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Cuando el riesgo se monetiza: cocaína, alcohol y donaciones por internet

Un streamer catalán murió durante un reto retransmitido a un grupo privado de donantes. El caso reabre el debate sobre cómo la economía de donaciones puede empujar a retos cada vez más extremos y el riesgo de combinar cocaína y alcohol, una mezcla asociada a mayor toxicidad cardiovascular por la formación de cocaetileno.

Sergio Jiménez Ramos (37), conocido en internet como Sancho o Sssanchopanza, murió en Vilanova i la Geltrú (Barcelona) durante la madrugada del 31 de diciembre de 2025, mientras participaba en un reto retransmitido para un grupo privado de donantes. La policía catalana investiga las circunstancias del fallecimiento, ocurrido en un directo que, según varias informaciones periodísticas, giraba en torno al consumo de cocaína y alcohol a cambio de dinero.

La escena, tal como la reconstruyen distintos medios, no ocurrió en una plataforma abierta sino mediante una videollamada y con grupos privados que funcionan con pagos recurrentes. Ese detalle es importante ya que cuando el “contenido” se desplaza a espacios semiprivados –sin moderación visible, con identidades difusas y una economía basada en la humillación o el riesgo–, el control social se debilita.

El caso también apunta a un modelo que en España ya era conocido en ciertos círculos y que tiene relación con directos alimentados por donaciones y “retos” pedidos por espectadores, con streamers que migran de plataforma en plataforma cuando se les expulsa por infringir normas. La prensa sitúa en en este modelo de monetización digital a Simón Pérez, un influencer polémico por sus emisiones relacionadas con drogas y desafíos extremos, cuyo formato de “meet” (directos privados) habría servido de referencia para otros creadores.

Más allá del morbo, hay un dato que conviene subrayar y es que la combinación de cocaína y alcohol no solo suma riesgos, los transforma y multiplica. Cuando se consumen juntas, el organismo puede producir cocaetileno, un metabolito asociado a mayor toxicidad cardiovascular y a un aumento del peligro de eventos agudos graves.

La investigación deberá aclarar qué ocurrió exactamente, qué se consumió, quién facilitó el acceso a las sustancias y qué papel tuvieron los participantes del directo. En paralelo, queda una pregunta incómoda para las plataformas y para el sistema: ¿cómo se persiguen y previenen dinámicas de inducción, presión o explotación cuando el escenario ya no es Twitch o Kick, sino que se sustenta mediante un ecosistema digital que mexcla las salas privadas, grupos en Telegram y  pasarelas de pago?

La muerte de Jiménez Ramos expone una grieta en la cultura digital  donde se pasa de la espectacularización pública a la crueldad de pago, en círculos cerrados donde el anonimato es un escudo y la vulnerabilidad un negocio. Si el debate se queda en el dedo que señala al streamer, estaremos obviando el consumo problemático, precariedad emocional, incentivos económicos y un público que aprende a comprar límites ajenos. 

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