La idea de “criar” semillas en el espacio no es nueva. La agricultura en entornos controlados se nutre desde hace décadas de tecnologías pensadas para misiones espaciales. En ese cruce entre agricultura y exploración, el espacio vuelve a presentarse como un laboratorio de estrés extremo, capaz de acelerar procesos que en la Tierra suelen tomar temporadas y muchas generaciones de selección.
En el caso del cannabis, el interés combina ciencia y mercado. Someter semillas a radiación y microgravedad no garantiza mejoras, pero sí abre la posibilidad de observar cambios raros –o fallas– que, bajo protocolos comparativos, pueden traducirse en líneas más resistentes o, al menos, en datos sobre cómo se comporta la planta fuera de su entorno habitual.
El primer intento ocurrió el 23 de junio de 2025, cuando semillas de cannabis viajaron en un incubador biológico (MayaSat-1) a bordo de un Falcon 9 lanzado desde Vandenberg (California). Días después, el proyecto se frustró ya que el sistema de paracaídas falló y la cápsula no pudo recuperarse..
Lejos de cerrar el tema, el tropiezo empujó a replantear la misión. Según el sitio especializado cannabisindustryjournal.com, parte de la carga se integró a una cápsula Nyx de The Exploration Company y el nuevo objetivo sería mantener las semillas cerca de nueve meses en órbita antes de traerlas de regreso para germinación y análisis en condiciones controladas, comparándolas con material “de control” terrestre.
El proyecto también revela un límite político por qué Martian Grow buscó realizar su experimento en la Estación Espacial Internacional, pero CASIS –operador del ISS National Lab en EE UU– rechazó la propuesta por el estatus federal del cannabis. En la práctica, la investigación queda empujada hacia rutas privadas, más costosas y con mayor riesgo técnico.
El segundo intento de Martian Grow no solo habla de curiosidad científica nos muestra, también, cómo la industria del cannabis busca nuevas vías para diferenciar genética y adaptarse a un escenario de estrés ambiental, mientras la regulación sigue definiendo qué experimentos son posibles, incluso cuando la frontera ya no es un país, sino la órbita.