El evento, The Future is Psychedelic: Community, Care, Access, and Resistance, relizado en el Reino Unido, congregó a voces de la reducción de riesgos, personal clínico, facilitadores y personas que relataron daños tras usos terapéuticos o no médicos. El objetivo fue desarmar la idea de que los psicodélicos serían, por definición, “curativos” y por eso menos peligrosos. La discusión partió destacando que callar los efectos adversos no protege al movimiento y lo vuelve menos capaz de aprender.
En esa línea, estudios recientes citados en la nota muestran que, aunque muchas personas no reportan experiencias problemáticas, existe un grupo que vive episodios difíciles con impacto funcional y, en algunos casos, busca ayuda sanitaria o psicológica. Pero el daño no se reduce a lo interno. En contextos de acompañamiento, la combinación entre estados alterados, asimetrías de poder y protocolos débiles puede facilitar abusos o malas prácticas.
El “día después” es otra zona ciega. Así lo detalla el artículo publicado en TalkingDrugs, donde se insiste en que el cuidado no termina con el efecto y la integración, seguimiento y redes de apoyo son parte del proceso, pero suelen quedar subfinanciados o externalizados a circuitos privados. Por eso PsyAware impulsa un Community Hub y una agenda de “comunidades de cuidado”con espacios locales para acompañar, detectar señales de alarma, formar criterios mínimos y sostener conversaciones honestas sobre lo que sale mal.
La pregunta que deja el encuentro no es si los psicodélicos “funcionan”, sino para quiénes y a qué costo cuando no funcionan. Si estas terapias solo se organizan solo alrededor de clínicas premium y promesas de mercado, el resto quedará librado a la improvisación, sin cuidado real y inmersa en el entusiasmo que temrian siendo abandono.