis en España se encuentran dos factores de índole geopolítica: el mantenimiento de la Zona del Protectorado de Marruecos entre 1912 y 1956 y la victoria en la guerra civil del ejército sublevado en julio de 1936, cuya columna vertebral estaba conformada por la Legión, los grupos de Regulares y demás unidades destacadas en dicho protectorado y en las plazas de soberanía (Ceuta, Melilla, islas Chafarinas, islas Alhucemas y peñón de Vélez de la Gomera).

El hábito cannábico durante los años 40

Efectivamente, la victoria de Franco determinó que durante los años 40 el consumo de derivados cannábicos se extendiera sin demasiados problemas en ciertos ambientes marginales propios de un régimen autárquico, tradicional y subdesarrollado, no sólo ya en el Protectorado sino también en las grandes capitales de la Península y en las ciudades litorales más próximas a la costa norteafricana. A pesar de la moral tan intransigente del nacionalcatolicismo imperante, estos drogotas eran ignorados o pasaban prácticamente desapercibidos, entre otras cosas, porque se suponía que el hábito de fumar kif y grifa era considerado como una “cosa de hombres”, es decir, se trataba de una costumbre típicamente masculina, dentro de una sociedad eminentemente machista.

Giralda 2 (1984), Alfonso Grosso

El novelista Alfonso Grosso dejaría constancia de un recuerdo muy preciso que conservaba de la Sevilla de 1946: la imagen de grupos de legionarios apostados en la Alameda de Hércules, exhibiendo sus “brazos tatuados bebiendo mosto o copas de coñac de garrafa y fumando grifa, sin que nadie se lo prohibiera estimándose formaba parte de sus azarosas y frustradas vidas”. Los petardos o cigarrillos de grifa ya manufacturados podían comprarse bajo mano en algunos de los puestos de chucherías establecidos en la propia Alameda y en la plaza de Santa Ana, donde, según denunciaba el diario ABC en su edición de Andalucía, solían darse cita los “grifosos trianeros”.

Otro testimonio cualificado es el aportado por José Manuel Caballero Bonald. Durante el verano de 1947, cuando el escritor y poeta de origen gaditano contaba 20 años y estudiaba en la Escuela Náutica de Cádiz, realizó un viaje organizado de estudios a Marruecos y en Tetuán adquirió una “pequeña pastilla” de hachís, que fundió algunos días más tarde ya de vuelta, con “arrebatado regocijo”.

Tiempo de guerras perdidas (1995), José Manuel Caballero Bonald

El psiquiatra Jesús López de Lerma Peñasco, de la cátedra de Psiquiatría de la Universidad de Madrid, estudió y describió ocho casos clínicos correspondientes a otros tantos usuarios de cannabis, todos ellos varones, que ingresaron en el Servicio de Neuropsiquiatría del Hospital Provincial de Madrid entre los años 1948 y 1950. Todos, sin excepción, se habían iniciado después de la guerra civil: dos en la Legión, otros dos durante el servicio militar que habían cumplido en África, uno en Prisiones Militares y tres en Madrid. Uno de los pacientes era camarero (20 años), otro cabo del Escuadrón de la Remonta de Caballería (23 años) y un tercero vendedor ambulante de ajos y limones (34 años); también había un sastre (24 años), un pintor de coches (28 años) y tres sin empleo conocido (23, 21 y 18 años). Además de la juventud de los usuarios, un simple vistazo a los datos socio-profesionales consignados sugiere que a finales de la década de los años 40 el empleo de kif y grifa ya estaba muy extendido en la Península, y no sólo entre legionarios y ex legionarios, ni entre sujetos marginales, sino también entre individuos socialmente integrados.

Guía secreta de Barcelona (1978), José María Carandell

El también escritor y psiquiatra Luis Martín Santos consideraba que en el Madrid de 1949 la grifa se movía preferentemente entre dos clases de clientela posible: “el golfo arrabalero y el señorito degenerado”. Según el psiquiatra Enrique González Duro, esta droga se podía comprar “de tapadillo” en un “cuartel de moros” cercano a la Plaza de Oriente y en otros lugares como “en la Plaza Mayor, en la Plaza del Dos de Mayo, en Vallecas, en Carabanchel, en algunos bares del barrio de Lavapiés, en ciertas bocas del Metro, en los cafetines de La Bombilla y hasta en el mismísimo banderín de Enganche de la Legión”, e incluso había quien “plantaba el cáñamo en terreno propio”. El propio psiquiatra aclara que “se fumaba al aire libre, en las plazas públicas, en el Retiro, en la Casa de Campo, en la Plaza de Tirso de Molina, en ciertas tabernas, en fiestas populares, verbenas, salones de baile, etcétera”. Por su parte, el periodista Raúl del Pozo recuerda que el camello más conocido de la capital era El Cebolla, “que abastecía la puerta de los cabarets, donde los macarras charlaban toda la noche con los porteros vestidos de almirante hasta que salían las jais [prostitutas]”. El veterano periodista añade que la grifa corría abundantemente entre “los legionarios, los flamencos, los chulos, los carteristas, los burlas y las putas”, y que solían venderla “las cigarreras de la Plaza de Tirso de Molina, las madamas de los prostíbulos de la calle de San Marcos o algún taxista gaditano”, porque en el Sur “los marineros y los braceros han vacilado con grifa desde siempre”.

Gracias al escritor y ensayista José Mª Carandell, sabemos que la grifa también “circulaba por los ambientes obreros y marginados” de Barcelona, que la consumían “la mayoría de los delincuentes habituales y algunos obreros como evasión tras las interminables jornadas laborales” y que solían traerla “los legionarios, los soldados destinados a África, o los trabajadores emigrados a Argelia y a Marruecos”. Por su parte, González Duro confirma que podía adquirirse “en su famoso barrio chino, en la calle de las Cadenas, en la calle de San Jerónimo, en la Barceloneta o en el Campo de la Bota”.

Represión a partir de los años 50

En cierto modo la policía toleraba o hacía la vista gorda con el hábito cannábico, porque no consideraba la grifa en sí mismo peligrosa. Los jueces prácticamente tampoco se preocupaban de este asunto. Pero con el cambio de década la pasividad y la indiferencia inicial dieron paso a la represión. Por ejemplo, a través de una memoria de la Junta Provincial del Patronato de Protección a la Mujer de Sevilla sabemos que el empleo de grifa procedente del Protectorado español en Marruecos era considerado por las personas responsables de este organismo “casi con caracteres alarmantes” y que durante el trienio comprendido entre 1950 y 1952 se instruyeron en la provincia andaluza cuatro sumarios por el comercio y consumición de grifa. También sabemos que en 1952 el fiscal de la Audiencia de Tenerife informó al fiscal del Tribunal Supremo sobre algunos delitos cometidos en su jurisdicción por comercio ilícito de grifa.

En marzo de ese mismo año la prensa se hizo eco del descubrimiento de un “fumadero de grifa” por parte de la policía en una casa del barrio de Capuchinos de Málaga, así como de la detención de “varios delincuentes” que se encontraban reunidos en dicho local. En años sucesivos irían cayendo otros establecimientos de características similares en distintas ubicaciones: en marzo de 1953 en Sevilla, en la trianera calle Pelay Correa; en marzo de 1955 en Barcelona, en la calle San Ramón, en pleno barrio chino; en abril de 1955 dos en Madrid, uno en la calle de Embajadores y otro en la calle Echegaray; en febrero de 1956 otro en Madrid, esta vez en la calle del Sombrerete, etcétera.

La grifa que llegaba a estos fumaderos procedía en su inmensa mayoría de la Zona del Protectorado. Así, con motivo del descubrimiento de uno de estos locales en Madrid, la policía detuvo a Manuel Atienza Hernández “El Rubio”, un camarero de 24 años que se las apañaba para introducir la rama dentro de colchones que traía consigo desde Marruecos. El kilo de hierba, que en su lugar de origen se pagaba a 45 pesetas, en Madrid llegaba a revenderse a 225 pesetas. Finalmente los petardos elaborados con esa hierba desmenuzada y mezclada con tabaco se vendían en lugares conocidos por los fumetas —como la boca del metro de la plaza de Lavapiés— a peseta la unidad.

Tiempo de silencio (1962), Luis Martín-Santos

Sin embargo, el descubrimiento en julio de 1954 de tres pequeñas plantaciones en Alcalá de Guadaira (Sevilla), con 150, 45 y 20 matas respectivamente, y un mes más tarde de una gran plantación en Vega del Tajo (Toledo), con unas 11.000 matas, que una vez pesadas arrojaron un total de 214 kilos, vino a poner de manifiesto que el suministro procedente de las zonas productoras marroquíes se revelaba irregular, inconstante e insuficiente.

No es de extrañar que ABC en su edición de Andalucía afirmara en 1952 que el consumo de grifa se iba extendiendo en Sevilla de “manera alarmante” y el mismo diario asegurara un año más tarde que esta droga se había “adueñado escandalosamente del mercado negro”, para acabar denunciando en 1957 que su tráfico ya alcanzaba una gran “intensidad y gravedad” en la capital andaluza.

Las autoridades tomaron alguna medida adicional para frenar el tráfico en su origen. Así, el 29 de diciembre de 1954, a través de un Dahir, se aprobó un reglamento para la represión del contrabando de tabaco y de kif en la zona del Protectorado español en Marruecos. Iniciativas como esta coincidieron con una disminución del tráfico de grifa, lo que llevó a los fiscales de Cádiz y Tenerife a valorar positivamente en 1956 la “eficaz persecución y ejemplar represión”. No obstante, la prohibición del cultivo de cannabis en el reino alauita todavía tardaría unos años en decretarse, y afectaría según datos barajados por el corresponsal de ABC en Tetuán a unos 15.000 agricultores rifeños que cultivaban alrededor de 850 hectáreas en Ketama y otras 150 en Xauen. Otros cálculos más realistas estiman en unas 5.000 las hectáreas que en 1956 se dedicaban en la zona de Ketama y Bab Berred al cultivo del cannabis.

La expansión del cannabis en el territorio peninsular

Nosotros los malditos (2006), Pau Malvido

Según el testimonio del también escritor Gonzalo Torrente Malvido, algunos jóvenes se iniciaron en el consumo de grifa por esos años en el colegio madrileño Ramiro de Maeztu, donde funcionaba un internado hispano-marroquí en el que coincidían alumnos españoles, más o menos díscolos, con hijos de mandatarios, altos funcionarios, militares de alta graduación y otros notables marroquíes.

Entre la gente de orden el cannabis tenía fama de droga tercermundista. Así, las amigas de dos personajes recreados por Rafael Sánchez Ferlosio en su novela El Jarama (1955), que habían adquirido la costumbre de fumar kif en pipa por haber hecho el servicio militar en Marruecos, se referían a ellos como los “moránganos” y el citado Martín Santos consideraba las veleidades cannábicas como una “toxicomanía de países subdesarrollados”. De ahí que el también psiquiatra Enrique González Duro asegurara que “numerosas personas que por aquel entonces pasaron su juventud en Ceuta, Melilla, Tánger o Tetuán, no mostraron el menor interés o curiosidad por probar esta droga” y que “en los años cuarenta, y aún en los cincuenta, se la consideraba como una despreciable droga de moros, sólo apta para pobres y para gentes de mal vivir”. Incluso bastante tiempo después de que Marruecos alcanzara su independencia todavía sería considerada como una “minidroga un tanto plebeya”, según expresión acuñada por el periodista Julio Camarero.

El Jarama (1955), Rafael Sánchez Ferlosio

Ciertamente, algunos jóvenes que durante los 60 decidieron comenzar a fumar marihuana, haciendo de este uso un símbolo contrario al convencionalismo social, consiguieron sus primeras partidas de grifa a través de legionarios que acudían anualmente a Madrid para tomar parte en el llamado Desfile de la Victoria, que se venía celebrando ininterrumpidamente en el paseo de la Castellana desde 1939.

Este dato, si se quiere anecdótico, no viene sino a reforzar un hecho que ya pusieron de relieve hace años el cronista underground Pau Malvido y el antropólogo Oriol Romaní: en muchos casos la subcultura que habían desarrollado durante los años 40 y 50 los grifotas del subdesarrollo en el Estado español conectó y en parte se adaptó, o fue asimilada, por las nuevas subculturas juveniles emergentes (beatniks, hippies y otras tribus urbanas). Lógicamente esta fusión o convergencia estuvo propiciada por compartir un carácter esencialmente marginal.

A tumba abierta. Autobiografía de un grifota (1982), Oriol Romaní

En pocos años la marihuana pasó a ser la sustancia prohibida más demandada y consumida por un mayor número de españoles y, desde entonces, así se ha mantenido. De hecho, algunos autores consideran hoy que el cannabis en España puede entenderse como una especie de “nexo de unión entre generaciones”. De tal manera, nadie podrá negar que la diseminación del hábito cannábico entre los jóvenes del desarrollo debe mucho a personajes como “El Tolili”, un conocido camello madrileño, “El Botas”, un ex legionario que se había criado en las callejuelas del barrio chino de Barcelona, y “El Jefe”, un limpiabotas que solía apostarse en la calle de las Tapias, junto a las puertas del que fue Cine Diana, “El Tineo”, que suministraba a los pioneros del underground sevillano, y un largo etcétera de aventurados grifotas del subdesarrollo.

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